BEATBEAT

BEAT: Adrian Belew, Tony Levin, Steve Vai y Danny Carey (Noches del Botánico) Madrid 26/06/26

Hay una idea recurrente en la música: todo vuelve. Como el ouroboros, la historia parece avanzar en círculos. Sin embargo, hay algo curioso en ese regreso constante. No todo el mundo vuelve al mismo lugar por los mismos motivos. Quienes descubrieron el rock progresivo en los años setenta seguramente recuerdan los debates que acompañaron su transformación durante la década siguiente. Para una parte del público, discos como 90125 (1983) de Yes, la masividad que logró Moving Pictures (1981) de Rush o el éxito comercial de Asia o Genesis podían representar una concesión. Las canciones eran más cortas, los estribillos más evidentes y el pop comenzaba a colarse en un género que durante años había hecho de la complejidad una seña de identidad.

Vista aquella discusión desde hoy, resulta casi extraña. Para quienes llegamos a esta música, y a estas bandas, décadas después de que la fiesta hubiera terminado, esos discos rara vez fueron el problema. Más bien todo lo contrario. Fueron la puerta de entrada. El primer mapa para orientarse dentro de un territorio inmenso. El disco que te lleva a otro disco, la canción que te lleva a otra canción y, casi sin darte cuenta, acabas recorriendo caminos que desembocan en lugares mucho más complejos. Fue el hilo invisible que nos llevó sin prejuicios desde el gancho de “Owner of a Lonely Heart” hasta la densidad de “Close to the Edge”. Porque en algún momento, si sigues tirando del hilo, todos los caminos terminan llevando a King Crimson.

Precisamente, fue en esos inicios de los ochenta, con el punk de capa caída y la new wave llamando a la puerta, donde la historia del rock progresivo vuelve a ponerse igual de interesante que una década antes. Porque mientras buena parte de sus contemporáneos se adaptaban a los nuevos tiempos, Robert Fripp decidió dinamitar la banda, como había hecho en otras ocasiones, y reconstruirla desde cero unos años después.

Junto a Adrian Belew (voz y guitarra), Tony Levin (bajo) y Bill Bruford (batería), dio forma a una de las encarnaciones más singulares de toda la historia del grupo, responsable de tres discos que hoy siguen sonando tan desconcertantes como modernos: Discipline (1981), Beat (1982) y Three of a Perfect Pair (1984). Discos que, aunque no alcanzaron el peso histórico de In the Court of the Crimson King, abrieron con el dúo Fripp/Belew uno de los capítulos más estimulantes de la banda. El resultado fue un sonido minimalista, hipnótico y sorprendentemente moderno, que influyó directamente en géneros posteriores como el math rock, un género que hoy vive una segunda juventud entre los más jóvenes gracias, entre otras cosas, a YouTube o TikTok.

Más allá de la importancia histórica de estos álbumes, lo relevante para esta crónica es que son el punto de partida de BEAT. El propio nombre del proyecto, creado hace apenas dos años y tomado del segundo trabajo de aquella trilogía, deja claro cuál es su objetivo: recuperar una de las etapas más particulares de King Crimson sin convertirla en una pieza de museo. Una formación que visitaba por primera vez España, con parada en Madrid dentro de las Noches del Botánico, además de Barcelona y Bilbao unos días después.

La primera razón por la que este proyecto resulta tan atractivo tiene que ver con sus protagonistas. No se trata de una reunión oportunista ni, mucho menos, de una banda tributo. Al frente aparecen dos de los arquitectos originales de aquel sonido, Adrian Belew y Tony Levin, acompañados por Steve Vai y Danny Carey. Pocos músicos podrían asumir semejante responsabilidad: el primero, por ocupar un espacio históricamente asociado a Robert Fripp; el segundo, por enfrentarse al legado de Bill Bruford desde una personalidad tan reconocible como la suya, la del batería de Tool.

La segunda razón es quizá la más difícil de explicar, pero también la más evidente sobre el escenario. BEAT existe por el simple placer de tocar estas canciones. Puede sonar ingenuo, pero en una industria donde muchas reuniones responden más a la nostalgia ( o al dinero) que a una necesidad artística real, aquí ocurre justo lo contrario. Hay orgullo, diversión y una admiración sincera por un repertorio que sigue suponiendo un desafío incluso para músicos de este nivel. Algo que, además, cuenta con el beneplácito del propio Robert, quien, cuentan, fue el que sugirió el nombre del proyecto.

La tercera tiene que ver con el legado. Para quienes se acercan por primera vez a esta etapa de King Crimson, el álbum en directo grabado por la banda en Los Ángeles en 2024 funciona casi como una brújula. Una selección de canciones procedentes de estos tres discos que permite recorrer uno de los capítulos más fascinantes de la historia del grupo sin perderse entre estilos y reinvenciones. Salvando las distancias, cumple una función parecida a la que tuvo Live at Pompeii para varias generaciones de oyentes de Pink Floyd: una ventana abierta a una obra inmensa.

Volviendo al concierto de Madrid, lo cierto es que las Noches del Botánico parecían uno de los contextos más adecuados para una propuesta como esta. Un directo cercano a las dos horas, dividido en dos actos, con una pausa intermedia que, aunque inicialmente prevista para veinte minutos, terminó acercándose más a la media hora.

La primera parte se centró en temas más cercanos al segundo álbum, con canciones como “Neurotica”, “Neal and Jack and Me”, “Heartbeat” o “Sartori in Tangier”. En estos primeros compases, el sonido fue irregular. No suele ser habitual en las Noches del Botánico, pero en esta ocasión ocurrió. Algunos instrumentos estaban más altos que otros, la voz de Adrian Belew aparecía desigual en distintos momentos. En el foso, durante los tres primeros temas, era una lotería saber qué altavoz tenías al lado y si iba a sonar estridente o no.

El problema se arrastró durante buena parte del primer acto, aunque mejoró notablemente tras el descanso, en la segunda parte del concierto el sonido se encontraba en este caso más bajo. Incluso hubo momentos en los que el propio Belew parecía comprobar el jack de su guitarra para asegurarse de que todo funcionaba correctamente.

Otro de los grandes focos de interés de la noche era comprobar cómo Steve Vai afrontaría el papel de Fripp. No solo por la dificultad inherente a la tarea, sino porque hablamos de uno de los guitarristas más reconocibles de las últimas décadas, alguien cuya personalidad resulta imposible de ocultar. Y ahí estuvo precisamente una de las claves del concierto: se comió por completo el escenario. Un animal que todo amante de las cuerdas debería tener la oportunidad de ver alguna vez en su vida.

Uno de los grandes momentos llegó al inicio del segundo acto, con Danny Carey solo sobre el escenario construyendo la entrada de “Waiting Man” desde una batería electrónica instalada para la ocasión. Después se le unió Belew, también a la percusión, mientras el tema comenzaba a desplegarse lentamente sobre el Botánico. Levin y Vai aparecieron poco después y la composición fue creciendo hasta desplegar toda su intensidad.

“The Sheltering Sky” se convirtió entonces en uno de los momentos más hipnóticos de la noche. Catorce minutos donde el tiempo parecía dilatarse mientras las capas instrumentales se iban acumulando lentamente. Después llegó “Sleepless”, otro de los puntos más altos del concierto, con Tony Levin recordando por qué sigue siendo una de las figuras más importantes de la historia del instrumento.

A esas alturas, Steve Vai ya había despejado cualquier duda posible. No intentó imitar a Fripp ni convertirse en una copia imposible del guitarrista británico. Hizo algo mucho más inteligente: entender qué hace funcionar estas canciones y reinterpretarlas desde su propio lenguaje. Más expresivo, más físico y más espectacular en lo visual, pero siempre respetuoso con la arquitectura interna de unas composiciones que siguen funcionando como pequeños mecanismos de precisión.

Lo mismo ocurre con Tony Levin. En una banda llena de nombres gigantescos, vuelve a demostrar por qué ha sido una pieza fundamental no solo para King Crimson, sino para buena parte de la música popular de las últimas décadas. Su trabajo con el Chapman Stick sostiene gran parte del andamiaje sonoro del concierto mientras él parece moverse con una naturalidad insultante entre líneas imposibles. Incluso tuvo tiempo para sacar la cámara y fotografiar al público en varios momentos del concierto.

El tramo final confirmó hasta qué punto estos discos han envejecido bien. “Frame by Frame”, “Matte Kudasai”, “Elephant Talk” o “Three of a Perfect Pair” siguen sonando sorprendentemente actuales. Quizá porque muchas de las ideas que planteaban hace más de cuarenta años continúan presentes en el math rock, el post-rock o determinadas corrientes del rock experimental contemporáneo. Escucharlas hoy produce una sensación curiosa: la de estar asistiendo al origen de algo que todavía sigue ocurriendo.

El final del concierto llegó con “Indiscipline”, para un servidor uno de los grandes temas de esta etapa de King Crimson y probablemente la canción que mejor resume su espíritu. Caótica, divertida, imprevisible y construida sobre una tensión constante entre el control y el desorden. Belew encontró aquí uno de sus grandes momentos de la noche, jugando con el texto, los silencios y la teatralidad que siempre ha acompañado a la pieza, algo que por ejemplo me falto en su tono en los primeros temas de la jornada.

Para entonces también era imposible no fijarse en el público. Varias generaciones convivían en el mismo espacio, unidas por caminos muy distintos: quienes habían escuchado aquellos discos cuando fueron publicados y quienes los descubrieron décadas después entre reediciones, vídeos de YouTube o recomendaciones de internet. Durante dos horas todas esas trayectorias terminaron confluyendo en el mismo lugar. Y cuando la banda abandonó el escenario, lo hicieron también en un mismo canto: un sonoro y muy español oe, oe, oe que recorrió el Botánico hasta conseguir que el cuarteto regresara para el bis.

Tras unas palabras de cariño de Adrian Belew hacia Robert Fripp, llegó “Red”, el único tema de la noche que escapaba a la trilogía de los ochenta. Después, “Thela Hun Ginjeet” puso el cierre definitivo a un concierto que había ido claramente de menos a más. Una despedida a la altura de una noche que, pese a los problemas de sonido generalizados, nos regalo un concierto de leyendas. Sin solemnidad, sin nostalgia excesiva y sin la sensación de estar asistiendo a una recreación. Simplemente cuatro músicos extraordinarios disfrutando de un repertorio extraordinario. A veces no hace falta mucho más . Y así, como en el ouroboros que abre esta historia, todo acaba volviendo. Aunque nunca regrese exactamente al mismo lugar.

Fotos BEAT: Adrian Belew, Tony Levin, Steve Vai y Danny Carey: Víctor Terrazas

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