Con un pañuelo de color rosa y posando desafiante ante la cámara. Madonna regurgita tendencias a su antojo- ¿la portada no es un guiño al aspecto monjil de Rosalía pero en su vertiente bitch?-, desde los tiempos en los que se metía en los tugurios de Nueva York a bailar como una poseída, y aprender de las personas queer que bailaban en los clubs underground. Un baile, el de la comunidad afroamericana y latina, que servía para exorcizar los fantasmas de la intolerancia, de la represión política y la depresión. La música de baile además de hedonismo es política. Los cuerpos sudorosos danzando al unísono es un ritual de resistencia, de poner cerco y delimitar espacios seguros. Madonna nunca tuvo problemas de adaptarse a ello, y como buena vampira, se fue adueñando de esas señas de identidad para hacerlas suyas para convertirse en la reina del pop.
Vivimos en tiempos en donde la nostalgia suele dar buenos réditos, y las nuevas estrellas del mainstream (llámense Taylor Swift, Sabrina Carpenter, Dua Lipa, u Olivia Rodrigo.) habitan en ese pasado y ejercen de faros a generaciones que no tienen muy claro si el futuro existe. No future, de nuevo el lema punk, aunque esta vez bajo el dominio de las grandes marcas comerciales, la captación de la atención con el scroll, y las app-relaciones a distancia. No es de extrañar que la de Michigan, siempre que puede, reivindique su trono: ella es la MADRE, es el referente de todas ellas, la que invita en las fiestas vip, la que da consejos, y la que, en definitiva, simboliza la modernidad que nunca es porque es un simulacro en colores y gloss. La Madonna 2.0 es un cyborg de voz distorsionada, acelerada hasta la extenuación; es la apoteosis de la supresión del “yo” en aras de convertirlo en algo colectivo, en una fiesta en donde las identidades de género dilapidan los conceptos de binarismos hasta llegar a la fluidez de género que también queda expuesto en este disco, en donde la secuenciación de los temas tienen una progresión libidinosa, y una pulsión de emancipación sintética. No hay cuerpos regulados. Es materia amorfa e hipersensorial.
Es todo un mérito que, llegados a este punto, Madonna tenga ganas de estar en el candelero, pero se lo ha ganado a pulso sabiendo en todo momento rentabilizar su imagen, y ser capaz de lidiar con una industria del disco tan paternalista con las mujeres. Así que un disco como Confessions II (Warner, 2026) le da unas cuantas vueltas a bastantes trabajos de sus coetáneas más jóvenes, y no sólo porque la experiencia es lo tiene, sino que además la personificación de una artista que se sabe reinventar a cada momento (self- made woman: el mantra que corroe las entrañas del capital), aunque esa reinvención no vaya a poner patas arriba el status quo del mainstream actual (ni falta que le hace, que inventen otras debe pensar la autora de “Hang Up”).
De la mano de Stuart Price -uno de los tándems más efectivos en el panorama pop de las últimas décadas- el nuevo cancionero es muy bueno y de una efectividad a prueba de bombas. Ha ido a rememorar a la artista de los ochenta, y Price adorna las canciones con exuberantes arreglos para incendiar la pista de baile. Ejemplos excelentes tenemos en “i Feel So Free” con esos arreglos house de fantasía y ecos, huelga decirlo, a Confessions On A Dance Floor (2005), y una letra en la que promulga su ubicuidad aunque en la pista de baile ella se confunde con la multitud, en una gran latido unísono. Sabrina Carpenter hace un cameo en “Bring Your Life”, un tema disco en el que se deja bendecir en una nueva alianza forjada al albur de la bola de espejos. Los recuerdos en “Danceteria” se amontonan en un vaivén emocional – referencias a Basquiat, Keith Haring, Nile Rodgers…-, y la diva declama al inicio como lo hiciera en “Vogue”, y el tema es de esos hits directos a otro recoìlario de lo mejor de la artista.
Más momentos culminantes: los punteos de guitarra española en “Read My Lips” y las percusiones latinas; la colaboración con Martin Garrix en “Bizarre” apuntala al productor holandés como un experto en derramar toneladas de garrafón en forma de piruetas sonoras de subidas y bajadas de bpms por minuto. Rayos láser para reservados vip. Stromae colabora en una de las mejores canciones del lote, “My Sins Are My Savior”, a ritmo de cadencias que recuerdan al Bedtime Stories (disco a reivindicar a todas luces) y sampler del “Army of Lovers” de Army Of Lovers; notas de Satie y el “Gnossienne No 1” sazonan “Betrayal” cincelando una balada a medio tiempo un pelín intrascendente, pero vuelve a subir la intensidad con la excelente “The Text” con su hija Lola Leon a ritmo de UK Garage.



















