Pocas discografías sintetizan tan bien la paradoja del pop electrónico británico como la de Orchestral Manoeuvres In The Dark (OMD): un dúo de Wirral que empezó grabando ruido industrial sobre cintas de bobina abierta y terminó colándose en las listas de éxito estadounidenses con una balada para una película adolescente.
Andy McCluskey y Paul Humphreys nunca resolvieron del todo esa tensión entre la vanguardia de Kraftwerk y Neu! y el instinto melódico casi artesanal; simplemente aprendieron a convivir con ella, y ese desequilibrio fértil es lo que sostiene su obra más de cuatro décadas después.
Lo notable de OMD, frente a tantos coetáneos del synth-pop que se momificaron en su propia nostalgia, es que su etapa posterior a la reunión de 2006 no ha sido un ejercicio de autotributo. Discos como English Electric o Bauhaus Staircase (por el que les entrevistamos) dialogan con su pasado sin impostarlo, y ahí es donde entran piezas como «Isotype» o «Kleptocracy»: Hace demasiado tiempo que no aspiran a repetir «Enola Gay», sino a demostrar que el lenguaje que inventaron sigue teniendo algo que decir.
Siempre que nos visitan es un momento propicio para volver a sus grandes canciones, por eso hoy seleccionamos doce de todas sus etapas.
Las mejores canciones de OMD
Enola Gay (1980)
Su síntesis perfecta: una melodía de recreativo arcade convertida en elegía por los tripulantes del bombardero de Hiroshima. La distancia entre la alegría del arreglo y la gravedad del asunto sigue siendo su truco más incómodo y más eficaz.
Electricity (1979)
El primer single, grabado con Tony Wilson y Factory Records, suena todavía como un manifiesto: dos jóvenes decidiendo que la máquina también puede tener alma. Su torpeza deliberada es parte del encanto, casi un prototipo antes de que el prototipo se supiera clásico.
Messages (1980)
La primera vez que OMD dejó que la melancolía se impusiera al artificio, con esa apertura lírica que interroga la soledad sin subrayarla. La versión regrabada de 1980 pule el arreglo original sin traicionar su fragilidad.
Souvenir (1981)
Compuesta casi enteramente por Humphreys, es la prueba de que el synth-pop podía ser tan etéreo como el dream pop que vendría después. La voz, procesada hasta rozar lo fantasmal, convierte la canción en un objeto suspendido más que en una canción convencional.
Maid of Orleans (1982)
El vals electrónico dedicado a Juana de Arco es el momento en que OMD demostró que la máquina podía ser también majestuosa, casi litúrgica. Su éxito arrollador en Alemania sigue siendo uno de los grandes malentendidos felices de la música pop europea.
Genetic Engineering (1983)
De Dazzle Ships, el disco que el público rechazó y la crítica acabaría reivindicando décadas después. La voz sintética que abre el tema anticipa debates sobre biotecnología que en 1983 apenas existían fuera del laboratorio.
Secret (1985)
De Crush, marca el giro hacia un pop más pulido y accesible, con Stephen Hague todavía sin llegar a la producción pero ya con esa ambición de sonido americano. La canción funciona como bisagra entre el OMD experimental de comienzos de década y el OMD de radio-fórmula que vendría después.
So in Love (1985)
También de Crush, es quizá el ejemplo más depurado de cómo el grupo aprendió a vestir la melancolía de estribillo pegadizo sin perder del todo su costado introspectivo. Su éxito en Estados Unidos anticipó el asalto comercial que consumarían un año después con If You Leave.
If You Leave (1986)
Escrita casi de urgencia para el final de Pretty in Pink, terminó siendo su mayor éxito en Estados Unidos pese a no formar parte de ningún álbum original de estudio. Es OMD en su registro más abiertamente romántico, el que menos concesiones hace al artificio conceptual de sus primeros años.
Sailing on the Seven Seas (1991)
De Sugar Tax, el disco que Humphreys ya no firmó como miembro activo del grupo. La letra, escrita casi como flujo de conciencia, y el estribillo eufórico muestran a un McCluskey capaz de reinventar la fórmula sin el otro artífice original.
Isotype (2017)
De The Punishment of Luxury, es el mejor argumento de que la etapa de reunión no es un ejercicio de nostalgia complaciente. El pulso kraftwerkiano y la frialdad calculada del arreglo demuestran que el dúo sigue entendiendo la máquina como material expresivo, no como decorado retro.
Kleptocracy (2024)
De Bauhaus Staircase, su disco más explícitamente político, apunta sin metáforas a los liderazgos autoritarios de la última década. Que a estas alturas de carrera OMD conserve la voluntad de incomodar, y no solo de complacer a su público de siempre, dice mucho de por qué siguen siendo relevantes.


















