Calificar nuestra escena festivalera como cainita, es tan exagerado como no extrañarse cuando, sorprendentemente, algunos festivales mueven sus fechas para concurrir con otros. Detrás de estos traslados siempre existen razones prácticas,
(¿aprovechar la bajada del IVA?), pero también uno o incluso varios perjudicados: el público interesado en asistir a ambos eventos, y a veces, alguno de los festivales.
En efecto, las consecuencias de las coincidencias son siempre impredecibles. En 2008, aquel Summercase de la invencible Sinnamon que funcionaba a velocidad de Ferrari, decidió que su tercera edición pegaba más el fin de semana del FIB, haciéndonos la pascua a los que, derrochando juventud queríamos asistir a todo. Los Morán, en su último año al frente de Benicassim, contraatacaron con Morrissey en Madrid, y aquello fue el principio de la caída del imperio Sinnamon, que desapareció al año siguiente.
En 2012, con el Primavera Sound y el FIB a puñetazo limpio, el BBK Live coincidió con Benicassim. Con Radiohead y The Cure (también en el PS) en Bilbao, el FIB salvó los muebles como pudo, pero en pocos meses solicitaba el concurso voluntario de acreedores, y al año siguiente Melvin Benn compraba el festival a Vince Power.
Este año, el protagonista del órdago ha sido el recién nacido Mad Cool, que con Madrid como ubicación y Live Nation como principales poderes, ha ocupado el fin de semana habitual del BBK Live (y del Cruïlla). Foo Fighters, Green Day, Kings of Leon, o Wilco, todos ellos con pasado o ADN bilbaíno, han sido su principal apuesta. Como diría Miqui Puig, casualidades.
En cualquier caso, por lo visto tras su primera jornada el BBK Live va a pasar esta prueba con nota, y además, sin lluvia, ya que al parecer, el agua es fan de David Grohl. Aunque aún no se han publicado cifras oficiales, ayer el recinto rozó el lleno total con Depeche Mode, en una noche donde también brillaron Austra y The Avalanches.
Este año, y después de dos años de pruebas en el BIME, el festival utiliza de forma exclusiva el pago electrónico, y, sorpresa, por primera vez en un festival de referencia y tras los sonoros fracasos de Primavera Sound y MadCool, el sistema funciona. También es destacable que todos los vasos son reutilizables, lo que mejorará la huella ecológica del evento y ha cambiado drásticamente el aspecto del recinto. Por fin se ve la hierba del suelo, antes siempre tupida de plástico.
Hablando ya de música, llegamos al recinto, blindado por la policía, con el tiempo justo de ver a Cage the Elephant terminar una actuación ultravitaminada a ritmo de garage. Matt Shultz, desatado, y aclamadísimo por un público eminentemente joven, presentó currículum para la liga en la juegan Twoo Door Cinema Club y demás favoritos de la masa.
La organización acertó de pleno al situar a Austra en la carpa. Su propuesta de techno feminista y comprometido, quizás era la más arriesgada del festival. Así que mucho mejor el escenario más delicado posible para disfrutar del intimismo y la elegancia de «I’m a Monster» o «Gaia». «Future Politics» y «Utopia», industriales y bailables, sonaron como dos truenos dirigidos a los pies y a la conciencia del público. Si Bjork y PJ Harvey tuvieran una hija juntas, se llamaría Katie Stelmanis.
The 1975 hicieron un show dirigido en exclusiva a sus fans. Son un grupo musicalmente bastante ambiguo y en Bilbao, se decantaron por su perfil más cercano a las boy bands. Con un Matthew Healy tremendamente afectado, el concierto fue el delirio para sus seguidores, y un ladrillo para todos los demás.
De las dos docenas de grupos míticos de los ochenta y los noventa (por influencia, repercusión y nivel artístico), que siguen activos en la actualidad, la mayoría vive de su pasado sin pudor o publica novedades por cubrir el expediente. Unos pocos aún se atreven a seguir componiendo con valentía, pero los resultados suelen ser desiguales. Depeche Mode es uno de estos pocos grupos institucionales que puede presumir de actividad creativa, desigual, pero constante. Por eso es comprensible que sus giras (aunque la fecha la asuma un festival como el BBK), las protagonice su último trabajo (Spirit, Columbia/Mute, 2017). Para quien ha ido a ver casi exclusivamente a Dave Gahan y compañía, es una oportunidad para ver que sus ídolos siguen en forma, y que canciones como «Going backwards» (que abrió el concierto tras una intro con el «Revolution» de los Beatles), «Where’s de Revolution» o «Cover Me», se defienden con dignidad. Para el resto, un tedio creciente hasta que empiezan a sonar estribillos coreables, extraídos sobre todo del Songs of Faith and Devotion (1983, Mute), o el Violator (1990, Mute).
Así, cuando el concierto pasaba ya su ecuador alternando novedades y antiguos pasajes oscuros como «Everything Counts» y «Stripped», se hizo la luz con «Enjoy the Silence», y el desinterés general que empezaba a predominar, se tornó en celebración. Martin Gore con «Home» abrió el bis, que pronto se convirtió en una fiesta masiva con «Walking on my shoes», «I Feel You» y «Personal Jesus». Para llegar al cielo, o el infierno, siempre es mejor tener paciencia.
De nuevo en la carpa, The Avalanches hicieron honor a su nombre ofreciendo un huracán a ritmo de rap y hip hop. Pletóricos de energía y actitud, los australianos sacaron petróleo de unas canciones que a veces pueden resultar complicadas. Damon Albarn debería ir a verles y coger un buen montón de apuntes para la próxima gira de Gorillaz.
Como final de la noche, Justice, la marca blanca de Daft Punk, que sobrelleva su decadencia golpe de bombo y elegancia.
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