Hace muchos años que Jean-Michel Jarre se dejó seducir por los signos de los tiempos. En ese proceso, el francés ha querido o ha tenido que sacrificar varias señas de identidad que provenían de sus espectáculos en directo y de una electrónica que hizo válido lo analógico sin que temblase el espectáculo. Hoy en día, aquello parece una lejana historia. En el primero de los dos encuentros del genio en Noches del Botánico, tampoco iba a ser distinto, principalmente por las limitaciones técnicas y de espacio que un entorno como el del recinto universitario ofrece y que aboga más por ese intimismo que ha cautivado a tantos.
Desplegado casi con lo esencial sobre el escenario, Jarre es plenamente consciente de que su paternidad sobre lo que significa el impacto visual en un concierto de electrónica se ha trasladado a las pantallas que hoy suplen esa función. Su noche, más allá de cómo se arropan las simplificaciones de hoy en día, fue didáctica y festiva. En ese duro equilibrio, el lionés no duda en explicar las influencias teóricas que le han llevado hasta allí sin bajarse de un carro que iría cogiendo velocidad extrema en su devoción lúdica.

“Les Chants Magnétiques 1” allana el pavimento de láseres que irá descifrando esa contemporaneidad con detalles escondidos de su personalidad más reconocida. Con “Sex in the Machine” se va subrayando la importancia de los beats percutidos y su juego con la electrónica más moderna, incluso se va atisbando esa absorción de papel de maestro de ceremonias. Que hubiera momentos en los que Jarre se acordase de sus mecanismos analógicos, como los rugosos efectos de “Oxymore” o esa clase magistral visual que dio con “Oxygène 2” en su reconocimiento a la electrónica pionera, pudo enmarcarse en lo anecdótico.
Su sonido jarriano empieza a barnizarse de un leve ritmo bailable con “Équinoxe 7”, un punto de renacimiento donde la cita se entregará ya sin remedio a la celeridad del techno y de los ritmos más contemporáneos, creando momentos de subidón que certificaron que el súcubo de la reforma ya se había hecho fuerte. “Zero Gravity” indicaba que no había marcha atrás. Sabe que a su público de entonces no le desagrada en absoluto su modernización; no obstante, ya se trata de una fiesta más que de esa meditación y láseres que proponía hace décadas el Jarre bastante más tieso del que es ahora. Si antes no se concebía su presencia sin el respaldo del fallecido Dominique Perrier o de Francis Rimbert, ahora su carisma se ha hecho valedora en ese proceso de condensación absoluta.

El pionero francés disfruta casi tanto como un público que no deja de bailar. “Revolution Industrielle 2” podría ser un buen resumen nominal, sobre todo viendo como goza pulsando las entradas de samplers y demás en un binomio podio-pista que es indivisible. A veces saca la patita para recordar quién está ahí. “Oxygène 19” tiene un efecto mínimo en la nostalgia, casi el mismo por el cual fue concebido. Su visión actual de “Équinoxe 4” lo certifica, y “Oxygène 4” constata que el proceso de reconversión no respeta la concepción de su clásicos. Y es que las armonías de sus producciones de los 70 y 80 tenían una estructura humana que ahora se ha traducido en las arquetípicas secuencias de acordes de un pop technificado que arrasa en el hedonismo festivo de temas como “Exit”, “Epica” o “Stardust”.
Lógicamente, el concepto de cita de cámara y la versión reducida y más homogénea con los ritmos actuales facilita la cuestión en sí. Que haya rendido pleitesía a los modulares o los viejos sintes de las series ARP con su despliegue no dice mucho, en tanto que algunos no puedan recibir secuencias, aunque pululan sus similares en el imaginario por el escenario. Pero que un cierre elaborado con dos de sus máximos éxitos, “Les Chants Magnétiques 2” y “Quatrième Rendez-Vous”, se vea abocado a la sintetización absoluta es un poliedro con lados conceptualmente opuestos. Jarre sabe cuál es su identidad y se traslada levemente en el equilibrio, pero también sabe que se debe a un público que ha acompañado su cambio y que, con que aparezcan leves destellos de su marca, cumple con una clave festiva que hace tiempo dejó de lado la meditación y la compleja composición del que fue aquel referente.
Fotos Jean-Michel Jarre: Vega Hallen




















