La fecha de Ilegales en la capital pucelana se encuadraba dentro de la programación con motivo del veinticinco aniversario de Valladolindie, evento que cada temporada se alarga durante meses programando conciertos en diferentes fechas y ubicaciones de la ciudad. Una cita con la que el grupo asturiano retomaba la gira con la que viene presentando su último álbum, el acertado Rebelión (La Casa del Misterio, 18).
Un tour triunfal hasta la fecha, con el que se confirma la segunda época dorada del grupo tras la original cosechada sin paliativos en los ochenta. En realidad, cualquier reencuentro con el directo de Jorge Martínez y compañía es un satisfactorio seguro de profesionalidad y contundencia, concretamente a partes iguales. Y seguramente ahí radica la distancia entre el cuarteto y otros grupos de rock clásico-macarra, también respetables pero que siempre parecen medio peldaño por debajo. Porque el concierto ofrecido por el combo fue, por supuesto, un violento recorrido por uno de los repertorios mas honestos y ásperos de la historia del rock patrio. Una sucesión de temas expeditivos y arrasadores lanzados con solemne convicción, pero siempre con precisión y sobriedad ejecutiva poco habituales. La diferencia la da, justamente, ese contraste mágico entre seriedad interpretativa y el motivo expeditivo de las mismas composiciones (y sus consecuencias).

Aquí no hay textos velados que admitan dobles interpretaciones, pero tampoco dudas con la fidelidad a la hora de presentarlos en forma de canción sobre las tablas. Himnos como «Problema Sexual», «Destruye», “Dextroanfetamina”, «Soy un Macarra», «¡Hola Mamoncete!», el poso post-punk de «Enamorados de Varsovia» o «Agotados de Esperar el Fin», se unieron en armonía a las recientes «Si no Luchas te Matas», «No Tanta, Tonto» o «Suicida». Todas y cada una de ellas repercutieron de frente en la vieja guardia, y a través de la excelencia ejercida por Willy Vijande, Jaime Beláustegui, Mike Vergara y Jorge Martínez. A lo largo de toda la trayectoria de Ilegales, la figura del vocalista siempre ha sido determinante por sus especificidades compositivas e imponente presencia, pero queda la sensación de que, en los últimos años y al contacto con el escenario, ésta se ha convertido en titánica además de imperantemente necesaria dentro de una escena cada vez más alineada hacia el éxito borreguil.
Su paso por Valladolid dejó un total de dos docenas de temas y más de cien minutos, desarrollados sin adornos y casi interrumpidos más allá del parón sucedido antes de unos generosos bises. Una muestra de poder en toda regla, en definitiva, levantada delante del talludito y fiel público que abarrotó la Sala Blanca del LAVA. Y es que hay catálogos que, lejos de pasar de moda, recuperan vigencia cíclicamente.
Fotos: Chumi 10

















