«Nos vemos en una semana». Los siete días pasaron desde que Jean-Michel Jarre se despidiera del primero de sus conciertos en las Noches del Botánico para encarar su segunda y última cita en Madrid en este Special Summer Live Tour 2026. Con un ambiente algo extraño por aquello de la simultaneidad con los cuartos de final de la Copa del Mundo, el público se apelotona en un espacio que acabará lleno. No hay que olvidarse de que este recital fue el primero en salir a la venta, y de ahí que el cartel de agotado haga que la pista se vea notablemente más llena.
Partiendo de la base de que, en un espectáculo como este, donde los efectos especiales y los audiovisuales tienen tanto trabajo y tanto protagonismo, es complicado variar el repertorio musical. Podría haberlo hecho, dejando a quienes no acudieron a su primer concierto con las ganas de alguna canción, pero optó por la coherencia del concepto y se decantó por reforzar la idea a los que repitieron y por maravillar a quienes acudieron.

La secuencia, alterada por algunos factores externos como la comunicación del resultado parcial y final del partido de España contra Bélgica, se repite sin cesar. Transita por ese listado cerrado que maravilla con el trabajo de láseres y diseños, rindiéndose a muchas de sus influencias, desde la robótica a los estilos más propios del surrealismo de Magritte o a las fotografías steampunk, reforzando cortes de la tipología de «Sex in the Machine» o «The Architect».
Se percibe, eso sí, cierto cambio en algunos temas clásicos. Si bien durante su primer concierto se hizo demasiado evidente la necesidad y la urgencia del barniz modernizador en algunos de sus temas más tempranos y reconocibles, esta vez dio la sensación de ser más reconocibles —siempre lo fueron—, adquiriendo «Équinoxe 4» y, sobre todo, «Oxygène 2» una interpretación levemente más fidedigna.

En ese vaivén que intercala el beat más duro con el cósmico más evidente, del que «Zero Gravity» se antoja buen ejemplo, la gente disfruta coralmente, sin tapujos, obedeciendo al maestro de ceremonias. Incluso, algunos ilustres seguidores en la grada apoyan desde un teclado invisible y todos celebran la victoria futbolística. En ese tono de festividad que ya había impuesto y que volvió a rematar, Jarre disfruta desde el escenario, se sabe querido y es un maestro haciendo suya la mezcla entre su faceta didáctica y su responsabilidad lúdica.
Que repitiera repertorio entraba dentro de los planes, casi tanto como el éxito garantizado de un concierto que finalizó con un curioso sincretismo. Este aglutinó los ángulos de la noche y llegó después de que el sintetizador de «Les Chants Magnétiques 2» lo allanase: la ejecución purista (gracias) de «Quatrième Rendez-Vous» colisionó de lleno con un lorolololo que, contra todo pronóstico, funcionó desde lo culto y lo popular, desde la ciencia y la pasión, porque al final, de eso trató todo desde el principio.
Fotos Jean-Michel Jarre: Eva M. S. G.





















