Especial: 20 años de Bloodflowers, último clásico de The Cure

Un 14 de febrero de 2000 se publicaba Bloodflowers, concebido como despedida de The Cure y del que como habéis comprobado con los años, terminó revitalizándoles. ¿Cómo sucedió aquello? Pongámonos en antecedentes.

Después del éxito de Disintegration (1989) parecía que la banda de Robert Smith había tocado techo, pero tres años después volvieron a sacudir el corazón de sus fans y de la prensa con el incontestable Wish (1992), que aparte de sonar tremendamente contemporáneo, vino acompañado por un importante éxito de ventas, siendo el disco más vendido de su carrera. Si a esto le sumamos la grandísima colección de caras B con la que nos obsequiaron y su monumental gira, no nos extraña que para muchos este fuera el momento más dulce de su carrera.

Después de todo aquello, The Cure perdió a dos importantes pilares: el guitarrista Porl Thompson y el batería Boris Williams, que hastiados de la magnitud que había logrado la banda desde 1987, prefirieron dar un paso al lado. El siguiente trabajo se publicaría en 1996 (Wild Mood Swings) con importantes cambios en la formación y un sonido menos sólido que de costumbre. Que a mitad de la década de los 90 con el britpop, el grunge, el triphop o el breakbeat conquistando el mundo, llegara una nueva entrega de los británicos con las canciones más inconsistentes en años, le hizo un flaco favor. La crítica se cebó con ellos, las ventas fueron un fracaso y sus singles repudiados por gran parte de sus fans y el propio grupo («The 13th» hizo mucho daño y no aparece en recopilatorios ni la podrán encontrar en su canal oficial de vídeos, llámenlo tropiezo). En la gira recuperaron parte del crédito perdido, pero Robert quedó muy tocado.

La respuesta a ese mal trago tenía que venir en forma de disco y el resultado fue Bloodflowers (2000). La motivación para escribirlo llegó de dos de sus obras más recordadas, Pornography (1982) y Disintegration (1989), cuyo concepto tenía que recoger este nuevo trabajo. Smith se los puso a sus compañeros y les arengó «Si queréis ser la mejor formación que ha tenido The Cure, tenéis que lograr un álbum que tenga este impacto emocional». El resultado fue una pieza 100% The Cure que fue ideada como testamento sonoro de la banda. Este sería su último disco, tal y cómo Robert no dejó de repetir en cada una de sus entrevistas promocionales. No habría singles, ni sus reconocibles canciones de pop luminoso, tan solo nueve cortes que recogieran el espíritu que había hecho grande a la banda, ya saben, ese tono oscuro y tremendamente melancólico, que acompañaba a sus densas melodías inquietantes y su solemnidad.

 

Temáticamente encontraremos una diferencia fundamental con éstos, porque si en Pornography (1982) y Disintegration (1989), un aún joven Smith se asomaba al abismo del paso del tiempo, aquí como en el resto de sus entregas posteriores -y suponemos que en las nuevas canciones que están por llegar-, mira hacia el pasado con nostalgia. Ya no es un chaval asustado con el paso del tiempo, es alguien maduro que mira a lo que ha dejado atrás.

El inicio con «Out Of This World» no solo es una de las mejores aperturas en un disco de The Cure desde «Plainsong», sino toda una declaración de intenciones que marca el camino de lo que nos espera en el resto de los temas. En ella viene a preguntarse dónde está ahora y dónde estuvo antes. Una pieza reflexiva sobre lo que dejamos atrás y el ahora. Por el contrario en «Watching Me Fall» aborda durante 11 minutos el lado más desgarrador de la banda, que con la excusa de narrar un encuentro sexual en Tokio, aborda sin tapujos la decadencia. Una canción llena de rabia contenida, grandes desarrollos instrumentales, guitarras psicodélicas y una banda que suena inquietante y poderosa.

 

La acogida de Bloodflowers fue algo tibia por parte de la prensa que si por un lado destacaban que contuviera el sonido clásico de la banda y lo elogiaban, otros no terminaron de verlo del todo claro. Quizá no llegaba al nivel de los dos anteriores capítulos de esta trilogía, pero sin duda recuperaba lo mejor de su inconfundible sonido y le daba nuevos bríos, lo que dice mucho de él. Prueba de ello son momentos tan reconocibles como «Where the Birds Always Sing» o «The Last Day Of Summer», en los que se recupera ese «sonido Disintegration» de medios tiempos ensoñadores en los que la canción va conformando su unidad a base de capas de instrumentos que van sumándose al resultado final. Esa guitarra acústica que va marcando el tempo junto al reconocible bajo de Simon Gallup, a los que se van sumando teclados y guitarras hasta conseguir ese armazón tan característico en su sonido.

Como decíamos al principio, el disco no tuvo sencillos. Tan solo aparecieron como temas promocionales «Out Of This World», «Maybe Someday», único atisbo de pop radiable que encontramos en todo el conjunto y «The Last Day Of Summer» en países como Polonia.

 

La dupla formada por «There Is No If…» y «The Loudest Sound» puede parecer menor, pero sin duda contiene los pasajes líricos más inspirados de todo el álbum. Es posible que Smith no haya escrito unas canciones de amor más desarmantes desde entonces. La primera hablándonos de ese recurso tan habitual del nada es para siempre, construido a base de un bello texto. Y la segunda, abordando sin tapujos la rutina y la desidia de una pareja que yace en silencio, donde ese silencio termina por ser el sonido más alto jamás escuchado. Su producción mantiene el tono del resto, pero incluye sutiles arreglos electrónicos que acompañan y dan brío a su aparente sencillez. Sin duda dos grandes momentos a reivindicar.

 

 

Completan el disco la siniestra «39» en la que narra su paso hacia la cuarentena de una forma un tanto despiadada: «El fuego está casi apagado, y no queda nada que quemar» y la oda que da título al disco, una «Bloodflowers» en la que al igual que ocurre en «There Is No If…» utiliza el recurso de la contraposición en su letra para narrar el fin de una relación arrancando con una idea y terminando por replicar la contraria. «Este sueño nunca termina» / «Este sueño siempre termina», «Estas flores nunca morirán» / «Estas flores siempre se marchitan»…

Al no editarse singles, no pudimos disfrutar de las habituales caras B marca de la casa, pero con el tiempo llegaron «Coming Up» (en su edición japonesa) y los descartes «Possesion» y «Split Milk» a su amplia colección Join The Dots.

 

Su gira de presentación, El Dream Tour, supuso una catarsis tanto para el público, como para la formación. Largos setlists sin apenas concesiones a su lado más pop y comercial y en su lugar, una selección de los temas más oscuros de su discografía. La acogida fue tan buena, que estuvieron girando casi dos años de manera intermitente, poniendo la guinda en la sala Tempodrom de Berlín los días 11 y 12 de noviembre de 2002. Dos noches en los que interpretarían al completo los tres álbumes que completan su trilogía más oscura (Pornography (82)/ Disintegration (89)/ Bloodflowers (00)). El resultado es uno de los documentos visuales y sonoros más impresionantes de los facturados en sus 40 años: Trilogy, más de tres horas de show que fueron editadas un año después en vídeo.

 

Bien es cierto que no hay en él una canción a la altura de «Pictures Of You», «Lovesong», «A Strange Day» o «The Figurehead», por citar a sus LPs hermanos, pero la solidez del conjunto habla por sí sola.  Si eres un verdadero fan de The Cure, estás de enhorabuena porque Bloodflowers fue concebido para ti. Visto en perspectiva si hoy lo recuperamos en su totalidad 20 años después de su lanzamiento, comprobaremos que ha envejecido mejor que muchos de sus álbumes anteriores y posteriores. Eso con el tiempo ha terminado convirtiéndolo en un clásico algo menor que los grandes hitos su carrera, pero clásico al fin y al cabo.

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