La décima edición de Mad Cool Festival cerró sus puertas en la madrugada del domingo, tras cuatro jornadas en las que reunió a más de 200.000 asistentes, confirmándose como el único gran festival de la capital y consolidándose como una de las grandes citas musicales del continente.
El cartel volvió a destacar por su amplitud estilística y una programación de marcado carácter internacional, donde el rock, el pop, la electrónica y las propuestas más alternativas han convivido durante cuatro días con buen número de conciertos que repasaremos a continuación.

Entre las actuaciones más destacadas figuraron las de Nick Cave & The Bad Seeds, David Byrne, Pulp, Moby, Foo Fighters, Richie Hawtin, Florence + The Machine, Twenty One Pilots, Pixies o Interpol. Nombres que pasaron por un recinto cómodo y amplio, que sigue teniendo como debe la complicada movilidad para unos asistentes que una vez finalizada cada jornada, peregrinaban en masa hacia un metro sin capacidad de asumir tal cantidad de público.
Cabe destacar las facilidades que la prensa tiene para realizar su trabajo en Mad Cool, a pesar de los impedimentos que muchos artistas imponen a la hora de realizar las coberturas gráficas, con cambios de última hora y contratos en ocasiones ridículos e inasumibles.
Mad Cool – miércoles 8 de julio
HotWax
Tocaba inaugurar el Mad Cool 2026 probando la nueva ubicación de los escenarios pequeños, justo a la derecha del escenario principal. Desde mi punto de vista, todo un acierto al resultar una zona bastante menos concurrida y con menos flujo de público de un lado para otro que en su anterior localización. Las encargadas de abrir fuego en esta edición fueron el trío HotWax. Las británicas ofrecieron un concierto rugoso y sin concesiones, deliciosamente áspero, algo tremendamente agradecido de ver en contraste con el envoltorio plasticoso de no pocas propuestas del rock alternativo actual. Suscitaron el suficiente interés a primera hora de la tarde y su sonido osciló entre la violencia de Mhaol y la suciedad de SPRINTS, por ponerles algunos referentes de peso para que se hagan una idea. Lástima que los dolorosos solapes, especialmente crueles en la primera jornada del festival, nos hicieran abandonar su show para disfrutar del auténtico atentado escénico que perpetró la francesa Jehnny Beth.
Raúl del Olmo
Jehnny Beth
Cualquiera que no eche de menos la separación de Savages no sabe lo que se ha perdido. Dudo de que existan propuestas sonoras más incisivas, peligrosas y excitantes que la que proporcionó su corta e intensa carrera, tanto en disco como sobre un escenario. Quien las haya visto alguna vez, Mad Cool incluido, sabe de lo que hablo. Está claro que Jehnny Beth, su carismática y eléctrica frontwoman, no tiene por sí misma el potencial de toda la banda, pero su reciente reinvención industriosa e incisiva con su disco del año pasado, You heartbreaker, you (25), suponía una deliciosa golosina que llevarse a la boca con ella y su banda irrumpiendo en el siempre agradecido The Loop de Mad Cool. Es verdad que su sonido tiene bastantes deudas con popes del género –sobre todo los NIN más sharpy-, pero sobre las tablas, un sonido mucho más orgánico y una actitud de continua amenaza, auparon un show tremendamente sólido y adrenalínico, con la francesa bajando a poguear con las primeras filas -inolvidable hombro con hombro me llevé de ella cargando contra mí sin titubeos- para más adelante dejarse aupar por las masas y nadar brevemente entre brazos. Colosal derroche y suprema actitud.
Raúl del Olmo
The Last Dinner Party
Hay frases que solo pueden entenderse en un concierto en España, y sin duda: ¡Y guapa, y guapa! ¡Y reina, y reina!, es una de las más totémicas. Un grito heredado de las procesiones de Semana Santa que, de un tiempo a esta parte, se ha colado en los festivales como la mayor muestra de devoción posible. Descoloca a los artistas extranjeros, pero también les hace entender que aquí los escenarios se viven con la misma pasión con la que se veneran los iconos religiosos. No había mejor manera de inaugurar ese ritual en el Mad Cool que con las cinco reinas de The Last Dinner Party.

Hace apenas tres años eran una de esas bandas de las que solo hablaban quienes seguían de cerca la escena británica. Nuestra compañera Gloria Jiménez ya advertía entonces que había que prestarles atención: cuando apenas contaban con un par de sencillos publicados. El tiempo le ha dado la razón. Tras Prelude to Ecstasy (2024) y From the Pyre (2025), el quinteto londinense ha pasado de promesa a convertirse en una de las propuestas más interesantes del artpop europeo.
Quienes no pudimos verlas en La Riviera el pasado febrero encontramos en el Mad Cool la mejor forma de saldar la deuda. Abigail Morris ejerció de maestra de ceremonias, dominando el escenario con una naturalidad tan magnética como teatral, mientras el resto de la banda levantaba un muro sónico donde conviven la grandilocuencia barroca, el dramatismo gótico y un sentido del espectáculo que pocas formaciones jóvenes manejan con tanta personalidad.

El repertorio fue una celebración de esa evolución. Sonaron «Agnus Dei», «Count the Ways», «The Feminine Urge», «Caesar on a TV Screen» o «Big Dog», antes de cerrar con una ya imprescindible «Nothing Matters». La canción que las convirtió en el secreto mejor guardado de las Islas Británicas confirmó, esta vez ante un Mad Cool completamente entregado, que el misterio hace tiempo que dejó de serlo.
Víctor Terrazas
Wolf Alice
Mala suerte tuvieron Wolf Alice con los solapes, sufriendo su actuación la coincidencia con The Last Dinner Party al comenzar y con The War on Drugs antes de terminar. El ser humano siempre ha mostrado un interés inherente en estudiar su propia decadencia y degradación. Y debiera ser de justicia el estudiar minuciosamente la que sufre en estudio Wolf Alice. Algo inaudito. Bien es cierto que en directo logran convencer con muy poco, en ese inteligente equilibrio entre la furia y la calma, si bien la riqueza, sensibilidad y sutileza que alcanzaron los británicos con sus dos primeros discos se diluyó paulatinamente con ese comodín del público que es la palabra “reinvención”, cuando en no pocas ocasiones oculta una disminución considerable de talento e inspiración.

Aun así, el pulso nervioso de “Yuk foo” y la maraña sónica de “Lisbon” fueron momentos intensos en un concierto algo tibio.
Raúl del Olmo
The War On Drugs
The War on Drugs han sido una de las bandas que más me ha arrebatado el corazón de este siglo. La publicación de ese díptico que componen Lost in the Dream (14) y A Deeper Understanding (17) la tengo clavada por motivos personales en lo más hondo de mí y la emoción que destilan muchísimas de esas canciones es algo hermoso que nos traspasa a los numerosos fans de la banda norteamericana. Bien es cierto que I don’t live here anymore (21) mostraba una versión descafeinada de los de Adam Granduciel y, ciertamente, los conciertos de esa época no lograban impactar en las entrañas como debieran. Es por ello que me acercaba al segundo escenario de Mad Cool con ciertas reservas. Pero bastaron los primeros acordes de “Harmonia’s dream” para saber que nos íbamos a topar con algo maravillosamente grande. Imposible que tan solo en una hora que pareció un instante se llegaran a estimular tantas interioridades sedadas de una persona.

Corregidos los defectos más recientes en escena como un tremendo abuso de saxofón y una actitud ligera por parte de los músicos, sus hermosas canciones volvieron a gozar del empaque y la arrebatadora belleza que atesoran, ya fueran en los temas más trepidantes y populares como “Red eyes” y “Under the pressure” así como en los momentos más emocionantes, catapultando la melancolía y el latido íntimo a cotas estratosféricas con la triada seguida que supuso “Pain”, “An ocean in between the waves” y “Strangest thing”, haciendo aflorar lágrimas con la misma naturalidad que la facilidad que tienen para moldear arte de una pureza y limpieza tan conmovedora como salvadora.
Raúl del Olmo.
Moby
Lo peor que puedes olvidar en un concierto de Moby son los tapones, y más si tienes que ir al foso a realizar las fotos. Me di cuenta demasiado tarde. Agazapado, entre los front fills y los subwoofers, el suelo empezó a vibrar bajo los pies. Después lo hizo el pecho. Cuando quise darme cuenta, el corazón ya había decidido acompasar el ritmo a algo que todavía ni siquiera había visto aparecer sobre el escenario.
Cuando Moby irrumpió en escena disparando los BPM de “Bodyrock”, cualquier expectativa de encontrar un directo contemplativo quedó pulverizada. El estadounidense apareció recorriendo el escenario de un lado a otro con una energía impropia de quien lleva más de tres décadas reinventando la música electrónica, mientras una banda descomunal convertía cada canción en una descarga de rave, breakbeat, punk, gospel y techno.

No había intención de bajar las revoluciones. Y cuando lo hizo, fue únicamente para coger aire. Pidió perdón por no dirigirse al público en español, bromeando con ser un estadounidense ignorante, antes de cargar contra Donald Trump y convertir el concierto en una reivindicación política contra el odio, el fascismo y todo aquello que, en sus propias palabras, hace peor este mundo. Aquella pista de baile era también un manifiesto.
“Go” apenas necesitó unos segundos para transformar el recinto en una gigantesca rave al aire libre. Una de las primeras sorpresas llegó poco después. Una voz procesada comenzó a abrirse paso entre la maraña electrónica. Era Eminem. Sonaba aquel Nobody listens to techno que le dedicó en “Without Me” hace ya más de veinte años. La frase empezó a repetirse en bucle, mezclándose con ·”Next Is the E” hasta adquirir un significado completamente distinto. Lo que en 2002 pretendía ser un desprecio, en 2026 sonaba a ironía. Bastaba con darse la vuelta desde el foso para comprobarlo: miles de personas saltando al unísono demostraban que aquella sentencia había envejecido mucho peor que las canciones de Moby. Y Eminem también.
Después de la descarga física apareció “In This World”. El pulso descendió, pero la epifanía permaneció intacta. Las coristas elevaron la canción hasta convertirla en un himno góspel, mientras Moby les cedía el protagonismo y observaba desde un segundo plano. Fue uno de esos instantes en los que el festival pareció detenerse durante unos minutos, como si todo el vértigo anterior hubiera desembocado, por fin, en un remanso de calma.

También fue el momento en el que quedó al descubierto uno de los grandes problemas de esta edición del Mad Cool. El sonido procedente del escenario principal, donde estaban actuando Foo Fighters, se colaba sin remedio sobre el escenario dos. Quienes estábamos cerca todavía podíamos aislarnos de aquella interferencia, pero bastaba con alejarse unos metros para que la experiencia cambiará por completo.
Un error de planificación difícil de entender y que, lejos de ser anecdótico, volvería a repetirse en las jornadas siguientes. Bastante castigan ya los inevitables solapes de un festival de estas dimensiones como para que, una vez tomada la decisión de renunciar a un concierto por otro, el sonido del primero termine invadiendo el segundo. Lo ocurrido días después con Zara Larsson, ya con el escenario dos completamente colapsado, no hizo más que confirmar un problema que la organización deberá revisar de cara a futuras ediciones.
Con el paso de los minutos llegaron algunos de los grandes pilares de su repertorio: “Honey”, “Extreme Ways”, “Natural Blues” o “Why Does My Heart Feel So Bad?”. Moby alternaba entre los teclados, la guitarra y los bongos, revisitando estas canciones desde un enfoque mucho más físico que el de sus versiones de estudio. Había más electrónica, más músculo y más BPM, pero sin renunciar a esa sensibilidad contemplativa que siempre ha acompañado a su música. Al contrario: consiguió que ambos mundos convivieran con absoluta naturalidad, transformando clásicos que todos conocemos en una experiencia completamente distinta sin traicionar su esencia.
Víctor Terrazas
Foo Fighters
Parecía que después del trompazo ventricular que me asestó el concierto de The War on Drugs fuera a ser difícil entrar en el fiero y enérgico universo de Foo Fighters. Pero nada más lejos de la realidad: bastaron los primeros acordes de “All my life”, seguida de la encendísima “The Pretender” para saber que el bueno de Dave Grohl y sus compañeros de fatigas siguen tremendamente on fire y que su dilatada carrera, vitaminadísima gracias a la inclusión en el combo de esa bestia humana a la batería que es Ilan Rubin y al agradecido aroma serie b y punk guarrote que destila su reciente trabajo Your favorite Toy (26) del que, curiosamente, no llegó a sonar ni tan siquiera una canción la noche del miércoles en Madrid. Viviendo una segunda juventud y renacimiento tras la dolorosa pérdida de Taylor Hawkins, al que la banda dedicó la bonita “Aurora”, su tremenda intensidad, dirigida por el providencial grito desgañitado incansable del exbatería de Nirvana condujo una actuación que gozó de continuidad y que les devolvió a un camino intermedio no tan enfocado al rock de estadio como hace unos años, pero sin llegar al underground que tan en su interior sienten los Footos y los que somos fans veteranos.
Eso se aprecia sin ir más lejos en un set list en el que casi todo fueron hits; una retahíla de singles, buenísimos, claro, pero en los que se hubiera deseado alguna que otra sorpresa más, reducidas a una recortada versión de ese temazo histórico que cerraba su disco debut, “Exhausted” y del rescate providencial de “Marigold”, canción compuesta por Grohl cuando todavía existía Nirvana y que llegó a aparecer como cara B de “All Apologies”, bonito guiño, tanto como la presentación que hizo de sus compañeros haciendo homenajes a sus bandas de origen y en la que destacó para mi persona, como no podía ser de otra manera, el momento en que se mencionaron a Sunny Day Real Estate y Nate Mendel llegó a cantar algunos versos de la increíble “Seven”. Por destacar algunos de los lances, sonaron especialmente intensas temas de perfil más bajo como “La dee da” –efectivísima-, “Run” –demoledora- y una encendidísima y emotiva “Wheels”. Y, como siempre, se despidieron con ese clásico inmortal que es “Everlong” con la constatación de que en esto llamado rock siguen siendo una banda de primerísima división.
Raúl del Olmo
Mad Cool – jueves 9 de julio
CMAT
Tocaba soportar un sol inclemente para acudir a la primera cita imprescindible de la segunda jornada de Mad Cool. Ciara Mary-Alice Thompson, conocida artísticamente como CMAT se ha convertido en uno de los nombres referenciales de los últimos años a la hora de revolucionar los clichés y cánones más ortodoxos del country más cercano a su faceta pop. La irlandesa ha forjado una carrera de tres discos que, en menos de un lustro, le ha llevado a que artistas completamente punteros como Olivia Rodrigo, que ha llegado a versionar su “When a good man cries”, -que sonó radiante esa misma tarde, además- o mitos como Elton John hayan alabado su propuesta artística, deambulando entre el vodevil más chic y el club americano de carretera más delirante. Cargada con dosis de humor y simpatía, a la par que acompañada de una exquisita banda, sus bonitas canciones, trufadas de monólogos y gestos cómicos, hicieron ganarse al público congregado sin mucho esfuerzo. Una catarsis emocional dirigida por una voz impecable y unos cuidados arreglos, culminando con el hermoso broche de “Stay for something”, que, si bien no lo busque premeditadamente, bien podría mirar cara a cara a las composiciones planeadoras más hermosas de The War of Drugs o Jason isbell & Unit 400.
Raúl del Olmo
Charlie Puth
Dos pianos. A la izquierda, un Fender Rhodes. A la derecha, un Yamaha. No estaban colocados exclusivamente por estética, sino por una necesidad imperiosa. Charlie Puth los había orientado en ángulos distintos para poder alternar entre uno y otro sin perder nunca el contacto con el público. Cada canción encontraba su lugar en diferentes teclas: el Rhodes aportaba esa calidez heredada del soul y el jazz; el Yamaha, la limpieza de un piano de cola, los sintetizadores y todos esos pequeños matices que convierten una producción de estudio en un directo. Bastaban unos pasos para cambiar por completo el color de una composición.

Quizá ahí reside la mayor virtud de Charlie Puth. Detrás de una de las colecciones de éxitos pop más importantes de la última década (“We Don’t Talk Anymore”, “Attention”, “One Call Away” o “See You Again”, junto a Wiz Khalifa) siempre ha existido un músico obsesionado con el sonido. Su oído absoluto y una formación en música clásica y jazz en Berklee le han permitido construir una carrera en la que, más que cantar canciones, parece diseñarlas pieza a pieza. No es casualidad que, tras un debut excesivamente condicionado por la industria, decidiera tomar el control absoluto de su música escribiendo y produciendo prácticamente todo su catálogo, además de regalar éxitos a otros artistas, como “Stay” a Justin Bieber.
Ese perfeccionismo marcó también su paso por el Mad Cool. No fue un concierto pensado para el espectáculo festivalero, sino para las canciones. “How Long” encontró su sitio en el Rhodes; “LA Girls”, en el Yamaha. Después llegaron “BOY”, “Done for Me”, “Attention” o “We Don’t Talk Anymore”, mientras Puth se desplazaba de un piano al otro buscando siempre el timbre exacto para cada composición. Había algo casi hipnótico en esa forma de moverse por el escenario, como si el público estuviera asistiendo a una sesión de estudio más que a un concierto de festival.

El cierre con “See You Again” y “Changes” terminó de redondear una actuación tan elegante como precisa. No fue el concierto más explosivo de la jornada, ni tampoco pretendía serlo. En una franja de tarde donde el festival todavía buscaba velocidad, Charlie Puth apostó por la sutileza, el detalle y la musicalidad. Y, precisamente por eso, acabó firmando uno de esos conciertos que quizá no monopolizan los titulares, pero que se disfrutan con la satisfacción de ver a un músico haciendo exactamente aquello que mejor sabe hacer.
Víctor Terrazas
Lorde
A estas alturas de la vida, una de las cosas que más me llena de acudir a conciertos es la de poder ver a artistas que, por unos motivos u otros, no he disfrutado nunca. Ése era el caso que hacía que la segunda jornada de Mad Cool contara para mí como principal aliciente el de ver por fin a Lorde encima de un escenario. Una artista tan visceral, auténtica y llena de torturas internas fruto de la fama, la vida pública y los sinsabores de la industria musical unidos a la esclavitud digital que, de una manera u otra, todos sufrimos. Y el concierto fue una auténtica experiencia física donde mostrar con valiente desnudez toda la vulnerabilidad que acompaña nuestro paso por este mundo moderno efervescente y hueco.
A su personalísima voz y carisma escénico le ayudó una muy plástica puesta en escena acompañada de dos bailarines, unos creativos y crudos usos de elementos escénicos así como de perspectivas de cámara de mano para hacer de la experiencia una auténtica catarsis colectiva en la que el público entró desde el minuto uno. Ayudó muy positivamente la defensa de su reciente disco, Virgin (25), toda una recuperación tras el horroroso Solar Power (21), completamente omitido en la tarde del jueves. Canciones nuevas tan buenísimas como “What was that”o “Shapeshifter” combinaron a la perfección con exaltaciones de una emoción sublime como las vividas con “Supercut” o “Green Light”, ambas de su imprescindible Melodrama (17) demostrando que la electrónica glitcheada, combinada con algún elemento orgánico, puede lograr conmover tanto como cualquier otro tipo de propuesta sonora. Tremendamente real y honesto, lástima que no hubiera gozado de un horario nocturno. Uno de los más grandes shows de esta edición.
Raúl del Olmo
Boys Noize
El interesante trabajo facturado este año por Boys Noize junto a Nine Inch Nails reimaginando el repertorio clásico de la banda de Trent Reznor fue el principal aliciente que me llevó a acercarme a The Loop para investigar con su incursión en vivo. Pues bien, Alexander Ridha, el nombre detrás de Boys Noize, aparcó composiciones propias y ofreció un DJ Set de un grosor muy evidente para cualquier amante de la electrónica en sus diferentes facetas. Tiró de lo facilón, aportando grasuza pura makina, sin matiz, sutileza o juego alguno, provocando la indiferencia más completa en cualquier alma que buscase el más mínimo aliciente para pegarse algún baile a las maneras de Michael Olise por la banda derecha de la selección gala.
Raúl del Olmo
Teddy Swims
Horas después, el mismo escenario ya no se parecía en nada al que había dejado Charlie Puth. Donde antes bastaban dos pianos, ahora se levantaba una especie de loft industrial distribuido en varias alturas, donde cada rincón parecía estar habitado. Los Freak Freely, la banda que acompaña a Teddy Swims tanto en el estudio como en el directo, ocupaban distintos niveles de aquella construcción temporal.

Los coristas aguardaban su entrada sentados en un sofá, bebida en mano, como si aquello fuera el salón de una casa y no uno de los escenarios principales del Mad Cool. Un piso más arriba, batería, teclados y guitarras se repartían en pequeños habitáculos, convirtiendo el escenario en una especie de edificio vivo donde cada músico tenía su propio espacio. Incluso el pie de micrófono formaba parte de ese universo: una figura femenina tatuada exactamente igual que Teddy Swims sostenía un micrófono que acababa en un puño americano. Todo lo situado encima de la palestra era una extensión natural de la personalidad del artista.
Y entonces apareció él. Alto, corpulento, tatuado hasta las cejas. La imagen hacía pensar en un cantante de hip hop o en un vocalista dispuesto a desgarrarse la garganta entre guturales de metal y hardcore. Pero bastaron las primeras notas para desmontar cualquier prejuicio. Como ocurre con Rag n Bone Man, la voz de Teddy Swims parece no pertenecer al cuerpo del que sale. Es un torrente de soul, góspel y R&B, capaz de pasar de la delicadeza absoluta a una potencia descomunal sin perder nunca el control. Quizá ahí reside el secreto de un artista que hace tiempo comprendió que no tenía por qué elegir entre el country, el rock, el soul o el R&B. Podía ser todo a la vez. Y su estética y música podían atravesar todos los caminos musicales por los que ha transicionado.

“The Door”, “Hammer to the Heart”, “Bad Dreams”, “Some Things I’ll Never Know” o “Guilty” fueron confirmando esa sensación, mientras la banda sostenía un concierto donde cada detalle parecía medido al milímetro. También hubo espacio para mirar hacia sus orígenes con una explosiva versión de “Jump”, de Van Halen, una de las canciones más celebradas de la noche y, probablemente, la mejor forma de entender el recorrido musical de un artista que ha sabido convertir todas sus vidas anteriores en una sola propuesta.
El desenlace llegó con “Lose Control”, el tema que le llevó a la fama global. Mientras el público seguía cantando el estribillo, Teddy Swims abandonó el escenario montado en un diminuto triciclo, dejando que fueran los Freak Freely quienes estiraran la canción durante varios minutos más. Él ya había desaparecido, pero el concierto seguía respirando. Solo cuando la banda terminó el último acorde, aquella casa construida sobre el escenario cerró definitivamente la puerta.
Víctor Terrazas
Florence + The Machine
Florence Welch se ha ganado a pulso ser una de las artistas más respetada en los diferentes estamentos que conforman el universo musical. Músicos, crítica y audiencia unánimemente destacan las virtudes de su legado y la influencia e inspiración en artistas fundamentales nacidas a su amparo. Sirva el ejemplo de la sacrosanta Ethel Cain como el más palmario. Me incentivaba poderla disfrutar de nuevo en Mad Cool al amparo de su reciente Everybody Scream (25), su mejor disco para quien les escribe desde el ya lejano How Big, How Blue, How Beautiful (15). Una pátina más oscura y lúgubre, más en forma que en fondo, deberíamos añadir, acompaña a las nuevas composiciones. Y así fue el tema titular, “Everybody scream”, el encargado de abrir la velada con una acorde coreografía de bailarinas a medio camino entre la brujería y el misticismo. No tardaron en aflorar clásicos muy coreados por la audiencia (“Shake it out”, “Witch, Witch”) en los que Florence demostró unas cualidades vocales soberbias y un dominio del escenario prodigioso, con una presencia imperial a la par que magnética. De todo el recorrido me quedo con la dupla que abrazó pasado y presente con la épica “Never let me go” con la hermosísima “Sympathy Magic”. Rotunda demostración de vigencia y raza artística.
Raúl del Olmo
Mad Cool – viernes 10 de julio
Halsey
El calor llevaba dos días imponiendo su propia ley sobre el Mad Cool. Acudir a un concierto a media tarde significaba hacerlo bajo un sol implacable. Sin embargo, cuando Halsey estaba a punto de aparecer en el escenario principal, las nubes comenzaron a cubrir el sol y una ligera brisa veraniega recorrió por primera vez el recinto. Lo suficiente para aliviar el ambiente y, al mismo tiempo, hacer oscilar los enormes altavoces suspendidos sobre el escenario. La playlist elegida por la propia artista para acompañar la espera llegaba por momentos de forma irregular, empujada por el viento, una circunstancia que volvería a repetirse durante buena parte del concierto. Aquel pequeño contratiempo terminó convirtiéndose, casi sin querer, en el mejor prólogo posible para una actuación que tampoco iba a comportarse como muchos esperaban.
Existe una Halsey que casi todos conocemos: la de “Closer”, “Without Me” o las listas de reproducción con millones de escuchas. Pero la artista que apareció sobre el escenario principal distaba mucho de esa imagen pop. Tras las puertas de una enorme torre medieval comenzaba The Girl in the Tower: A Ceremony by Halsey, un espectáculo concebido como una ceremonia dividida en actos, mucho más cercano al teatro que a un concierto convencional.
No tardó en entenderse que aquello seguía una narrativa: The Mother, The Maiden, The Mage, They’re Raging at Me … Cada capítulo representaba una etapa distinta de su propia transformación, bebiendo de la mitología pagana, el ocultismo y el folclore gótico. Las canciones dejaban de ser piezas independientes para convertirse en escenas de un mismo relato, atravesado por la maternidad, la vulnerabilidad, la rabia, la enfermedad y el deseo de recuperar el control de su propia historia. La escenografía, el vestuario y las proyecciones no acompañaban al concierto, eran el propio concierto.
Las puertas de aquella fortaleza se abrieron con “Nightmare” e “I Am Not a Woman, I’m a God”. Después llegó una de las imágenes más poderosas de la noche. Durante “Dog Years”, Halsey apareció encadenada en mitad del escenario. Eran cadenas reales, y cada movimiento hacía resonar el metal por todo el recinto, añadiendo una incomodidad física a la escena. Minutos después, ya liberada, “You Asked for This” rompía toda esa tensión con una descarga de guitarras, como si aquella liberación también necesitará escucharse, y lo hacía a través de gritos y guturales en algunos estribillos. “Experiment on Me” llevó el concierto hacia su territorio más industrial, mientras “Honey” ofrecía un breve respiro antes del siguiente acto.
Resultaba curioso comprobar cómo algunos de los mayores éxitos de su carrera quedaban relegados a un segundo plano dentro de esa narrativa. “Closer” y “Without Me” aparecieron sin reclamar protagonismo (eso sí celebradas por el público), integradas dentro de un relato mucho más grande que ellas mismas. Incluso “Colors”, reinterpretada con un sonido mucho más áspero y cercano al rock alternativo, parecía querer romper definitivamente con la imagen de estrella del pop que la acompañó durante años. Más que revisitar su pasado, Halsey parecía dialogar con él.
Y es precisamente ahí donde cobra sentido la evolución de una artista que, después de convivir con el lupus y otros graves problemas de salud, decidió convertir el escenario en un lugar desde el que reconstruirse. El desenlace con “Gasoline” y “Lonely Is the Muse”, envuelto en llamas, visuales rojizas y una atmósfera casi ritual, terminó de cerrar ese viaje. Halsey no regresó para interpretar una colección de éxitos. Regresó para contar quién es ahora. Y pocas veces una transformación artística se ha representado sobre un escenario con una teatralidad tan convincente.
Víctor Terrazas
Holly Humberstone
Primerísima fila expectante ante la llegada de Holly Humberstone. Su disco de este año, Cruel World (26) es sin lugar a dudas uno de los lanzamientos más maravillosos del ejercicio y la oportunidad de ver a la artista británica en su momento más dulce algo que no se podía dejar pasar. A diferencia de otras divas contemporáneas, Holly Humberstone gasta una pátina de melancolía y cierta oscuridad alejada del tono más liviano que otras muchas profesan. Acompañada de una entusiasta y muy competente banda, y aportando un componente absolutamente orgánico en la defensa de su cancionero, donde no se descolgó en alternancia su guitarra acústica y eléctrica, no le tembló la mano para rescatar sus canciones más arrebatadoramente hermosas y trágicas, a diferencia de otros muchas bandas que en cuanto están en el entorno de un festival hacen un cuevazo y esconden sus temas más íntimos.

No faltó ninguna de las cotas máximas de excelencia de su reciente trabajo, desde la inicial “To love somebody”, pasando por la titular “Cruel world” y destacando por encima de toda una “Die happy” que nos atravesó el corazón en mitad de la tarde. Sus canciones primerizas también tuvieron suficiente protagonismo, y, si bien no gozan de un acabado tan logrado y personal como las actuales, fueron defendidas con la misma intencionalidad y actitud, destacando la íntima “Paint my beadroom black”. Mención especial también para el grandioso rescate de “Drunk dialling” y su prodigiosa capacidad para hacer melodías pop capaces de fracturarnos por dentro, sirva “White Noise” como mejor ejemplo. Poseedora de una timidez, encanto y oficio tremendos, convenció a propios y extraños y demostró por qué no todos los y las grandes artistas de pop contemporáneo deben lucir mastodónticas producciones escénicas para atesorar un merecido reconocimiento.
Raúl del Olmo
Pixies
La hiper-estimulación mediante solapes alcanzó la jornada del viernes un valor ya exponencial al coincidir con la semifinal del Mundial en la que España se enfrentaba a Bélgica para lo que el festival habilitó unas pantallas donde nutrida audiencia se congregó para ver las evoluciones futbolísticas. Si a esto añado, como he reseñado poco más arriba, el must imprescindible que suponía para mi persona acudir a presenciar el show de Holly Humberstone en su momento dulce, el concierto de unos sempiternos Pixies ocupaba un valor algo secundario. Seamos muy claros: el legado, la trascendencia y la influencia de los de Boston pugnaría muy duramente por ser el más importante de todos los que ofreciera cualquier otra banda que tocara los cuatro días del festival, pero no menos cierto es que nos hemos acostumbrado a verlos ya numerosas veces, al igual que, también es cierto que Frank Black, personaje raruno y cringe donde los haya, lo mismo te asegura un concierto demencial que se pone el uniforme de funcionario y te hace un concierto paniaguado.

Por tanto, sólo los plumillas acuciados por las citas proctológicas, quien no los hubiera visto nunca o el fan de la música totalmente desnortado y falto del estímulo y curiosidad para descubrir nuevos artistas increíbles, pudiera considerar en semejantes circunstancias imprescindible su concierto; el cual, la parte generosa que vi, nadó en ciertas aguas menos amenazantes de las que se les supusiera a una banda que es tensión histérica pura, de tal manera que a las alturas de “Vamos”, efectivamente, me fui a ver algo de la segunda parte del partido –el Mundial ya comparado con conseguir una primerísima fila de A Perfect Circle poco hace-, escuchando de fondo los temas de Kings of Leon, lo que vendría a ser, más o menos, como haber tenido las narraciones de Juan Carlos Rivero.
Raúl del Olmo
A Perfect Circle
A estas alturas de la vida y del mundo, son muy pocas cosas las que tienen la capacidad de decepcionarnos. Y lo digo porque prácticamente ninguna circunstancia o persona tiene la capacidad suficiente para generarnos una ilusión invencible como para que, si no cumple la excelencia que le demandamos y a la que debemos seguir existiendo, pueda efectivamente decepcionarnos. A perfect Circle para mí es una de ellas. Y lo del viernes en Mad Cool está lejísimos de ser una decepción, ni mucho menos. Pero a algo tan grande para mí, le pido siempre lo máximo como en otras ocasiones así ha sido. Empezaré diciendo que, al igual que otras bandas como Foo Fighters, tiraron de repertorio festivalero. Que no es algo bueno o malo en sí, pero que para el fanático siempre resta en pos de conseguir la banda una actuación más en los parámetros del gran formato. ¿Qué por qué digo esto? Veamos la nómina de canciones ausentes para cualquier fanático de la banda de Billy Howerdel y Maynard James Keenan: “Orestes”, “3 libras”, “Eat the elephant, “By and down”, “The noose” o “The hollow” brillaron por su ausencia; es decir, que la parte más emotiva y capaz de trasladarnos a unas profundidades del epitelio inconcebibles para la mayoría de bandas no surgió prácticamente para nada. Dos excepciones haré: “Disillusioned”, que fue masacrada en la heladora parte del teclado desnudo por un más que sorprendentemente inoperante Greg Edwards, miembro activo de Failure que acompaña a APC como guitarrista_teclista de apoyo y una, eso sí, increíble y salvadora “Gravity”. Otros momentos notabilísimos fue el arranque con la bestialísima “The Package”, donde se notaron de nuevo las metrónomas muñecas de Josh Freese a la batería, la sinuosa y tráncica “Blue” y el intenso broche con “Judith”. No me gustó tampoco en vivo su nuevo tema “Starless”, completamente del montón, y me fascinó, una vez más, el impertérrito estado vocal de un Keenan capaz como siempre de transmitirnos tanto a través de su misteriosa y única estampa, ya mítica en la retina de los muchos fans de cualquiera de sus encarnaciones. El sonido, una vez más, buenísimo y potente. Lástima una mayor decisión a la hora de conmover y traspasar el alma como la que tuvieron en anteriores citas, inclusive en festivales como el Download de 2018.
Raúl del Olmo
Interpol
Si se le tiene que otorgar una virtud a Interpol, es la de haber forjado una comunidad fiel de fans incapaz de separar su lealtad ni un solo instante a lo largo de la ya longeva carrera de la banda neoyorkina. Sabedores que nunca lograrán alcanzar la excelencia conseguida con aquel providencial debut que fue Turn On the Bright Lights (02), su actual defensa en directo radica en ensalzar el grueso de aquel mítico trabajo. Desde su arranque con “Untitled”, su post-punk trufado de elegancia y pulcritud, gozó de un sonido tremendamente nítido y limpio, lo que contribuyó a generar una atmósfera inmersiva con impoluta sobriedad, ajenos a toda estridencia escénica, para una audiencia que estaba ya ganada de antemano.

Audiencia que, probablemente, ya pudiera alguna disfrutar el día anterior con el show más íntimo que ofrecieron en la madrileña sala But embozados bajo el sobrenombre de Iron City, que también es el título de su nuevo single.
Raúl del Olmo
Twenty One Pilots
El concierto de Twenty One Pilots comenzó mucho antes de que Tyler Joseph y Josh Dun aparecieran sobre el escenario. Desde media tarde, las primeras filas del escenario principal ya estaban ocupadas por una legión de seguidores que había convertido la espera en un ritual. Mientras Pixies actuaban apenas unos metros más atrás, ellos permanecían allí, protegiendo su sitio, daba igual el calor, el fútbol o las más de cuatro horas que quedaban para el inicio del espectáculo.
En el foso daba tiempo para hablar con algunos de ellos, vestidos como sus idolos, y sus historias resultan casi tan fascinantes como la del propio grupo. Había quien llegaba directamente desde Lisboa después de verlos la noche anterior en el NOS Alive; otros llevaban varios conciertos siguiendo la gira europea y no faltaban quienes habían cruzado el Atlántico para verlos en su tierra natal. Entonces entiendes que, para una parte de su público, Twenty One Pilots no es solo una banda. Es un lugar al que regresar.

Minutos antes de las doce y media de la noche, el rugido ya era ensordecedor. Bastó que Josh Dun apareciera para descargar los primeros golpes de “Overcompensate” para que el escenario pareciera venirse abajo. He estado en muchos conciertos y puedo asegurar que comienzos como este suceden muy pocas veces. Apenas unos segundos después, envuelto en una oscuridad rota únicamente por fogonazos de luz roja, apareció Tyler Joseph completamente enmascarado. Llegaron canciones como “The Contract” o “Center Mass”. En apenas diez minutos, el vocalista, ya había saltado sobre el público, se había quitado la máscara, había cambiado el micrófono por un ukelele, se había sentado al teclado y hasta se había golpeado el rostro siguiendo el pulso de las canciones. La intensidad era descomunal, pero lo verdaderamente llamativo es que daba la sensación de que el escenario principal se les había quedado pequeño desde el primer minuto.
Y es que Twenty One Pilots lleva años entendiendo los conciertos de una forma diferente. Para Tyler Joseph y Josh Dun, el espectáculo no termina donde acaba la tarima. Empieza ahí y continúa entre el público. No buscan que la gente mire el escenario; buscan que forme parte de él. Esa necesidad constante de romper cualquier barrera entre artista y espectador explica buena parte de lo que ocurrió durante la noche y, seguramente, también la devoción casi religiosa que despiertan allí por donde pasan.

La demostración más espectacular llegó con “Drum Show”. Josh Dun abandonó la batería principal, recorrió una veintena de metros y escaló una de las torres del escenario hasta descubrir una segunda batería escondida bajo una lona negra. A más de diez metros de altura, sin ningún sistema de seguridad visible, comenzó a tocar mientras, abajo, Tyler recorría el público sobre una pequeña plataforma circular sostenida por cientos de manos. Era imposible decidir hacia dónde mirar. El escenario había dejado de existir. El concierto estaba ocurriendo en todas partes al mismo tiempo.
Por eso tampoco sorprendió que, durante “Ride”, Tyler abandona de nuevo la tarima para recorrer toda la línea del foso hasta alcanzar la estructura central del recinto, donde se ubicaba parte de la zona VIP. Subió las escaleras y terminó interpretando la canción desde una de sus esquinas, suspendido sobre miles de personas. Poco después llegó otro de esos momentos que solo funcionan cuando existe una conexión absoluta con el público. En “Tally”, la banda interrumpió la canción para convertir “Believe”, de Cher, en un gigantesco karaoke colectivo, antes de regresar al tema con una naturalidad asombrosa. Acto seguido, las pantallas proyectaron a Jack White dando paso a “Seven Nation Army”, probablemente el mayor himno de estadio del siglo XXI, antes de encarar el desenlace con “Stressed Out” y “Trees”.

Cuando las luces comenzaron a encenderse, muchos de aquellos chicos y chicas que llevaban más de ocho horas esperando en primera fila seguían abrazados, llorando o simplemente incapaces de marcharse. Entonces entendías por qué algunos habían cruzado media Europa para volver a ver exactamente el mismo concierto. En realidad, nunca era el mismo. Porque lo que hace especial a Twenty One Pilots no es el repertorio, sino la forma en la que consigue que cada noche parezca irrepetible.
Víctor Terrazas
Mad Cool – sábado 11 de julio
Jalen Ngonda
Hay artistas que primero encuentran una época y después encuentran un escenario. Antes de los festivales, de los discos y de los millones de reproducciones, Jalen Ngonda encontró una colección de vinilos de soul que pertenecía a su abuela. Pasó horas escuchando los sencillos de Motown y Stax Records, hasta que un documental sobre The Temptations terminó de marcar el camino. Aquel niño de Maryland acabó cruzando el Atlántico para instalarse en Inglaterra y formarse en el Liverpool Institute for Performing Arts, la escuela fundada por Paul McCartney. Allí empezó a construir una carrera que hoy ya es una de las referencias indiscutibles del neo soul.

Hace dos años, en las Noches del Botánico, abría para Paolo Nutini. Salió prácticamente como un desconocido y se marchó dejando la sensación de haber firmado el concierto de la noche. Venía a presentar ‘Come Around and Love Me’ (2023), un debut que ya dejaba entrever de los manantiales de los que bebía sabiendo esquivar la nostalgia, pero sonando profundamente clásico. Desde entonces su estilo no ha variado, y la prueba está en el actual ‘Doctrine of Love’ (2026). Con él, Ngonda no ha hecho más que reafirmar un posicionamiento que le encumbra entre lo mejor de este sonido añejo pero profundamente contemporáneo, impulsado por temas como “If You Don’t Want My Love”, que tras convertirse casi por sorpresa en un fenómeno de TikTok, ha terminado por agigantar su figura.
A las seis y media de la tarde, con un calor que caía a plomo sobre el recinto y un escenario principal que horas más tarde recibiría a The Black Crowes, Nick Cave y Pulp, Ngonda fue el encargado de romper el hielo. Bastaron unos minutos para comprobar que su falsete sigue siendo un instrumento desarmante. Alternando entre la guitarra y el teclado, sostenido por una banda tan precisa como discreta y unas coristas que engrandecían cada arreglo, fue construyendo uno de esos conciertos que no necesitan grandes artificios. Solo canciones. Canciones capaces de hacer olvidar, aunque solo fuera durante una hora, el sol de julio sobre el asfalto de Villaverde.

Las nuevas “Doctrine of Love”, “Hang It on the Shelf” o “Anyone in Love” convivieron con piezas que ya empiezan a sentirse imprescindibles dentro de su repertorio, como “Come Around and Love Me” o la ya mencionada “If You Don’t Want My Love”. Volvió a hacer suyo el escenario y confirmó que lo ocurrido dos veranos atrás en el Botánico no fue un idílico amor de verano. Fue el anuncio de lo que estaba por venir. Antes de que la noche alcanzará su punto álgido con Nick Cave o David Byrne, Jalen Ngonda ya había firmado uno de esos conciertos que recuerdan que, a veces, la elegancia también puede ser el momento más inolvidable de un festival.
Víctor Terrazas
The Black Crowes
Tarde calurosa la que nos aguardaba la última jornada de festival. Era tiempo de rendir homenaje a los más de 40 años que The Black Crowes llevan sosteniendo la antorcha del blues rock de tradición americana con demostrada solvencia y oficio. Lo primero que me llamó la atención, fue la camiseta de Butt Hole Surfers que lucía su actual baterista Cully Symington. Algo ciertamente inusual, que una banda tan adscrita al canon clásico reivindicara a través de uno de sus miembros a una de las bandas más desquiciadas e inclasificables del rock alternativo de los 90, pero que también da una perspectiva para entender el auténtico valor de su propuesta. Cualquiera que busque innovación, experimentación o inquietud a través de sus canciones, pues mejor que busque otra cosa. Aquí lo que se demostró es como una banda de músicos como catedrales rinde homenaje a una tradición que, no olvidemos, son los cimientos de otras tantas apuestas sonoras por las que nos desvivimos desde hace mucho tiempo. Su reciente A Pound of Feathers (26) suena totalmente fresco y lleno de desparpajo y es, si cabe, una deuda aún más evidente con Sus Satánicas Majestades The Rolling Stones, pero salvo “Cruel streak”, nada más de él vimos en escena. Prefirieron optar por los clásicos imperecederos que les han convertido en lo que son, desde la potente apertura con “Remedy”, pasando por la muy sugerente “Jelous again” y hasta llegar hacia el final a una preciosidad como “She talk to angels” y terminar con un colofón como “Twice as hard”, la canción que abría el que para mí es mi disco preferido, Shake your money maker (90). Nada nuevo bajo el sol, pero cómo brilló esa tarde.
Raúl del Olmo
Matt Berninger
Me asaltaban ciertas dudas sobre si una propuesta como la de Matt Berninger no era excesivamente íntima para un escenario con las dimensiones como las del Orange de Mad Cool, pero no podía estar más equivocado. Bastó escuchar esa «No Love», encadenada con «Frozen Oranges» y «Distant Axis» en ese registro de barítono cavernoso, para despejar toda duda. El elegante frontman de The National desplegó clase y sentido del humor en un repertorio centrado sobre todo en su reciente Get Sunk, con visitas también a Serpentine Prison y la banda madre.

Un set que se sostuvo en piezas como «Martini Me Fatso», «Walking on a String» y «Nowhere Special», que confirman su deriva hacia un cancionero casi confesional, alejado aunque nunca del todo, del andamiaje orquestal de The National, de quienes nos regaló la favoritísima «Slow Show», con esa declaración de amor tardío y una «Terrible Love» que fue otro de los clímax de la noche. Se acordó de las pelotas de Trump en «Frozen oranges» y cerró con la melancolía doméstica de esa «Inland Ocean» que abre su última entrega
Manuel Pinazo
Nick Cave & The Bad Seeds
No creo que exista a estas alturas nadie que no conozca el poderío escénico de Nick Cave acompañado de esas bestias pardas de músicos, con Warren Ellis a la cabeza, que son the Bad Seeds. Sus conciertos son pura catarsis, una experiencia mística en el sentido más literal que pueda haber; una forma, tal vez la única que nos queda, de purificarnos y salvarnos de nosotros mismos y de la vida que nos ronda. Acudía a este show con las ganas en todo lo alto, habida cuenta de la indisposición de salud que me obligó a ver su última gira casi al final del pabellón de Madrid, desfallecido y triste, mientras percibía impotente la descarga divina que tenía lugar sobre las primeras filas, esas que me había visto obligado a dejar, repletas además de personas queridas. Pues bien, necesitaba sacarme la espina. Una segunda oportunidad, de esas pocas que la existencia nos da a veces y que, si nos las da, no sean una farsa. Y así fue.
El comienzo no pudo ser más demoledor, con un “Get ready for love”, que se llevó todo por delante, con un Cave pleno de gracia y fisicidad exultante. Sus conciertos son lo más cercano, en otro orden de coordenadas, a uno de los Stooges, desde el previo ambiente al arranque hasta la interacción público-artista, conectados todos por un hilo invisible que nos lleva hasta las oquedades del alma de este infatigable predicador, faenando entre las procelosas aguas de la sordidez y las benditas unciones de la redención crepuscular. La fiereza continuó sin pausa con una apocalíptica “From here to eternity”, y ahí ya sabíamos que esto iba a ser trascendental, todavía más que en anteriores ocasiones si cabe. Ayudo, al menos a mí, el hecho de haberse desembarazado de bastante material de su reciente Wild God (24), para nada un mal disco, pero que a la hora de hacer una selección de instantes memorables, podía lastrar un poco el grueso de la actuación. En esta ocasión, sólo asomaron dos: “Joy” y “Wild God”, especialmente épica la segunda y sentida la primera.
No faltó tiempo para la introspección, para el viaje hacia los aspectos más pastorales, penitentes y purificadores, los compuestos por ese retablo dibujado en torno a la dolorosa pérdida de su hijo Arthur en gran parte, como lo es el tríptico conformado por Skeleton Tree (16)-Ghosteen (19)-Carnage (21). Y, si bien parece que poco a poco consigue dejar a buen recaudo interno todo lo que suponen para su persona, recogido maravillosamente en el imprescindible libro Fe, Esperanza y Carnicería,- aún afloran momentos en los que se necesita de esa vivencia de duelo y afianzar las ausencias que nos pueblan como lugares a los que acudir a reencontrarnos con viejos fantasmas, tan presentes como cada despertar. “Carnage”, “Rings of Saturn” y una imponente “Hollywood” fueron las encargadas de plasmarlo, demostrando que, a diferencias de otros artistas, a Nick y compañía le traen absolutamente al pairo los setlist a medida de festivales. Otro motivo más para amarle con ciega devoción. Por no decir que tiene la capacidad de convertir en auténtica papilla cualquier actuación previa que hubiera rondado a nivel notable; su irrupción es similar a la de un huracán que borrara de nuestra mente cualquier recuerdo reciente de lo vivido previamente sobre cualquier escenario.
Otros momentos a retener por siempre fueron la salvajada demencial de “Tupelo”, el crescendo de una intensidad sobrehumana que acompañó la interpretación soberana de “Jubilee Street”, el trotar constante, peligroso y amenazante de “Papa Won’t Leave You, Henry” o el rescate de “Henry Lee” donde la voz de la corista góspel Janet Ramus cumplió la difícil misión de intentar borrarnos del pensamiento la presencia inherente a la canción de PJ Harvey, todo ello antes de una sentida e íntima “Into My Arms” tras la que el artista australiano se marchó emocionado y agradecido tanto de su banda como de un público rebosante de gozo y dicha tras lo acontecido.
Raúl del Olmo
Richie Hawtin
Costó sacar el cuajo necesario para acudir a la sesión que se marcó Richie Hawtin tras el vaciado emocional al que nos había sometido Nick Cave & The Bad Seeds, pero sacando fuerza de la suela de las bambas me acerqué hasta The Loop para presenciar una auténtica burrada. Hard techno finísimo a la par que contundente y eficaz, menos minimal de lo que cabría esperar. Demoledor a la par que hipnótico, el DJ y productor inglés afincado en Berlín, desplegó un recorrido no exento de sutileza y mutabilidad adictiva. Clausura de la carpa electrónica de muchísima altura. Una lástima no poder disfrutar este tipo de propuestas mucho más avanzada la madrugada y terminar viendo amanecer al albor de estas frecuencias, pero como diría James Steward en El Hombre que mató a Liberty Balance “usted sólo conoce la ciudad desde que la cruzó el tren. Era muy diferente entonces, muy diferente, señor Scott, muy diferente”.
Raúl del Olmo
David Byrne
Llegábamos todavía con el final de Nick Cave resonando al otro lado del recinto. Apenas había tiempo para atravesar el Mad Cool y buscar un hueco en las primeras filas del escenario dos. Lo extraño apareció al levantar la vista. No había batería. Tampoco amplificadores, pedaleras, teclados o guitarras esperando sobre sus soportes. Solo tres inmensas pantallas ocupando el fondo y los laterales del escenario, y un puñado de trabajadores pasando la mopa con absoluta tranquilidad. Durante unos minutos daba la sensación de que el concierto todavía no estaba preparado para empezar. Aquel vacío desconcertaba. También era la primera pista de que David Byrne, una vez más, había decidido imaginar el concierto desde otro lugar.
Porque esa ha sido siempre su gran virtud. Lleva más de cuarenta años haciendo exactamente eso: obligarte a mirar donde normalmente no miramos. Mientras otros artistas revolucionan la música cambiando el sonido, Byrne suele hacerlo cambiando la pregunta. ¿Y si…? A partir de ahí llegan los discos, las giras, los libros, los documentales o los espectáculos. Nunca ha parecido interesado en perfeccionar una idea que ya funciona. Lo suyo siempre ha sido desmontarla y volver a construirla desde otro ángulo. Probablemente sea uno de los músicos más alejados del gatopardismo que ha dado la música popular.
Lo hizo al frente de Talking Heads, cuando mezcló el art rock con el funk, la electrónica y las músicas del mundo para abrir caminos que muy pocos habían transitado (saludos respetuosos a Paul Simon y Ry Cooder). Lo hizo fundando Luaka Bop, un sello discográfico que sirvió para descubrir escenas musicales que buena parte de Occidente apenas conocía. Lo hizo escribiendo Cómo funciona la música, uno de esos libros que cambian para siempre la manera de escuchar un disco. Lo sigue haciendo hoy, a sus setenta y cuatro años, recomendando música de cualquier rincón del planeta como uno de los mejores prescriptores musicales y, por supuesto, planteando nuevas formas de entender un concierto.
Cuando parecía que ya no le quedaban caminos por explorar, llegó American Utopia, uno de los espectáculos escénicos más influyentes de la última década. Y Who Is the Sky?, esta nueva gira, demuestra que Byrne sigue haciéndose la misma pregunta que hace cuarenta años: cómo empujar un poco más los límites de la música cuando todo parece ya inventado.
La respuesta llegó en cuanto comenzó “Everybody Laughs”, una de las canciones de su nuevo trabajo. Aquel escenario aparentemente desnudo empezó a llenarse de personas en lugar de instrumentos. Una docena de músicos y bailarines, todos vestidos exactamente igual con monos naranjas, fueron ocupando el espacio hasta convertirlo en una única coreografía. Durante unos segundos incluso costaba distinguir quién era David Byrne. Y esa era precisamente la idea. No existía un cantante liderando una banda, sino un grupo donde todos parecían tener la misma importancia.
Entonces el movimiento se convirtió en el verdadero protagonista. No había una batería escondida al fondo del escenario ni músicos condenados a permanecer inmóviles. Las guitarras, los micrófonos y toda la percusión viajaban con ellos gracias a un sistema completamente inalámbrico que les permitía recorrer el escenario sin descanso. Las pantallas, lejos de funcionar como un simple fondo, respiraban con cada canción, transformando el espacio continuamente. Todo cambiaba de forma constante. Era un mecanismo de precisión donde la música y el cuerpo hablaban exactamente el mismo idioma.
Resultaba fascinante comprobar cómo las canciones de Talking Heads seguían sonando contemporáneas. “And She Was”, “Houses in Motion”, “(Nothing but) Flowers”, “Life During Wartime” o “Burning Down the House” conservan intacta esa extraña capacidad de mirar al futuro incluso cuarenta años después de haber sido escritas. Y entre ellas se colaban con absoluta naturalidad composiciones recientes como la mencionada “Everybody Laughs” o “What Is the Reason for It?”, o la ya veterana “Like Humans Do”.
Hubo, sin embargo, un instante en el que el festival entero pareció detenerse. “This Must Be the Place” volvió a demostrar por qué sigue siendo una de las mejores canciones de amor jamás escritas. Miles de personas la cantaban mientras Byrne recorría el escenario casi sin llamar la atención sobre sí mismo, deteniéndose en esa frase que define toda una vida: Never for money, always for love. Después llegaron “Psycho Killer”, “Once in a Lifetime” y un explosivo “Burning Down the House”, pero la sensación era la misma: aquellas canciones no habían envejecido porque nunca dejaron de avanzar. Porque David Byrne siempre sabe derribar la tercera puerta.
Y ahí estaba la verdadera respuesta a aquel escenario vacío del principio. Byrne nunca quiso que el foco estuviera únicamente sobre él. Quería que estuviera en lo que ocurría entre las personas. Durante el espectáculo todo el mundo terminó bailando. Los músicos bailaban entre ellos. El público bailaba con los músicos. Bailábamos con la noche y con la vida. Las canciones servían para celebrar, para reivindicar causas sociales, para recordar que la música también puede ser un espacio donde construir algo en común. Salimos del escenario recordando por qué merece la pena seguir bailando juntos.
Víctor Terrazas
Pulp
Aún completamente noqueados por Nick Cave & The Bad Seeds y seducidos por la magia y las coreografías del genial David Byrne y sus músicos (solape mortal éste), intentamos despejar la mente para vivir la vuelta de Pulp a Madrid demasiado tiempo después de su última visita. Los primeros acordes de «Sorted for E’s & Wizz», crónica del subidón y la bajada que ya en 1995 diseccionaba con ironía quirúrgica el hedonismo británico, nos llevó de regreso a un universo del que no saldríamos en la siguiente hora y cuarto. Fue un arranque perfecto para aterrizar, con un Jarvis Cocker con pantalón de pana, botines, camisa y chaqueta en plena canícula madrileña por mucha brisa que corriera a esas horas de la noche. Él venía a darlo todo y nosotros a acompañarle y la fiesta continuó encadenando ese hit inmortal que es «Disco 2000» con su nueva joya «Spike Island», dos postales parejas a las que separan tres décadas, pero que funcionan como hermanas, a quienes acompañó la también celebrada «Razzmatazz».

El concierto fue maravilloso, haciéndonos viajar a la introspectiva madurez de «Farmers Market» que desembocó en la solemnidad de una «This Is Hardcore» interpretada con esa teatralidad decadente, casi cinematográfica, que Cocker maneja como nadie. Ello desembocó en una canción en la que nos quedaríamos a vivir como es «Sunrise», hasta todo volvió a explotar en esa «Begging for Change» que la banda nos regaló en el reciente HELP 2. El tramo final fue una celebración antológica con una «Do You Remember the First Time?» en la que se recordó ese lejano concierto de Pulp en la desaparecida sala Revolver en 1995; donde brincamos con «Mis-Shapes» y bailamos con «Got to Have Love» para terminar de morir con una grandiosa «Babies» y el esperado clímax total de «Common People»: aventuras juveniles, pop y conciencia de clase de un pasado que no volverá, pero que podemos presumir de haber vivido.
Manuel Pinazo
Fotos Mad Cool: Víctor Terrazas

















