Matar al papito

Libro: Matar al papito. Por qué no te gusta el reguetón (y a tus hijos, sí) de Oriol Rosell (Libros Cúpula)

Mientras se escriben estas páginas Benito Antonio Martínez Ocasio aka Bad Bunny sigue en su residencia en Puerto Rico que se alargará durante treinta shows. Todo vendido, aunque parece ser que todavía quedan entradas para conseguir el pack que incluye “concierto-hotel-experiencias vip”. Seguramente el lector que se haya interesado por esta reseña igual ya empieza a sentir picores o malestares. La palabra “reguetón” es lo que tiene para el oyente de mediana edad, blanco, y de – ¡oh! – clase media. A todo esto según las cifras oficiales, y siguiendo con el astro puertoriqueño, su anterior disco Un Verano sin ti fue el disco más reproducido desde la plataforma de streaming Spotify, la nada desdeñable cifra de más o menos 20.000 millones de escuchas, lo que significa el récord de esta multinacional.

A Oriol Rosell no le gusta el reguetón, pero sí la marcha. Tras escribir un ensayo sobre la evolución del ruido en la música titulado Un cortocircuito formidable (Alpha Decay, 2024), ser coeditor de otro estudio sobre las genealogías de lo black metal en Teoría Black Metal (Holobionte, 2025), recogió el guante de una propuesta, por lo menos, controvertida: ¿por qué a los jóvenes millennials y centennials les gusta el reguetón y a sus padres no? Digamos que la pregunta se puede construir con diferentes variantes, y el subtítulo de esta obra no deja de ser una mera apuesta por la mercadotecnia (“Por qué no te gusta el reguetón (y a tus hijos, sí): perdone, ¿esto es un libro de autoayuda?), pero este factor generacional está indisolublemente ligado al estilo musical que aquí Rosell analiza.

Que en Matar al papito. Por qué no te gusta el reguetón (y a tus hijos, sí) de Oriol Rosell (Libros Cúpula, 2025) se citen a Dios, Slavoj Žižek, Max Weber, Wendy Carlos, Jenofonte o Los 40 Latinos, ya indica que estamos ante un plantel de estrellas invitadas de lo más sugerente por heterogénea, como no podía ser de otra manera viniendo de este autor. Y es que aquí hay mucha tela que cortar.

El autor barcelonés plantea muchas reflexiones interesantes sobre cómo el reguetón ha conseguido captar la atención de tantos jóvenes, mientras los oyentes de mediana edad siguen (seguimos) anclados en una nostalgia perpetua. Como apunta el autor con mucha perspicacia, la caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS ha afectado en el retroceso de ideales en el progreso en el rock y el pop.  Siempre las manifestaciones juveniles (o al menos lo han intentado) han querido quebrantar ideales de las generaciones anteriores, por lo tanto el desmembramiento del telón de acero supuso para la juventud canalizar su angst existencial a través de “algo otro” que no estuviera ya jerarquizado y debidamente capitalizado. Rosell pone a Kurt Cobain y su suicidio como epítome de un momento sociocultural muy determinado en donde el grunge fue incorporado al mainstream. El maldito parné. Ese “algo otro” con lo que emprender hostilidades quedaba neutralizado.

El reguetón y el trap es un estilo musical que bebe de muchas fuentes y mediante unos “Interludios” el autor hace una sucinta genealogía. De ahí que se hable de la inmigración afroantillana que recaló en Jamaica, el rastafarismo, de las mixtapes fundacionales del reguetón sin olvidar los soundsystems callejeros; también en este viaje de espeleología podemos aprender de la importancia de los Casiotones en los ochentas facilitando las tareas de “profesionalización” de los MC’s;  y de ahí viajamos a Panamá, concretamente a la zona de barracones en la Zona del Canal (circa 1964: división de zonas entre norteamericanos y el totum revolutum de culturas por otro lado), y al golpe de Estado de Omar Torrijos en el que, además de aspectos políticos y sociales alterados, los autobuses (Diablos los llamaban) servían de medio de transporte, sí, pero también para hacer que los conductores de los mismos pusieran bachata, salsa o reggae que sería una forma de anticipar los beef para conseguir más clientes satisfechos por cantar y bailar a lo grande con las primeras figuras del reguetón; hasta finalizar en Puerto Rico en donde grandes asentamientos de migración se instaló en Nueva York buscando hacer realidad su “american dream”. La mezcla de culturas era un hervidero de ideas en donde surgieron artistas que hibridaron el hip hop con la tradición como Vico C, Ivy Queen o Baby Rasta. De la misma forma, el trap ejerce su poder desde los suburbios cantando al difícil día a día, y teniendo al gangsta rap como uno de los referentes.

En otro orden de cosas, Rosell explica de forma muy clara, y con ejemplos clarividentes, que al sector de mediana edad que consume productos culturales vive en un continuo “porsiemprismo” (término acuñado por Grafton Tanner), en el cual se nos insta a consumir música que nos hace sentir bien, nos hace sentir una nostalgia permanente anclada en un pasado pretérito:  las reediciones de lujo de discos de nuestros grupos favoritos, la reunión de grupos para hacer conciertos y caja, etc, le sirve al sistema capitalista para rentabilizar este tiempo líquido en el que todo se engarza dentro de una linealidad temporal en donde no tienen cabida los sobresaltos; por un lado la mercantilización de “lo alternativo” ha hecho mella en el subconsciente de una generación que ya siente que sus anhelos de cambios han sido cercenados, aunque eso sí, siempre nos sentiremos jóvenes, porque ya se encarga el establishment de que eso suceda.

El reguetón con sus letras sobre ascenso social, lujo, sexismo (aunque en el rock etiquetado por puristas como “auténtico” – qué fatídico adjetivo – son innumerables las muestras de sexismo), han calado entre la gente joven, pero es que además no necesitan esconderse de nadie, ni rendir cuentas a nadie. En parte por romper los lazos con el padre (idea freudiana a la que alude el título del libro) en aras de no buscar una validación ética que conlleva rebeldía intrínseca de ser joven (tú, papá, ya eres mayor y no puedes entenderlo, así que escapa de este “aquí”), también porque sus progenitores ya no actúan de espejo en los que mirarse e identificarse, porque lo que ven es oscuro, y el mundo que hemos dejado desmoralizador (precarización laboral, hipotecados por de por vida, la farsa de la meritocracia…) con lo que se les insta a instalarse fuera de ese esquema regulador e intenta abrazar lo abyecto, lo que está desbordado de los márgenes. A todo esto, se puede añadir un claro sesgo de clasismo y racismo: el reguetón y el trap proviene de los estratos más pobres de la sociedad, y esa escenificación (aunque sea solo estética) por parte de nuestros hijos significa enfrentarse ante la idea del fracaso de la idea de igualdad de oportunidades que, insistimos en ello, se ha inculcado a esos progenitores como dogma de fe.

En conclusión, estamos ante un ensayo excelente en donde se aborda la múltiple casuística por la cual el tan perverso reguetón se está implantando en todo el mundo como un referente para una generación sin futuro, pero aún sin tenerlo, no necesita ir lamiéndose las heridas, y sí mover los culos para conjurar el malestar bailando apretando los dientes. No future. Perrea y escupe al padre.

Puedes comprar el libro: Matar al papito. Por qué no te gusta el reguetón (y a tus hijos, sí) de Oriol Rosell (Libros Cúpula) en la web de su editorial.

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