¡Ay Alaska!, qué fácil es atacar y adorar a su personaje a partes iguales. Patricia Godes, en su estupendo libro Alaska y Los Pegamoides: El año en el que España se volvió loca (Lengua de Trapo, 2013), escribía algo en sus conclusiones en el que estoy muy de acuerdo: “La figura de Alaska, discutida y discutible como suele ocurrir con las personalidades de peso, es la única de aquella generación mimada por los medios y los ayuntamientos que ha logrado sobrevivir dentro del mundo del espectáculo y el entretenimiento tradicionales. Salir del entorno musical/roquero/alternativo era imprescindible para conseguirlo. A algunos de sus antiguos fans les desagrada verla con Massiel y Lola Flores en el Museo de Cera y en los programas de cotilleos, en vez de en un club de Malasaña sudando y retorciéndose, y consideran que les ha traicionado o, cuanto menos decepcionado”. Aquí podríamos debatir sobre qué es ser auténtico – ¿hay un hombre en España que mide la autenticidad?; bueno, no, qué pereza-, o la pérdida de referentes icónicos. Vivimos tiempos de axiomas políticos en que se insiste en un posicionamiento político por parte de los artistas, y Alaska y Nacho nunca lo han hecho de una manera intencionada, y eso les ha llevado a que haya más de un converso a su música.
Fangoria son una leyenda viva del pop estatal, y su trayectoria lo corrobora. También es verdad que son capaces de lo peor, pero en ese juego de contrastes se mueven como pez en el agua, tanto a nivel meramente musical como en lo que representan. Fangoria son más un constructo cultural que un dúo capaz de llegar a sacar otro gran disco para enmarcar. Digo Constructo porque la marca Fangoria, y Alaska como personaje con su poder de persuasión, han sabido ir alimentando a una gran bestia que regurgita identidades pop desde la atalaya de lo liminal, lo que les ha proporcionado ser unos avispados gurús de lo transitorio (ellos son la banda sonora de más de una generación queer, y entiéndase “lo queer” como esos espacios en donde jóvenes se cobijan dentro de una sociedad en donde se expulsa “lo raro”). Esos fans ahora son talluditos, siguen viviendo de alquiler (con suerte hipotecados de por vida), y miran de reojo o arqueando una ceja cualquier aparición de Olvido Gara, como sintiéndose traicionados por alguna “plegaria no atendida”. ¿Desde cuando Fangoria fueron o reclamaron ser políticos? ¿Por qué deberían serlo? ¿Ayudar a jóvenes talentos aprovechando su fama no es un acto político en sí? ¿Reivindicar lo popular como un acto de fe no es ser político? Como ven, siempre que a uno le toca hablar de estos dos se le acumulan las preguntas.
En lo musical venían de facturar discos que eran una mera excusa para hacer giras. Recopilatorios, versiones, y mucha aparición en medios de comunicación (alguno de dudoso gusto, y dejémoslo ahí). Tras el mediocre Canciones Para Robots Románticos (Warner, 2016) parecía que la fórmula estaba más que agotada (un par o tres canciones buenas y lo demás de relleno), pero La Verdad o La Imaginación (Warner, 2026) -producción de Matt Pop– nos muestra a una banda madura haciendo su colección de canciones más inspirada desde ¿Arquitectura Efímera (Warner, 2004)? Pues por ahí andará la cosa.
El diseño de la edición es lujosa: en su maquetación en vinilo aparecen láminas con fotos en 3D (las gafas están incluidas) con lo que se juega con la “Realidad y La Imaginación” – a la postre el sencillo de adelanto-, un libreto con fotografías estupendas de Javier Biosca en donde trazan puentes con la estética Bauhaus, el manierismo y lo maquinal.
Si el single de adelanto no auguraba nada bueno, después remontan con hits redondos como “Bailo” (bases llenas de graves y soluciones armónicas excelentes), ese tecnopop melódico que engancha a la primera como en “Todo Existe A La Vez”, arranques de electrónica con toques góticos irrumpen en “El Punto De Partida”, las eternas influencias de Pet Shop Boys en el caso de la fantástica “El Síndrome de París” con sus “fangosubidones” incluidos, o la colcha house que eleva otro primor de canción como es “Pasará”.
Se incluye en la edición de lujo en elepé de un cd con cuatro temas extras con la participación de Rojuu -ha hecho el arte del CD-, en la que destaca una versión de “Héroes” de Bowie. De nuevo, bienvenidas a la Disneylandia del amor.


















