Can: El Milagro Alemán o Cómo Se Vivió El Krautrock en España

Al principio del libro Jaime Gonzalo relata un episodio que resulta gracioso porque, fácilmente, uno se puede identificar. Pónganse en situación: novia que adora un grupo y que se jacta de ser megafanática (normalmente mera impostura para aparentar), y te avasalla día sí, y día también, con su canción preferida del grupo en cuestión, en su caso el “Mother Sky” del álbum de Can Soundtracks (editado por Liberty en 1970). Pues bien, un joven Gonzalo, que intentaba por aquel entonces salir de esa relación tóxica, acaba rendido a los pies de una canción perfecta, a fuerza de escucharla, que ejemplificaba un sonido único, y que con el paso del tiempo ha sido imitado hasta el aburrimiento.

En esta excelente crónica de una época (la de la Barcelona cicatera de finales de los 60, y los setenta con el esplendor del advenimiento del kraut allende los mares ) está muy estrechamente ligada a la experiencia de ir descubriendo tu sitio en el mundo, tanto sentimental, social, como, sobretodo, musicalmente Por lo tanto, Can: El Milagro Alemán o Cómo Se Vivió El Krautrock En España (Libros Crudos, 2018) es un libro -es adorable esa impronta fanzinera que imprime en sus productos la gente de Libros Crudos– que repasa con detalle, y en dos planos paralelos, dos tipos de tramas: por un lado del propio Gonzalo que narra con su alambicada y exigente prosa los diferentes avatares que jalonaron su descubrimiento del grupo teutón a través de los discos que se iban editando en España (con retraso, claro), y por otro, y la parte más elaborada y que da sentido al libro, el escritor bilbaíno esculpe un concienzudo análisis de la vida, el sonido, y la estética del grupo del finado Holger Czukay y compañía.

En el primer plano narrativo que comento, y que camina en paralelo al segundo y se van (retro)alimentando, me gustaría señalar la ternura con la que recuerda aquella vez en que en el recogimiento de su habitación los sonidos de “Mother Sky”, hicieron que Can “desarrollaran con tenacidad sus diversos correlatos, esculpiendo su “Sister Ray” particular”. Unos sonidos que imaginaban un nuevo aparato sensorial al que inocular un veneno que se iba propagando por todo este ficticio sistema nervioso. El “Sountracks”, tema donde se incluía este tema iniciático, se editó por estos lares tres años después, síntoma que presagiaba algo claro: Can era un grupo “difícil”, tirando a raro, que bebía de las vanguardias de Karlheinz Stockhausen, Pierre Boulez o John Cage. En 1967, Czukay, vio en Bremen a Stockhausen y su grupo de músicos tocar la pieza “Kurzwellen” que cambiaría su vida , y algo que marcaría para siempre su ideario que luego trasladaría a su grupo.

Jocosas eran las crónicas de la época que se hacían, allá por los 70, en la prensa nacional para intentar definir la música que emanaba de la cabeza de Czukay, Karoli, Mooney (después substituido por Damo Suzuki), Schmidt, y Liebezeit. En Disco Express la llamaban música “emancipadora de una época”, y bajo la etiqueta de Deutsch rock un esforzado Claudio Montañá unía palabras en un baile de despropósitos tipo “resuena el canto del cisne, llorando perlas transparentes de cristal verde” (sic). Como vemos, la música del grupo de Colonia ponía en serios aprietos a más de un arriesgado cronista. Gonzalo también evidencia que en aquella época lo que se publicitaba era lo anglosajón (beat sound), el rock sinfónico, y el apostolado Beatles y Stones, con lo cual Can “entraban en la categoría de apestados”.

Pues bien, en lo que a la minuciosa descripción de la carrera del grupo, el escritor detalla algo muy interesante por boca de Diego Manrique, y es que Can partían con la intención de acabar con el arte degenerado o entartete Kunst ; ellos querían desnazificar la música, y abolir los rastros de cultura heroica del fascismo. Aquí entran en escena el mencionado Stockhausen que participó en los seminarios y en el Festival de Darmsstadt que era comisionado con dinero estadounidense con el fin de tejer una red clientelista de aliados en la postguerra. Pues bien, también de los viajes a Nueva York del ínclito Irmin Schmidt, trajo influencias de La Monte Young o Terry Riley, Frank Zappa, y de la factoría Warhol. Sin ir más lejos, el nombre de Can (“lata”) es un homenaje al artista y mentor de la Factory.

De los primeros Can hay vestigios claros de discos del plátano de The Velvet Underground, pero Gonzalo apunta, con mucho acierto, que también de los The Monks. El grupo, formado por cinco soldados americanos destinados en la antigua RFA, fueron uno de los estandartes de acabar con la fiebre beat que llevaba desde Inglaterra con los The Beatles y su fiebre de cambio de paradigmas vitales auspiciadas por el american way of living que elevaba a los altares la democracia cristiana. La estética monks marcó los inicios de Can, al igual que los alocados e imbricadas jams de Zappa y sus The Mother Of Invention.

Can era un tótum revolútum en donde se intentaba sintetizar diferentes estéticas y músicas: del rock al free jazz, de los ritmos atonales al zumbido tribal. Todo era casarlo en pleno equilibrio, porque Can, como dice Gonzalo, era una célula estrechamente unida en que las partes formaban un todo, y en el momento en el que alguno de sus componentes quiso imponer sus ideas, la cosa empezó a desfasar. Cooperativismo y libertad creativa.

Sobre los sonidos de los autores de “Spray”, pues cabe mencionar que empezaron haciendo bandas sonoras bajo el nombre de The Inner Space, y a partir de ahí, nuestro autor empieza a desgranar someramente los discos que grabaron hasta su reunión en 1989, que tuvo como correlato el excelente “Rite Time” (con la formación original del principio). Vemos un progresivo desgaste de una formula magistral que tiene momentos soberbios como la tetralogía “Sounstracks” (1970), “Tago Mago” (1971), “Ege Bamyasi” (1972), y “Future Days” (1973). Un ritmo de producción frenético que revelaba a un grupo perfectamente ensamblado y en estado de gracia permanente.

Un libro realmente excelente en el que se barajan múltiples fuentes de información de contrastada calidad, todo ello jalonado por las opiniones de los componentes del grupo que dan una visión panorámica, y muy esclarecedora, del potencial de una banda sin igual.

Influencias que engendraron el sonido Can

Monks – “Black Monk Time” (1966)

The Mothers Of Invention – “Trouble Every Day” (1966)

Pierre Boulez – “Improvisation Sur Mallarmé I” (1969)

Marcel Duchamp – “Anemic Cinema” (Corto) (1926)

 

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