Documental: Beastie Boys Story (Spike Jonze)

Beastie Boys tuvieron mucho éxito y fueron avalados por crítica y público a lo largo de toda su carrera, pero de alguna manera me parece que se les debe cierto reconocimiento que constantemente les ha sido negado. Su posicionamiento en algún lugar cercano a ninguna parte -ni encuadrables en el hip hop, ni en el hardcore, ni el indie- les hacía totalmente inclasificables, únicos, no enfocables como referente en ninguna corriente concreta y eso, en cierto modo, juega en su contra.

Fueron tan únicos, tan genuinos, que nada que escuchemos hoy puede traerlos a nuestra cabeza. La suya fue una trayectoria tan cambiante, tan llena de ideas brilantes y dispares, tan, tan genial, que han sido imposibles de imitar o de sevir de influencia clara para nadie. Por eso, de un tiempo a esta parte, daba la impresión de que su llama se hubiera extinguido. De que sí, tuvieron su tiempo, pero hoy día casi nadie se acordaba de ellos.

Por eso era importante que se reivindicara su historia. La historia de tres chavales de Brooklyn de ascendencia judía que fueron tan avispados como Elvis: cogieron lo que hacían los negros y lo hicieron suyo, creando algo propio. Los tres eran una piña indisoluble que, de repente, se vio rota sin remisión con la muerte a manos del cáncer de Adam Yauch, más conocido como MCA, motor creativo y alma de la banda, que nos dejaba a la más que temprana edad de 47 años.

A honrar su memoria y la de la banda, por supuesto, está dedicado este -lo diré ya sin tapujos- absolutamente maravilloso documental, película o actuación, o lo que sea, que tampoco es que esté muy claro, que responde al meridiano título de Beastie Boys Story y que ha traído a la pantalla de nuestras casas, previo el correspondiente pago, la plataforma Apple Tv, sirviendo así de rutilante complemento a Beastie Boys – El Libro, aparecido hace dos años y editado en España por Reservoir Books.

El film, además, está dirigido nada menos que por Spike Jonze, cineasta cuya carrera circula íntimamente unida a la de los de Brooklyn, puesto que se deben los unos a los otros un gran índice de su éxito. Como cabía de esperar en una banda que siempre supo jugar a las sorpresas del modo más inteligente posible, nada es obvio aquí: para empezar la cosa funciona como una especie de stand-up comedy en que Michael Diamond (Mike D) y Adam Horowitz (Ad-Rock), las dos terceras partes que quedan vivas, hacen gala del topicazo que siempre se aplica a su gente de ser unos ases de la comedia, agarrando el micro para contar su historia de una manera hilarante ante el público congregado en un importante teatro de, cómo no, su ciudad natal, Brooklyn, en lo que fue el cierre de una mini-gira presentando dicho espectáculo.

Y la verdad es que los dos parecen dominar una disciplina que en absoluto tenía por qué ser la suya. Pero bueno, tampoco nadie esperaba la cantidad de cambios y reinvenciones que obró su banda y ahí están, así que, no hacen sino gala de su reputación de salirse por peteneras de todo lo obvio, en este caso pasando por alto el formato de entrevista a miembros del grupo, otros músicos y familiares e imágenes varias en directo o en televisión a que nos tiene más que acostumbrados el rockumental al uso. Manejan el cotarro más que bien, con una pantalla gigante que tienen detrás y dividiendo la cosa en diferentes fases con el suficiente flow como para que todo pase en un suspiro.

Y es que en dos horas, pasa de todo: vemos como tres críos (en un principio cuatro, contando a su primera batería, Kate Schellenbach) se las apañan para introducirse en las entrañas de algo tan gregario como el incipiente imperio del hip-hop en el New York de los ochenta y se hacen la banda más famosa de América, para caer con celeridad en el olvido que se destina a las bromas adolescentes y reinventarse después y pese a todo pronóstico en la creativa banda que todos conocimos y que, peldaño a peldaño, fue erigiendo una obra descomunal y visionaria a la que todavía no se ha laureado del todo como merece.

Su historia es hilarante, inspiradora, brillante y sobre todo, emocionante, dedicando mucho espacio a la reivindicable figura de su compañero desaparecido, un genio que dejó un hueco imposible de rellenar. Todo esto se maneja con sencillez, naturalidad y una humanidad que uno no espera de alguien en un escenario. Son completamente sinceros con todo, te los crees sí o sí, no hay trampa ni cartón. En ese sentido, al igual que su carrera en general, esto funciona como una lección de cómo ser y estar en el mundo del espectáculo, de la que muchxs deberían tomar nota. Todo forma parte de una historia de amistad y camaradería realmente bella, que no pasa por alto tampoco a los co-protagonistas como Money Mark o el propio Jonze y que es, por derecho propio, uno de los relatos en pantalla sobre música pop más brillantes jamás hechos. Háganse un favor y véanlo.

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