Aún a riesgo de caer en el tópico, podríamos decir que Nina Mae Harper es una holandesa errante. Nacida Nina Eggens en la bonita localidad de Emmen, nuestra protagonista se trasladó por amor desde allí a Aberdeen, Escocia, donde literalmente vió arder sus sueños al incendiarse su pequeño negocio de muebles vintage. Ni corta ni perezosa, decidió reinventarse en España.
Así que desde 2018 reside en algún lugar del Levante español, desde donde ha estado tramando este proyecto basado en el folk, el blues, el country y el rock, con referentes claros como Lucinda Williams, Gillian Welch, Joni Mitchell, Neil Young o Bob Dylan, a los que rinde su personal tributo en forma de canciones sinceras que hablan de supervivencia, crecimiento personal y la complejidad de mantener relaciones sentimentales duraderas en un mundo tan rápido como este.
De hecho, la misma portada del disco, titulado adecuadamente A Long Time Coming, nos da una clara perspectiva de esto que decimos: Nina aparece reflexiva, pero con aspecto de haberse librado de lastres, con una maleta junto a ella que demuestra que los suyo no es estar quieta, una botella de vino para dejarse llevar y una guitarra para componer unas melodías que se notan sinceras y liberadoras.

Por eso este debut no suena en absoluto como el primer trabajo de una principiante, sino como la culminación de todo un recorrido vital. Tras décadas en la escena musical de Escocia y su reciente asentamiento en Valencia, la cantautora neerlandesa entrega un álbum de Americana y Roots que destaca por su honestidad y una falta de pretensiones que no está reñida con un bien pertrechado sonido orgánico y atemporal, al que ha ayudado la producción de Helder Borges.
Su sonido es cálido y espacioso, permitiendo que la instrumentación (donde brillan las guitarras de Toni Saiz y la sección rítmica de Carel de Neeve y David Rowley) respire de forma natural. Se nota la influencia de tótems como Lucinda Williams o Emmylou Harris, especialmente en esa capacidad de mezclar la melancolía del blues con la estructura accesible del folk-pop. Canciones como «I Forgot to Love Myself», en la que aborda la salud mental con una vulnerabilidad que desarma, el acertado alegato feministra «Warrior» o la vigorosa exploración de la resiliencia que se marca en “Moments like this”, demuestran que su autora huye del cliché y no busca el «hit» fácil, sino conectar con oyentes que busquen refugio en historias reales contadas con una voz serena y una banda que conoce perfectamente el oficio. Es un ejercicio de belleza melancólica que confirma que, a veces, las mejores historias son las que tardan más tiempo en cocinarse.





















