Quién lo iba a decir. Seguramente, si alguien nos hubiera asaltado entonces a alguno de los presentes aquél 17 de noviembre de 1994 en el ya extinto hace décadas Arena Auditorium de València con la noticia de que estaríamos viendo 32 años después a prácticamente la misma formación en plena forma y en otro Arena que lleva el nombre del amo y señor de Mercadona, seguro que habríamos soltado una sonora carcajada.
Pero a veces hasta la más delirante de las quimeras puede cumplirse si se dan los ingredientes adecuados. En este caso, Suede, la agrupación londinense que capitanea esa especie de Jordi Hurtado del pop que es Brett Anderson, tuvo que llegar a su punto más bajo -el disco A New Morning (2002)- y separarse para que sus miembros entendieran que su lugar en la vida era estar en esta banda y hacer los mejores discos y shows posibles. Y así lo hicieron: desde Bloodsports (2013), los cinco álbumes que han publicado hasta llegar al espectacular Antidepressants del año pasado, describen una de las resurrecciones más increíbles que ha habido en el pop. Así que sí, las quimeras a veces existen, pero no están al alcance de cualquiera.

Suede venían de tocar en Madrid (tal como os contamos aquí) y allí Brett había tenido que hacer esfuerzos sobrehumanos para sobrellevar una afonía que lejos de amedrentar su ánimo, podría decirse que le hizo crecer. Y claro, después de hacerlo, todo parecía apuntar a que el concierto del día siguiente, el de València, peligraría. Pero no, Suede no son como otros, que cancelan por dormir mal. Como decía alguien por redes en un post sobre su concierto en la capital, “unas gárgaras con pesicolas y está como un mozo pa los (conciertos) de Valencia y Barcelona”. Y no sabemos si fue con Pepsis o con algún otro tipo de poción mágica, pero damos fe de que así fue.
Todo es puntual en el Roig Arena. Los teloneros salen a las ocho en punto de la tarde. Son los escoceses Swim School, que llevan funcionando desde 2018 y presentan ahora su auto titulado debut acompañando a Suede en su Dancing With The Europeans Tour. Poderosa la presencia de su vocalista Alice Johnson y una potencia de sonido entre el shoegaze y el indie pop de libro que tuvo su punto álgido en ese trallazo final que se marcaron con “Heaven”. Una más que solvente banda que en absoluto dejó que el público pendiente de la salida de sus ídolos de juventud ignorase lo que tenían que decir.

Y de nuevo, siguiendo una escaleta puntual hasta el paroxismo (marcaban las 21:00 en el reloj cuando salían a escena), Suede irrumpen en el escenario a ritmo de unos beats casi trance que parecen presagiar la entrada con el habitual “Disintegrate”, pero no, hay un cambio de ritmo cuando se sienta Simon Gilbert a la batería y sorprenden con un nada habitual “She”, de su Coming Up (1996), todo un cambio de guión.
Aunque Suede ha cambiado sensiblemente los setlists durante esta gira, el comienzo con un par de temas de su último álbum ha sido casi obligatorio. Este giro, suponemos, fue debido a la necesidad de adaptarse a la situación: si Brett el día antes acabó con la voz reventada lo suyo era darle a la gente lo que quiere rápido y bien, podríamos decir, “en plan festivalero”. Dicho y hecho: se suceden los hits infalibles. Nadie en su sano juicio puede poner peros a la ristra que nos propinaron a continuación: “Trash”, “Animal nitrate”, “We are the pigs” y “Lazy”. Así, seguidas, sin tomar aire.

Brett es un hombre que, pese a lo que pueda aparentar, no va en absoluto de divo. Todo lo contrario: sabe perfectamente que se debe a su público. Comulga con él, disfruta con él, se enamoran cada noche mutuamente en una liturgia de la que él es maestro de ceremonias, sí, pero no en un plano de superioridad. El es uno entre todos, aunque brille (y sude) más que ninguno. Por eso se sinceró diciendo que la voz no le acompañaba y necesitaba que cantáramos por él. Pero ni un atisbo de desgana o de profesionalidad forzada. Un entusiasmo casi de quinceañero brillaba en cada uno de sus ademanes, en su camisa totalmente empapada, en su cara entre el dolor y la pasión.
Que le pase a uno varias veces por la cabeza el mejor Bowie no es baladí. Da muestra de la grandeza de uno de los mejores frontmans que dio ese fenómeno que fue el britpop. Su talento y el de su banda no sólo no han envejecido, sino que como Benjamin Button parecen rejuvenecer a cada paso. No obstante, de una discografía reciente prácticamente sin fisuras sólo dejan testimonio un par de temas del set, como la enorme “June rain”, que sirve para preceder a la fase más emotiva del set con otro hit inesperado: un enorme “Stay together”.

Vuelven a la carga a lomos de las glameras “Filmstar” y “Can’t get enough”, para dejarse envolver después por el piano de Neil Codling e interpretar “Heroine”, de su obra maestra Dog Man Star, a la que sigue un coreadísimo “Saturday night” que ve por primera vez a Brett pasearse entre el público para terminar subido a la barra lateral del bar del recinto.
Toma de aire con otra pieza rompecorazones: Richard Oakes empuña la acústica y Brett (con mucha ayuda del público) se canta un espectacular “The wild ones”, que precede a la traca final -nunca mejor dicho, jugando donde jugaban- que propinan “Everything will flow”, “So young”, “Metal Mickey” y “The beautiful ones” a las que sucede sólo un bis: la infalible “Dancing with the Europeans” que corona su último disco y titula el tour.

En total, una hora y cuarto absolutamente apoteósica, que algunos, los de siempre, los que valoran los conciertos “a peso”, dirán que fue escasa, pero que a otras y otros nos supo a verdadera gloria, a triunfo, a que el pop es algo más que arrastrar con desgana y cancelaciones un legado histórico por el cochino parné y que esta banda tiene tirón para rato. A ver si hacen como en el 95, que volvieron por aquí tan sólo un año después de su primera visita. Les recibiremos con los brazos tan abiertos como requiere lo enormes que son.
Fotos Suede: Susana Godoy


















