Contaba Bunbury en la reciente entrevista que mantuvimos con él, que las canciones de De un siglo anterior llegaron llamadas por las de Cuentas Pendientes. Un nuevo acercamiento a la raíz de la música popular latinoamericana, que empezó a explorar en obras como Pequeño (1999) y Flamingos (2002) y que asimiló como suyas en el doble El viaje a ninguna parte (2004) o en las versiones Licenciado Cantinas (2011).
Repetir sonidos en dos discos consecutivos es un movimiento poco habitual en sus últimos pasos, si atendemos a la exploración continua que el cantante maño nos ha ofrecido desde Palosanto (2014); acercándose al rock contemporáneo y pasando de los sonidos sintéticos más sofisticados, a las grabaciones orgánicas en analógico. Aun así, hace tiempo que su figura es un género en sí misma y da igual los ropajes que la acompañen, porque todas las canciones mantienen su particular sello.
Como decimos, De un siglo anterior es un disco hermano de su antecesor, concebido en el mismo emplazamiento (El Desierto de los Leones en México) y con el mismo equipo creativo, comandado por su mano derecha, batería y coproductor Ramón Gacías, el teclista Jorge Rebenaque y el guitarrista Sebastián Aracena, el contrabajista Luri Molina y las percusiones del cubano Johnny Molina.
Diez nuevas composiciones que nos llevan del bolero a la ranchera, pasando por la zamba, el tango y la cumbia, tamizadas por ese reconocible filtro, que nos traslada de la confesional «La voz», un bolero sobrio y jazzistico, al son cubano de la pieza titular. Entre Cuba y México se mueve «La próxima vez no habrá próxima vez», mientras que el tango asoma en la introspectiva «El arcén».
Hay espacio para las guitarras en «Creer que se puede creer» y los sintetizadores aparecen en la brillante «Un Brindis al Sol», una concesión entre el blues y el tono fronterizo del lugar donde fue grabada. «Peor que como estamos (es difícil ya que estemos)» es la canción más política del disco, una cumbia sobre el desencanto social, con no poca ironía y «Un par de acordes, una mentira y la redención» cierra a ritmo de vals entre la guitara del chileno Sebastián Aracena y el acordeón de Jorge Rebenaque.
Un trabajo sobrio, maduro y honesto, que sigue apuntalando una carrera que continúa sin mostrar señales de agotamiento.




















