El tiempo narrativo es algo dúctil, maleable, y puede ser incluso algo amorfo. Igual que la historia que nos cuentan en los libros de texto o en los manuales, existe un “Historia oficial”, aquella que queda registrada, supuestamente, sin ningún sesgo ideológico, neutra, lineal y que no se tiene las notas pie de página; luego están las enmiendas que a esa historia se van formalizando a lo largo del tiempo. El tiempo, por lo tanto, también es un agente que está expuesto a enmiendas, incluso a su totalidad. El tiempo es política, es un intercambio de negociaciones en donde siempre hay ganadores y derrotados. Valeria Luiselli juega con la función de esas enmiendas para dar forma en esta novela a cómo en literatura el tiempo es capaz de representarse como si de una muñeca rusa se tratara.
La etimología de la raíz latina tempus no parece que tenga una clara procedencia, aunque algunos lingüistas la asocian a una raíz indoeuropea que vendría a significar “cortar”, “dividir”. Pedazos pequeños que se van uniendo -como esas polaroids que la hija de la protagonista va sacando que son ajustes con el tiempo, vencer a la muerte-, pero que es perfectamente adaptable a cada necesidad nuestra. La protagonista de esta ¿novela? ¿metaficción? ¿autobiografía novelada? -los límites son difusos y se pueden estrujar hasta deformar- reflexiona mucho sobre la función del lenguaje: su adecuación a su obra literaria, el cómo ha ido derivando una palabra en un ente mutante, en cómo las palabras crean subjetividades que -teniendo a su hija como espejo- con el tiempo nos definen como personas con agencia propia.
Esta es una obra de una hondura maestra, con diferentes capas de significado que van cobrando sentido aunque las piezas parecen estar en fuga. Porque no sólo versa sobre el pòder de la palabra, sino también sobre el efecto que tiene el pensamiento para crear mundos alternativos, y así la hija de la protagonista -que pasa un tiempo con su madre en Catania después de un divorcio complicado- se crea su propia ficción a partir de un mosaico con la cara de Proteo que un antepasado de la familia, que trabajaba en unas excavaciones haciéndose pasar por un chico, sustrae de una de las fosas arquitectónicas para convertirse en una especie de sortilegio que une a mujeres de diferentes generaciones. Excavar. El hueco donde se hallan los misterios de un pasado imaginario. El vacío que deja cuando una palabra no puede definir una porción de realidad.
Proteo, en la antigua tradición griega, era un personaje que podía metamorfosearse en diferentes cosas, y en la fantasía de la hija es un ser que muta en pez espada, en burro, en cepillo de dientes. Un sortilegio de formas, de texturas, de olores y sabores. Porque en Principio, medio, fin Luiselli consigue que su prosa tenga la cualidad de ser hipersensorial, táctil, capaz de ahondar en múltiples aspectos sobre el acto creativo, y a la vez ser proteica, en el sentido de mudar de piel, de escabullirse de nuestras manos como si fuera una anguila.
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