Conde – Ser Sin Sitio (Error 404)

El compositor, cantante y productor malagueño Francisco Eduardo Conde declaró hace unos días en la web Atonal algo que me hizo reflexionar, y que nos debería hacernos repensar el arte: “Sé que mi música es para minorías y no me preocupa. Me he pasado la vida intentando tener éxito, intentando encajar, intentando gustar al público, intentando ser perfecto y nada de eso me ha dado la felicidad. He llegado a la felicidad por el camino del fracaso, por lo que nuestra sociedad consumista considera un fracaso: yo no he “triunfado”, soy pobre, casi soy viejo, no poseo nada, pero tengo todo lo que necesito. He asumido que soy un artista que ofrece poco interés para el gran público, así que he preferido tomar el sendero poco transitado de la excelencia (del intento de). Para eso hay que renunciar a muchas cosas, pero te aporta otras que no puede comprar el dinero. Tengo una familia, un puñado de gatos y mis canciones, eso es suficiente.” El fracaso, ese espacio simbólico y tan real que se nos es negado constantemente por el sistema económico y social en el que vivimos, también es la senda del triunfo, aunque minúsculo. Un triunfo personal, en su caso, en el que marginalidad y arte interactúan para traducirse en una de las carreras de autor más interesantes de la canción peninsular.

Conde ya vivió el dulce encanto de la “fama” (recuerden a Los Mosquitos), pero desde hace unos años decidió tomar el camino de la canción esculpida con mucho de método e intuición, y siempre desbordante en pasión, lirismo, exigencia, y una atemporalidad tímbrica y melódica a la que no estamos muy acostumbrados.

Este fantástico Ser Sin Sitio (Error 404, 2020) surge de la idea de su paisano Álvaro García -poeta ganador de prestigiosos premios como el Hiparión por su obra La Noche Junto Al Álbum (1989)- en poner sobre un pentagrama su poemario Ser Sin Sitio. Álvaro depositó toda su confianza en Conde, el cual sintió un flechazo inmediato después de la lectura de estos versos realmente asombrosos, en los que en su aparente sencillez se esconden diferentes capas de significado.

El músico malagueño depura su estilo aliado con este poemario que parece su segunda piel, y consigue que estas canciones palpiten como pequeñas células autónomas. Tanto poeta como artista han creado una narrativa que siempre encuentra un encaje perfecto, y al final acabas teniendo la sensación de que son versos que no se podían haber orquestado de otra manera.

Preciosas gemas que narran cuitas sobre las reglas inefables del tiempo (“Tiempo”) con suntuosos arreglos de cuerda; guiños a los mejores chansonniers (“Sueño”, incluyendo al Gainsbourg más sensual en “En Tu Viaje”).

Pop de altos vuelos que me recuerda a Miguel Ángel Villanueva en “Atlas”, hasta hallar un placer infinito con una de las mejores canciones del año, “Dientes”, un medio tiempo henchido en lirismo en donde Álvaro García, en la plasticidad de sus versos, me inspira una historia de amor salvaje en donde se palpa la carne, las vísceras, el sudor, y los gemidos se pierden en el final de la noche de los tiempos. Uno de los grandes discos de este año.

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