Libro: Lana Del Rey. Mitología de un icono pop de Marcos Gendre y Adriana Díaz (Ondas del Espacio)
En los márgenes del mainstream, parece indudable que la figura artística de Lana Del Rey se ha convertido en un referente indiscutible. Su estética, su voz, su visión del sueño americano de tintes onírico-psicotrópicos, sus polémicas ante sus posicionamientos políticos, etc. La última década -desde que salió al mercado Lust For Life (2017)- tiene su nombre inscrito en el ideario juvenil: artísticamente es una mujer que no para de copar titulares en la prensa especializada (alguno de esas cabeceras fueron muy duros con ella en sus inicios, huelga decirlo), y sus discos se coronan entre los mejores del año.
Es indudable que existe una conexión especial entre Lana y su fandom, y eso se experimenta, de forma casi ritualística, si uno la ve subida a un escenario. Con su languidez en su tesitura de voz, su impostada o no timidez, sus juegos de coquetería hacía su público, y esa estética vintage, permite que sus seguidores vivan con ella cada nota, cada inflexión de voz, cada caída de ojos…En la era de las redes sociales parece casi una obligación que las estrellas del pop interactúen con su público, y aunque Del Rey acabó por dosificar esta exposición debido a las duras críticas que recibió en su momento, no dejan de ser personajes de una ficción en la que miles de personas se reflejan. Un espejo que devuelve la imagen de un espectro, de un fantasma, la fragilidad y vulnerabilidad de la vida humana.
Marcos Gendre y Adriana Díaz se asociaron para recabar información y ponerla en común y escribir juntos este Lana Del Rey. Mitología de un icono pop (Ondas del Espacio, 2026) que, con un título tan explícito, no deja lugar a dudas a lo que se extienden de forma excelente en casi doscientas páginas de análisis conciso, repleto de reflexiones que crean paralelismos con otros artistas y estéticas, así como un concienzudo análisis de sus discos, sobretodo a partir del antes mencionado Lust For Life, el que parece unánimemente considerado el disco que catapultó a la neoyorquina como una compositora a tener en cuenta más allá del brilli brilli de las megaestrellas.
Antes de convertirse en la cantautora actual, Lana Del Rey tiene, obviamente, un pasado, y ese pasado transcurre entre su amor por Nirvana y por la mitología que rodea las montañas de Laurel Canyon (en especial por Joni Mitchell), mientras se ganaba el pan trabajando en tugurios bajo su nombre de nacimiento Elizabeth Woolridge Grant. Era 2010, y como dicen los autores, ya se estaba forjando su peculiar idiosincrasia, así como también su particular estilo compositivo. Fue un inicio con más pena que gloria, hasta que en 2012 renace con un Born To Die (2012) que contiene algunos de los signos vitales de su futura majestuosidad. Gendre y Díaz lo expresan a la perfección: “Con “Video Games”, Lana definió su hábitat natural dentro del mainstream. Con su voz jerárquica marcando los tempos de la canción sobre una base de piano, resplandece la solemnidad de una melodía que emerge taciturna e imperial […]”.
La atmósfera crepuscular, la estética cincuentera de cine noir, los coqueteos con otros géneros como el trap o el hip hop, la querencia por una estética de la precariedad en sus videos -fotogramas quemados, baja resolución: nostalgia analógica-, unos sonidos que cada vez se tornan más esqueléticos en sus siguientes discos hasta coronar, posiblemente, su mejor disco hasta la fecha Norman Fucking Rockwell! (2019), y sin olvidar esa manera de esculpir un reverso del sueño americano hipnagógico repleto de imágenes que parecen rescatadas de los archivos de su biblioteca de imágenes de un PC antiguo que ella usa para ir desvelando una ilusión de intrahistoria de Estados Unidos que la une a la tradición musical de la Costa Oeste pasando por Sprinsteen, pero también, con buen tino, los autores de esta obra crean vínculos con las películas de Sean Baker (se cita específicamente el filme Anora), los mantras oníricos de The Caretaker, o la romantización de tiempos pretéritos en las portadas de los The Smiths.
A todo esto, es clarificador la forma en que nuestra protagonista ha apostado por su carrera desde un principio, no dejándose llevar por las inercias del mercado. En este aspecto, los autores abordan el tema de hasta qué punto las canciones de la artista son capaces de sabotear el pathos del algoritmo. Del gancho esperable en la radiofórmula a canciones-río que se dejan llevar morosas, plácidas y serpenteantes.
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