Músicas censuradas. Muguruza, Berri Txarrak, SA…¿Quiénes serán los próximos?

Los sentimientos encontrados que originó la suspensión de los conciertos que Manu Chao y Fermín Muguruza iban a dar en Málaga y en Murcia el pasado verano, no cayeron en saco roto en Muzikalia. Conciertos suspendidos que están impidiendo que grupos procedentes sobretodo del Pais Vasco actúen, no son más que otra de las caras de la involución pre-democrática que está sufriendo España. A causa de las amenazas, que esta vez nadie define como terroristas, una serie de artistas no han podido tocar en una serie de ciudades. Comenzamos a sufrir de nuevo una división prejuiciosa, construída sobretodo por el pensamiento hegemónico que cada día padecemos en televisión, que ya se atreve incluso a dividir el mundo entre los que son “buenos españoles” y los que no lo son.

Los prejuicios, basados en el parloteo, en la opinión de la opinión y en la ceguera de un posicionamiento ideológico radical, han estigmatizado, desde hace ya décadas, al mundo de la música. De la música que es moralmente independiente del llamado “interés general”. Un concepto éste que, históricamente, ha sido utilizado por ciertas instancias que sí suelen estar “generalmente interesadas” en no perder privilegios, ni influencia popular. Así, éstas personas que se niegan a aceptar las formas de expresión cultural alternativas, tan necesarias por otra parte para el avance de la humanidad, empiezan por prohibir conciertos… y acaban creando encerronas absolutistas. A esto se le llama intolerancia, por el temor que, en el fondo, genera la música. Es un temor ante el poder educador que asumen los que dicen cosas consideradas como “indebidas”, y tantas veces verdaderas, en suma.

Desde el jazz (¿recuerdan la película “Los rebeldes del swing”, ambientada en la Alemania nazi?) al hip hop, del rock de los años 60 y 70, pasando por las primeras fiestas de música electrónica de los 90; desde Public Enemy a Marilyn Manson, la censura se ha cebado en la música sin aparente escándalo público, más que con la indignación airada –y bien recogida en profusión de imágenes- de los grupos censores, supuestamente contrarios al terrorismo y a la barbarie. Una censura en la que el demonizador, el que prohíbe, es en gran medida culpable de los males del mundo. Culpable por venderle armas al loco, culpable por bombardear ciudades enteras y enriquecerse con eso. Culpable de la miseria, de la inmigración y de la desigualdad. Y culpable de querer edulcorar y reprimir los gustos culturales de la gente. España es un buen ejemplo del enorme retraso educativo que, fruto de un ancestral dirigismo de una minoría, sufre la sociedad. Un país lastrado por una claro programa de orientación conservadora de las mentalidades, encaminado hacia el prejuicio, la autocensura y el desprecio hacia las formas expresivas que no entran dentro del juego de “lo normal”.

Recordemos lo que se explica en la película “Bowling For Columbine” (M.Moore, 2003), felizmente popular, en la que Marylin Manson aparece ajusticiado por el mismo dedo inquisidor que exaltada hasta el asco el discurso de la violencia y de las armas de fuego en los EE.UU; discurso que “tampoco ve” los más de 10 000 asesinatos con armas de fuego que anualmente se producen en ese país. Recordemos la incapacidad de Charlton Heston, líder de una organización que exalta el fusil y la pistola, para articular un razonamiento siquiera coherente. Nada. El programa censor de occidente no suele tener ningún factor de peso detrás, más que la paranoia (del griego “–para”, plana; “-noia”, idea). ¿Es que acaso las amenazas que ha recibido Berri Txarak o Muguruza no corresponden también a lo que racionalmente denominaríamos terrorismo? O es que quizás hemos entrado ya en la dinámica de que hay “terroristas buenos” y “terroristas malos”?

Y es que toda música rebelde ha sido siempre sojuzgada por la parte más moralista, bienpensante y, paradójicamente, más poderosa de la sociedad, que incluso la ha intentado comprar. Al hilo de esto, Chuck D de Public Enemy advertía que “los jóvenes compran el look negro, los vaqueros XXL, sin saber que ese estilo nació en las cárceles. En los años ’70, los cinturones fueron prohibidos porque los presos se ahorcaban con ellos. No tenían más remedio que llevar los pantalones sueltos y medio caídos… El Poder sabe enriquecerse hasta con sus propias humillaciones” (de FIGHT THE POWER, 1997).

Ante la imposibilidad de comprar el estilo, quizás porque esos músicos ya tienen demasiado apoyo popular, al poder no le queda más remedio que censurar. Tanto Fermín Muguruza como Berri Txarak y bastantes grupos, no sólamente vascos, empiezan a ver cómo el dogma se convierte en prohibición. El nombre del grupo, la lengua utilizada, el título de una canción, la actitud de alguien del público son los argumentos que se utilizan para amenazar y prohibir conciertos. Es el preludio quizás de más amplias restricciones que pueden afectar a la música no televisiva. Y si discutibles pueden ser algunas de las ideas políticas de los músicos, ¿porqué no dejar que las expresen y expliquen, para que podamos contrastar abiertamente, a través de entrevistas o críticas? ¿Acaso las doctrinas del neoliberalismo hegemónico, del “todo va bien” y del “aquí no pasa nada”, no se explayan con toda libertad? Y aún a costa de crear múltiples desastres sociales, políticos y económicos que colean en este y en otros países, como por ejemplo Irak, Argentina, o Marruecos.

La música lleva mucho tiempo luchando contra los prejuicios basados en aspectos externos a ella. El peligro está en que estos prejuicios, mediaticamente difundidos, acaban impidiendo el acceso a las formas más libres de la música y de la cultura. El descarnado enfrentamiento actual es el siguiente: riesgo musical frente a banalidad; libre expresión frente a mimetismo; idea abierta frente a pensamiento cerrado y único. Pero con una desigualdad añadida: la de que la censura del poder siempre ha estado del lado de las segundas –y preocupantes- opciones.

La situación es tan kafkiana que aún resultará que Manu Chao es un terrorista “islámico”, porque homenajea a los que cada día mueren en el Estrecho de Gibraltar cruzando en pateras cuarteadas; y que Fermín Muguruza, que desde hace tiempo manifiesta públicamente su rechazo a ETA –y seguramente corriendo un gran riesgo al manifestarlo-, lleva una pistola encima porque es vasco… . Sin embargo, a Julio Iglesias no se le prohíbe tocar en ninguna ciudad española. Y eso a pesar de que esté a favor de cualquier decisión que tomen los actuales gobiernos español y norteamericano, incluída la guerra en contra de la sociedad de Irak. De las bombas que los EEUU tiran, ponen y arrojan no se ha oído ni un solo lamento por parte de Julio Iglesias; tampoco se le oyen discursos para que los EE.UU levanten el embargo económico a Cuba. Las víctimas de todas esas guerras que acechan al mundo –no está de más recordarlo- son gente inocente. En Irak mueren más irakíes que occidentales, incluso en los atentados que se le atribuyen genéricamente “al Islam”, aunque bien pudieran ser los mismos poderes norteamericanos quienes se ocuparan de la faena. A Julio Iglesias, ningún alcalde le impide actuar, con el argumento de que no paga sus impuestos en una España hipotecada y desigual, a causa de los que, como él, “van tan bien”; ninguna televisión criminaliza su figura por su falta de compromiso moral y objetivo para acabar con la pobreza y la guerra. Su lucha en contra de ETA, como la de tantos otros, tampoco va muy lejos. Acaso un mero comentario soltado en alguna gala veraniega, sin más riesgo ni ideas. Esa falta de compromiso de algunas de nuestras “grandes figuras” esconde, a mi modo de ver, una pereza intelectual flagrante: por una parte, rechaza la llegada de soluciones objetivas que ayuden a que ETA deje de existir, sea esto un “Plan Ibarretxe”, sea una estructuración estatal más laxa, o sea –cosa importante- una educación solidaria que hable a las claras de los “Pueblos de España”, como antaño. Y, por otra parte, con su silencio juegan a posicionarse a favor del menú censor de los órganos de poder, cosa que insufla aire al programa de esa banda terrorista, que repentina y penosamente se ve legitimada.

Más úlceras de estómago sufren, en fín, los que están en medio de esos pantanos ideológicos supuestamente opuestos, pero que se tocan. Así, Muguruza, al que las amenazas sobre él y sobre los locales que acogen sus conciertos le impiden actuar en casi todo el país, manifestó su necesidad vital de tender puentes entre Euskadi y el resto de España. Una idea revolucionaria, que por lo visto no está de moda. Tal necesidad vital (y universal) le hizo concebir “Inkomunikazioak” en dónde criticaba la falta de comunicación entre dos poblaciones culturalmente tan parecidas como son la vasca y la castellana, que según la visión que ofrecen los mass media parece que vivan en mundos cada vez más paralelos e irreconciliables. Triste paradoja cuyos resultados a largo término podrían ser nefastos para la convivencia, incluso cuando ETA haya desaparecido definitivamente.

Cuando los condicionantes represivos de antiguos regímenes crean tantos prejuicios, la música -la expresión, la política, hablar- es una necesidad imperiosa. Más que nunca. Porque vivir con miedo empieza a ser cosa de muchos, y hay que liberarse de ello a través de la franqueza y las actitudes democráticas, que normalmente vienen asociadas a las mejores músicas. Potenciar ésta idea es más necesario que nunca. La música puede unir solidariamente lo que la censura, el terrorismo y la demagogia desune. Aunque suene a tópico es muy cierto. Como herramienta que contiene sonido, palabra e ideas, brota de ella el germen de la amistad (la comunicación) entre pueblos, culturas, estados o continentes. Remendemos el error entre todos, antes de que la vorágine de las mentalidades cerradas –de uno y otro lado- nos invada.

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