Molchat Doma

Molchat Doma (La Riviera) Madrid 27/05/26

Hay una gravedad muy particular en la arquitectura brutalista. Lo supe hace unos meses, a las afueras de Belgrado, mientras buscaba el encuadre exacto para fotografiar la Torre Genex. Plantarse frente a esa mole de hormigón, con su pasarela suspendida como un puente hacia ninguna parte y esa sensación de distopía vertical detenida en el tiempo, te pulveriza. No hace falta que nadie te lo explique: el cemento duele. Y en mitad de aquella explanada gris, bajo el cielo plomizo de Serbia, mi cabeza no reprodujo silencio alguno. Sonó una línea de bajo cortante, analógica, espartana. Sonaron ellos.

La música de Molchat Doma más que escucharse, se habita. Tiene la misma textura emocional que los bloques de viviendas grises, los pasos subterráneos vacíos a las tres de la mañana o las luces frías de una estación de tren en invierno. Es la misma arquitectura imposible que sostiene los pisos invertidos del Hotel Panorama, en las montañas eslovacas de Tatra. Ese edificio, construido en los años sesenta, ilustra la portada de Etazhi (Pisos), el álbum que en 2018 apareció en el mapa y convirtió al trío bielorruso en un lenguaje generacional.

Lo que Molchat Doma consiguieron con aquel disco no fue simplemente recuperar el pulso mecánico del synth soviétic, el revival del post punk o la melancolía del coldwave. Fundaron una sensibilidad. Convirtieron el aislamiento de Minsk en una coordenada universal y demostraron que la alienación, el hormigón visto y la ansiedad urbana se entienden en cualquier idioma. Para muchos oyentes occidentales, alejados hasta entonces de los sonidos grises de Europa del Este, aquello supuso también una puerta de entrada a todo un imaginario cultural: desde la figura de Viktor Tsoi (Kino) hasta una estética postsoviética que internet transformó en fenómeno global.

Y quizá ahí resida una de las claves de su éxito. Molchat Doma aparecieron en el momento exacto en el que internet, además de velocidad y sobreestimulación, se convirtió en un espacio profundamente melancólico durante la pandemia. Hay a personas que les enseñaban recetas de pan, a otros vídeos de bloques soviéticos nevados, habitaciones vacías y carreteras nocturnas. Millones de jóvenes paradójicamente empezaron a habitar liminal spaces incapaces de explicar del todo que nostalgia estaban sintiendo. Porque esa es la historia: gran parte de sus oyentes, sin entender ni una sola palabra, reconocen perfectamente el vacío emocional que trasmiten sus canciones a través de la guitarra, bajo, caja de ritmos y sintetizadores. Molchat doma sin buscarlo se han convertido en la banda sonora para el agotamiento contemporáneo, para las ciudades cada vez más impersonales y las relaciones filtradas por las pantallas.

Ese viaje desde Minsk hasta los escenarios globales es un fenómeno que Fernando del Río ha seguido de cerca desde las páginas de Muzikalia, cuando el trío apenas comenzaba a resonar en España. El fotoperiodista les preguntó cómo una banda bielorrusa había conseguido conquistar Europa en tan poco tiempo. “No sabemos exactamente cómo sucedió, porque en Bielorrusia no somos un grupo popular”, confesaron entonces cuando acaban de publicar su segundo trabajo. “Supongo que tuvimos suerte, le hicimos gracia a los algoritmos de YouTube”. Poco después, aquella carambola digital terminaría convirtiéndose en sudor y cercanía física en su ya icónico concierto del Wurlitzer Ballroom en 2019. Años más tarde, durante la promoción de Belaya Polosa, Del Río volvió a preguntarles por el secreto detrás de esa extraña fuerza capaz de hacer bailar a miles de personas sin entender una sola palabra de ruso. La respuesta seguía apelando a lo intangible: “Solo se trata de capturar el estado de ánimo adecuado y del intercambio de energía”. Y aunque las respuestas puedan parecer frías, lo cierto es que ni ellos mismos sepan explicar porque hacen lo que hacen. Y probablemente esa intangibilidad sea la mejor manera de aproximarse a Molchat Doma.

A priori, el proyecto de Molchat Doma arrastra todas las barreras imaginables para triunfar en el circuito global: un idioma opaco para buena parte del público occidental, una herencia cultural asociada a un bloque geopolítico desaparecido y una sobriedad estética que rechaza casi cualquier concesión al espectáculo pop contemporáneo. Sin embargo, su directo demuestra precisamente lo contrario: que la atmósfera puede derribar cualquier frontera. No hace falta comprender las letras para descifrar la urgencia emocional que contienen sus canciones. El descontento, la ansiedad y la alienación son globales, y ellos han encontrado la frecuencia exacta para sintonizarlos.

El pasado miércoles en La Riviera, todo volvió a girar alrededor de esa materia oscura imposible de racionalizar. Eran pasadas las nueve de la noche cuando la sala se sumergió en una penumbra industrial y el trío apareció sobre el escenario, separados con una distancia de varios metros entre ellos. La Riviera no presentaba un lleno absoluto, pero el espacio libre en la pista jugaba incluso a favor del concierto: permitía moverse, respirar el ambiente y dejarse arrastrar por el ritmo hipnótico sin la sensación asfixiante de otros grandes eventos. Si entrabas en el mood desde los primeros acordes de “Kolesom”, ya no existía billete de vuelta. Tu cuerpo entraba en una situación de trance, catártica, entre la alegría y la tristeza. Un concierto en el que no quieres estar solo, pero tampoco quieres estar con nadie. Curioso, porque sin duda se ha convertido en uno de los mejores espectáculos a los que he acudido este año en la capital. 

El concierto avanzó con un sonido demoledor y nítido, en ese punto exacto donde cada línea de bajo golpea el pecho sin devorar los sintetizadores. Sobre el escenario, Egor Shkutko ejercía un magnetismo casi animal. Con su voz hipnótica y esa mezcla de distancia y tensión física, el vocalista absorbía todas las miradas. En el foso, a escasos metros de él, era como ver a un protagonista salido de las páginas de Chéjov ejecutando sus ya habituales movimientos espasmódicos, como si la corriente eléctrica de las máquinas le atravesara la columna vertebral.

A su alrededor, la conexión del público era total; una masa compacta metida en un ritual que apenas concedió tregua. La banda supo jugar con las intensidades de la pista, abriendo brecha con la densidad de “Doma Molchat” para luego acelerar el pulso hacia el baile puro con “Discoteque” o “Na Dne”. En mitad de ese viaje, el directo ganó un cuerpo tremendo gracias a las guitarras melódicas de «Ne Vdvoem», que se alzó sin esfuerzo como uno de los mejores momentos de la noche. Tras un breve respiro, el grupo regresó para rematar la faena con un bloque final directo a la yugular: encadenaron “Kletka”, “Toska” y “Tancevat” solo para preparar el terreno antes de que la inevitable “Sudno” desatara la última catarsis colectiva.

Y ahí terminó de entenderse todo, o al menos logras hacerte una idea. Porque cuando miles de personas corean una canción nacida entre bloques del este, lo que realmente están compartiendo no es una nostalgia por un pasado ajeno, sino más bien el reconocimiento mutuo de un presente extraño. Es difícil elegir el color cuando todo empuja al gris, pero, sin duda, la mejor versión de los edificios brutalistas es esa donde una masa de plantas verdes los empuja hacia otros tonos. Con Molchat Doma ocurre algo similar: su música es ese bloque de hormigón, pero lleno de grietas por las que pasa la luz.

Fotos Molchat Doma: Víctor Terrazas

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