Hay imágenes inmunes al tiempo. En 1968, Bill Anders fotografió desde el Apollo 8 una certeza incómoda: todo lo que somos cabe en una canica azul suspendida en la nada. Más de medio siglo después, el día que Tame Impala aterrizó en Madrid, la imagen regresó invertida. Si entonces asistíamos a la salida de la Tierra, ahora, desde la escotilla de la nave Orion, se insinuaba su ocaso: la Luna creciendo hasta devorar al Sol.
A pesar de las décadas entre ambas imágenes, el panorama aquí abajo apenas ha cambiado. Seguimos atrapados en la misma dinámica: entre quienes intentan sostener el mundo y quienes no dudan en empujarlo un poco más hacia su límite. Un planeta donde cabe de todo, desde el vocero que fantasea con aniquilar civilizaciones hasta un australiano empeñado en levantar la suya propia sobre un escenario.
En ese margen, mínimo pero suficiente, irrumpió Kevin Parker en Madrid, abriendo su concierto con un estribillo que funcionó a la vez como bienvenida y diagnóstico: Everything is changing / And there’s nothing I can do, perteneciente a la canción “Apocalypse Dream” de su disco Lonerism.
Lo que vino después fue uno de esos conciertos que se quedan grabados en la retina. Durante dos horas y cuarto, el Movistar Arena dejó de ser un pabellón para convertirse en una pista escalonada donde nadie reclamo su asiento. El público, en gran parte internacional, entró en una suspensión constante, como si hubiese decidido también orbitar y desprenderse de la gravedad.

Mientras las pantallas y miles de luces deformaban el espacio físico hasta volverlo lisérgico, la pregunta dejó de ser qué estábamos viendo para convertirse en otra: desde dónde lo estábamos experimentando. Y lo cierto es que fue un concierto singular, donde Parker sostuvo en todo momento la sensación de lo irrepetible. Incluso las canciones de su nuevo disco, Deadbeat, que han dividido a la crítica y a los fans, se redimieron en el directo.
Sus cortes más raveros encajaban con soltura no solo en el engranaje de la banda, sino en la energía de la propia civilización que estaban pavimentando el australiano. Temas como “Loser”, “Dracula” o la hipnótica “End of Summer”, encargada de cerrar el concierto, dialogaron con naturalidad con la herencia de Currents, del cual rescató siete canciones, incluyendo los himnos generacionales “Let It Happen” y “The Less I Know the Better”.
Casualidad o diseño, el recinto se articuló en dos anillos circulares. En un extremo, una gran elíptica acogía a los seis músicos; en el opuesto, un pequeño círculo conformado apenas por sintetizadores, cajas de ritmo, una alfombra y cuatro lámparas recreaba la intimidad del estudio. Fue allí donde Parker se refugió durante un tramo para regalar piezas como la instrumental “No Reply”, “Ethereal Connection” o “Not My World”: un paréntesis doméstico en medio de la magnitud interestelar del concierto.

El viaje también rescató los grandes navíos psicodélicos de Lonerism, con “Elephant” y “Feels Like We Only Go Backwards” funcionando como anclas de distorsión en un mar más electrónico que fue la tónica general del concierto, mientras que la herencia disco de The Slow Rush pasó más desapercibida, aportando la elegancia de “Borderline” y el mantra que es “Breathe Deeper”.
El eclipse que captó la nave Orion apenas duró una hora; el nuestro, en Madrid, se prolongó algo más, aunque el final fuera el mismo: la realidad siempre termina por imponerse al asombro. Regresamos a la Tierra, a las noticias de las crisis continuas y a la inercia diaria. Parker apagó sus lámparas, enrolló su alfombra y nos dejó de nuevo a la intemperie de esta canica azul, pero con el eco de una civilización que, al menos durante dos horas, fue exclusivamente nuestra. Y después, silencio; o peor aún, demasiado ruido.
Fotos Tame Impala: Sergio Albert



















