Que el Azkena Rock Festival se presentara en 2026 con uno de los carteles más sólidos y atractivos de la nutrida oferta de festivales, por suerte ha dejado de ser noticia. Las militancias pueden atrofiar el espíritu crítico y fomentar la indulgencia, pero la que desde hace ya casi un cuarto de siglo muchos rinden a esta propuesta vitoriana es una de las más defendibles y lógicas que pueden existir a día de hoy. Por identidad, por calidad media de sus ramilletes de artistas y por otros detalles más intangibles y sutiles, y que quizá no epaten de inmediato, pero que embelesan a cualquier seguidor apasionado de la música.
Uno de ellos, particularmente reseñable en esta edición, es el buen gusto a la hora de apostar por bandas jóvenes, en plenitud y fuera de foco a nivel mediático, y por supuesto alejados del radar de los grandes y mastodónticos certámenes ávidos de nuevas tendencias.
Así, exquisitas formaciones que se encuentran en estado de gracia como Starbenders, presentando su flamante The Beast Goes On (26), disco que tranquilamente podría encabezar cualquier lista de mejores discos del año hasta la fecha, Vandoliers o The Damn Truth, entre otras, aportaban frescura, energía y colorido a un elenco dominado por referentes consagrados como Alice Cooper, Social Distortion o The Hives.
Por su parte, inclusiones como las de Sleaford Mods o Carpenter Brut añadían una pizca de pimienta y riesgo. La moneda podría salir cara o cruz, pero confirma una ligera tendencia al aperturismo estilístico detectada en los últimos años que, en dosis bien medidas y atinadas, siempre es bienvenida. Como es habitual, ya nada más entrar al recinto de Mendizabala se podía adquirir el abono de la siguiente edición, la del 25º aniversario, que se celebrará el 17, 18 y 19 de junio de 2027. Imposible omitir, por cierto, que quien quisiera venirse aún más arriba también podía comprar un pack, con el citado abono y más aderezos, entre lo que se incluía… un pastillero. Que cada uno interprete este delicioso detalle como considere.
JUEVES
La primera cita ineludible del Azkena la convocaba el estadounidense Robert Finley, uno de los músicos de blues y soul más singulares que se recuerdan en las últimas décadas. Cantante aficionado en su juventud, el ostracismo al que se vio empujado le impulsó a tirar de pragmatismo y dedicarse a la carpintería para ganarse la vida, pero le sobrevino una pérdida casi total de visión, lo que le obligó a abandonar su oficio, dar una segunda oportunidad a su vena artística y, ya por fin, triunfar con más de sesenta años. Una historia profundamente hermosa, digna de un documental al estilo de los de Anvil o de Sugar Man, pero que el concierto no terminó de hacer justicia, en parte por un sonido algo desmayado y una banda sin la mordiente que merecía su protagonista. Pese a ello, él lo compensó con su chorro de voz, sus entrañables espasmos y contoneos dignos de un chamán vudú de la Nueva Orleans profunda y canciones muy contagiosas como “Real Love Is Like Hard Time” o “I Wanna Thank You”.

Dewolff, a renglón seguido, hicieron las delicias de sus incondicionales con un concierto muy potente y dinámico. Esta banda de Países Bajos es difícil de encasillar, pero básicamente fluctúan entre el blues y el rock sureño, aunque tienden mucho a estructuras compositivas muy progresivas y esquinadas, lo que a veces tal vez disperse sus virtudes, pero desde luego les otorga personalidad y valentía creativa. Que en su tramo final atacaran una canción como “Rosita” que roza los diecisiete minutos, con un sinfín de cambios de ritmo, y con unas coristas abanicándose y al borde del colapso, fue una muestra de carácter y audacia, y dejó una de las estampas más especiales y festejadas de esta primera jornada. Luces y sombras, en cambio, con Imelda May.
Apetecía mucho volver a verla junto al guitarrista Darrel Higham, su ex marido y con quien grabara sus discos más rockabilly y vigorosos, pero la sensación es que algo, y no sólo el amor, también se apagó por el camino. Ese célebre tupé en espiral con el que adornaba su peinado ya no existe, la estampa de Imelda es más genérica, y hay algo de reflejo en su puesta en escena e interpretaciones actuales, más convencionales y muy lejos de ese exuberante magnetismo de los tiempos de Love Tattoo (08). No obstante, hubo lances en los que la bestia volvió a rugir, sobre todo cuando merodeaba ese disco, como el tema titular o “Johnny Got a Boom Boom”, y en los que la irlandesa mostró que sigue siendo una cantante formidable.
Con Corrosion Of Conformity el nivel empezó a subir exponencialmente, y llegó ya por fin el primer concierto verdaderamente brillante e intachable del festival. La banda de metal sureño regresaba a suelo vitoriano con uno de los discos más rotundos en su género en bastante tiempo, Good God / Baad Man (26), y la apisonadora sónica de Peeper Keenan y sus escuderos funcionó a la perfección. Las ausencias de Mike Dean y Reed Mullin, miembros de la etapa clásica, apenas se notaron en cuanto a la fiereza y la sensación de vigencia de la propuesta y el set fue muy equilibrado, con las nuevas canciones integrándose a la perfección, y con un epílogo descomunal centrado en su obra cumbre, Deliverance (94), con “Albatross” y “Clean My Wounds” poniendo a toda la audiencia en órbita. Triunfadores claros.

Lo mismo, o casi, se puede decir de The Adicts, una de las formaciones más estrambóticas que han pasado últimamente por este festival, con su actual gira, la de despedida. Son un pequeño icono del punk rock británico con medio siglo a sus espaldas de trayectoria, y si bien sus temas no tienen el vuelo de algunos compañeros de generación, su puesta en escena, a medio camino entre La Naranja Mecánica, el Jóker y un crepuscular y depravado circo de payasos, es lo que les distingue y lo que graba en la retina para siempre cualquiera de sus conciertos.

Keith Warren, impecablemente conservado pese a rozar los 67 años, y luciendo sombreros y capas inverosímiles, ofició de líder de una actuación con aires teatrales y carnavalescos, con aluviones de confetis, balones gigantes de playa y megavasos hinchables de cerveza sobrevolando las primeras filas. Y sí, también pildorazos muy eficaces como “Joker In The Pack” o “Viva la Revolution”. Tan extravagantes como encomiables.
Carpas Trashville:
No descartemos que Ángel Y Cristo tomaran nota de este exotismo, se picaran y quisieran redoblar la apuesta. Y vaya si lo lograron. La inclasificable banda madrileña, que cuenta con el compañero de este medio Fernando Del Río como guitarrista, desató el caos en uno de los escenarios Trashville, y se anotó con todo merecimiento uno de los conciertos más peligrosos y lunáticos celebrados últimamente en esas subversivas carpas del festival.

Con su mezcla de punk y garage ebrio de fuzz, sintetizadores e incluso pinceladas de teremín, la actuación tuvo tanta hedonista eficacia con temas como “Hombre Bala”, “Lanzador De Cuchillos” y “Surferos Del Tajo” como poder de perturbación. Los grotescos disfraces y las sórdidas caretas se entremezclaban con recursos escénicos maravillosamente incorrectos como simulaciones de eyaculaciones hacia el desconcertado público y bengalas introducidas en el ano de uno de los componentes, y debidamente encendidas por solícitos cómplices entre el público. El broche a este despliegue fue el momento en el que uno de los performers surfeó sobre docenas de brazos y cabezas aupado a una tabla de planchar y, tras ejecutar un salto al vacío, acabó fracturándose un tobillo. Si hay una banda actual en nuestro país con el espíritu de los legendarios Butthole Surfers, probablemente sean ellos.
Colofón difícilmente olvidable para este primer día del Azkena en el que, sinceramente, ha costado encontrar un hueco para detenerse en The Hives, banda sueca que figuraban como cabezas de cartel. Nadie podrá discutirles ser los autores de uno de los hits más incontestables de comienzos de siglo como “Hate To Say I Told You So”, canción verdaderamente inspirada, y, en líneas generales, poseer un repertorio moderadamente disfrutable, pero cuesta concebir como una propuesta tan repetitiva e inofensiva ha podido tener semejante aceptación popular.

Lo cansino de las charlas de su cantante Pelle Almqvist, que cortaban el ritmo de la actuación, tampoco sumaron precisamente. Cuando se centraban en la música, eso sí, depararon algún buen que otro lance, como el citado corte o “Main Offender”. También es de recibo conceder al vocalista un pequeño hallazgo, como llamar “azkenitos” a los asistentes. Que hubiera cariño o, por algún motivo, una leve sorna en esas palabras jamás lo sabremos, aunque tampoco importe demasiado…
VIERNES
Un tanto claro que apuntar a esta edición, y que resulta difícil que pueda rastrearse en otros festivales, es la inclusión de una banda tan fabulosa como escasamente estimada como The Damn Truth. Los canadienses practican un blues rock muy próximo a Led Zeppelin, pero las excelsas melodías vocales tan rebosantes de sensibilidad de su cantante, Lee-La Baum, y esas inclinaciones puntuales al pop y a la visceralidad del rock 90’s les otorga una frescura y un nivel que les propulsa muy por encima de la media de este tipo de bandas. Aún se conserva en la memoria su sobrenatural paso por España presentando Now Or Nowhere (21), sin duda uno de los primeros impactos escénicos de verdadero calado de la época post-pandémica, y en Vitoria volvieron a lucirse. Bien es cierto que la actuación sufrió un retraso y un duro tijeretazo por la lluvia, pero interpretaciones como las de “This Is Who We Are Now” o “Tomorrow” se cuentan entre los momentos más memorables de todo el festival.
A continuación se sucedieron dos irrupciones muy especiales y difíciles de ver en acción. The Del Fuegos, banda estadounidense de culto de los 80’s y recientemente reactivada, convenció a sus incondicionales con su líder, Dan Zanes, en notable forma y el pelo teñido de un pintoresco azul. Old Crow Medicine Show, formación muy apreciable de folk y country alternativo, subieron el voltaje con un show lleno de fuerza y se descolgaron con un “Wagon Wheel” portentoso, mucho más inflamado que en estudio, y con la ayuda sobre las tablas de Bridge City Sinners, formación que un día después reinara en una de las carpas. Un poco antes, Los Enemigos ofrecieron un concierto intachable, muy enérgico, con pequeños himnos como “Septiembre” saludados con la algarabía habitual de su parroquia de fans.
La presencia de Bob Mould con sus rehabilitados Sugar, que no asomaban en España desde 1993, era uno de los alicientes diferenciales de esta edición y el punto de arranque además de ese miniciclo de esencia puramente 90’s que continuarían el sábado Superchunk y Therapy?

Y el concierto fue un auténtico vendaval, una demostración de vigencia de un individuo que, sin gozar del halo mediático de los iconos del rock alternativo de aquella bendita década, fue capital ya desde los tiempos de Hüsker Dü en configurar los patrones sonoros y actitudinales del rock alternativo de los años siguientes. Cerraban su gira europea con este concierto y se notó el impecable acoplamiento entre sus tres miembros originales. Su bajista, David Barbe, es el productor habitual de Drive-By Truckers y el que cimentó la madurez y esplendor de su sonido, logro en sí mismo por el que ya merecería una estatua a la entrada del recinto, pero es que además atacó muy bien sus temas y mezcló muy bien con la labor llena de pericia del baterista, Malcolm Travis.

Aunque fue Mould el que realmente deslumbró, con una intensidad desaforada, y aupando a los cielos canciones como “A Good Idea”, “Gift” o “If I Can’t Change Your Mind”. Su imagen final, dándose golpes en el pecho, dio una pista de su actual plenitud y vigencia.
Parecía difícil superar este derroche de rotundidad, pero Tropical Fuck Storm, acto seguido, lo lograron con el concierto más aplastante e hipnótico de la jornada, y seguramente de todo el festival. Su post-punk experimental y de aliento arty que practican puede resultar arisco en estudio, pero la manera que tienen de llevar esa sinuosidad sobre un escenario es espectacular. Con un Gareth Liddiard al frente inoculando energía y temperamento a sus oblicuas líneas vocales, y provocando el delirio con su célebre “You Let My Tyres Down”, la actuación fue una especie de liturgia salvaje, plena de lascivia, tensión y turbiedad, y con el sonido de bajo más soberbio que se recuerda en mucho tiempo. Fiona Kitschin, a menudo dando la espalda al público, se merendó la actuación con su instrumento, multiplicando el impacto y la capacidad de seducción de todas las interpretaciones, aunque también aquí merece una especial mención la carismática guitarrista, Erica Dunn, aportando una garra que sentaba muy bien al conjunto.

Típica demostración colosal donde poco importaba lo que tocaran o estar más o menos familiarizado con las canciones, el trance y el sometimiento estaban garantizados, un poco en la línea de otra fuerza de la naturaleza escénica como Swans, por ejemplo. Una pura barbaridad de concierto, en definitiva.
Cambio de registro completo con Alice Cooper, pero no rebaja de nivel, en ningún caso, lo que deparó una tripleta de conciertos con los dos anteriormente referidos que ya justificaba el festival entero. Todo se desarrolló según la hoja de ruta habitual en sus actuaciones, pero resulta imposible pestañear ante una parafernalia escénica tan bien ejecutada, con ejecuciones, decapitaciones y desfiles de criaturas diversas, y un Alice en envidiable estado físico y vocal a sus 78 años.

El repaso a todas sus épocas fue muy generoso, destacando las indiscutibles “I’m Eighteen”, “Poison” y “School’s Out” y una espectacular “Ballad Of Dwight Fry”. A destacar el espléndido acompañamiento de músicos que tiene nuestro protagonista, con un Ryan Roxie a la guitarra agotando adjetivos y, de paso, provocando la nostalgia de todos los huérfanos de Casablanca, aquella bendita banda que creó la década pasada y perdida ya como lágrima en la lluvia.

Casi al final, “Smells Like Teen Spirit” asomó en el set, lo que puede chocar de entrada, pero que resulta, como canción bandera del grunge, un oportuno tributo a esa era donde iconos como Rob Zombie o Marilyn Manson tomaran tanta nota del bueno de Cooper, a la vez que él, en ejemplar simbiosis y retroalimentación, hacía lo propio con la corriente alternativa e industrial en álbumes como The Last Temptation (94) o Brutal Planet (00). Evaristo, a continuación, con sus rescates de La Polla Records, y los metálicos Voivod, con un sonido particularmente feroz, pusieron una más que certera guinda a aquellos noctámbulos que se quedaron en Mendizabala a una jornada espléndida.

Carpas Trashville (Fernando Del Río):
El viernes como penúltima banda del escenario Trashville era obligatorio pasarse a ver a los míticos Dwarves. La inclusión de los de Blag Dhalia en el escenario pequeño del Azkena había levantado comentarios, porque bien podrían haber estado en el escenario La Salve, bastante más grande, pero después de ver el show puede que haya sido lo más acertado, porque The Dwarves pueden ser lo míticos que sean, pero lo suyo son los clubes y el Trashville es el club del Azkena.

Con el mencionado Dhalia como único miembro original de la formación, después de que el guitarrista más aficionado a quedarse en pelotas en un escenario, de la historia del punk (esto es HeWhoCannotBeNamed) abandonase la formación, Dwarves se presentaban en formato cuarteto. Y ni un “pero” a su concierto, más si al bajo estaba Nick Oliveri (Queens of the Stone Age, Kyuss…) y su cara sempiterna de malas pulgas, haciendo dupla en lo rítmico con el batería Snupac y con la mención especial al joven guitarrista Ginger, una autentica ametralladora de riffs. Unos cuarenta minutos de concierto y largo es para ellos, con trallazos como: “Confused” de su reciente Jemkem (MVD Visual) regado generosamente de clásicos como: “Everybodys Girl”, “I Will Deny”, o “Motherfucker”, completamente desbocados en un garito con olor a sudor y cerveza. ¿Para qué más?
SÁBADO
El día de cierre del Azkena, felizmente ya sin la lluvia que lastró parcialmente el jueves, se inició también muy pronto, al filo de las seis de la tarde, con otra diana inapelable de la programación de este festival, los Vandoliers, otro maravilloso tapado de la música actual de raíces norteamericanas.

El listón en directo de su gira anterior por nuestro país estuvo elevadísimo, casi inalcanzable, y en esta ocasión, si bien el concierto empezó algo tibio y flojo de volumen, y se echaba en falta la trompeta de aquellas míticas actuaciones, aquello se fue viniendo arriba claramente, con una Jenni Rose al frente percibiendo el empuje de los fans y redoblando sus prestaciones. Tanto en su faceta más introspectiva (preciosa “Cigarettes In The Rain”) como en la más palpitante, donde destacó “Together We Will Sink Or Swim”, convencieron y dejaron un estupendo sabor de boca. Superchunk hicieron lo propio, con una admirable demostración de indie-rock de sabor netamente 90’s, al grano, sin artificios y de frescura intacta. No importa su estampa de bibliotecarios ni su imagen tan convencional y alejada de los clichés del rock, la maquinaria liderada por Mac McCaughan sonó extremadamente eficaz, con una base rítmica modélica en la que destacó la recién incorporada Laura King, una eminencia underground de las baquetas y que con su camiseta de Bikini Kill imprimió mucho poderío a las interpretaciones.

Los temas del que probablemente sea su mejor obra, No Pocky for Kitty, (91) y una asilvestrada y primeriza “Slack Motherfucker” despuntaron y redondearon otro show modélico.
A continuación, Sleaford Mods volvió a imantar a sus fans y a sembrar el escepticismo ante los que, más allá de afinidades y fobias hacia un estilo u otro, exigen sobre un escenario algo más que un ordenador, un micrófono y dos personas bailando. Como se viene lo que se viene, tampoco consideramos que sea necesario añadir mucho más al respecto.

Porque lo que se venía era el cruce de cables definitivo de la historia reciente de este festival, el solape parcial de Starbenders y Social Distortion. En favor del Azkena hay que decir que, a diferencia de otros que perpetran auténticas escabechinas en sus dimensionamientos horarios, expanden bastantes las franjas y es posible ver un grueso muy elevado de artistas del cartel, pero esto dolía, mucho. En cualquier caso, dio tiempo suficiente para ver un tramo generoso de actuación de los primeros, que subliman el arte de conciliar multitud de texturas sonoras que basculan entre el pop, el rock y el glam.

Las atmósferas góticas y ramalazos synthwave de su flamante e inspirado The Beast Goes On (26) les han sentado de maravilla, además, y lo ratificaron en espectaculares interpretaciones de “Tokyo”, “Summon My Heart” (apabullante) o “Chantilly Boy”. Toda la banda rayó a gran nivel, pero destacó la magnética Kimi Shelter, ataviada de negro, con un aura de bruja del inframundo y que, mientras acometía la canción titular y que abre su última obra, pronunció con deleite una de las estrofas más maléficas y potentes escritas recientemente: “I love the way you make me hate you, penetrate you and drink your blood”. A implorar a quien corresponda por que vuelvan a este festival en mejores circunstancias horarias. Hasta entonces, a gozar de una de las bandas, en estos momentos, más excitantes del planeta.

Apetecía mucho, más incluso que en otras ocasiones, ver a Social Distortion. La banda comandada por Mike Ness por fin ha salido de un largo lapso de década y media sin publicar álbum con el muy competente Born To Kill (26), y la flexibilidad de sus repertorios, a diferencia de épocas pasadas de sets más escuetos y ramplones, invitaban al optimismo. Menos orondo que últimamente y, por lo que sea, con más tupidez capilar, emergió de las sombras, atacó el tema titular y enseguida comprobamos que su cáncer de amígdalas parece felizmente superado. Es cierto que pudo echarse en falta algo más de intensidad y colmillo en líneas generales, pero si aceptamos esa marcha de menos, el concierto resultó muy emocionante, principalmente por el nivel tan desmesuradamente alto en términos de calidad y sensibilidad que posee el cancionero de esta banda. “Untitled”, “Dear Lover” o “Reach For The Sky” descollaron, las nuevas piezas no desentonaron y nos ahorramos las versiones manidas y tópicas que a menudo acomete. Una de las mejores bandas que han existido nunca en cualquier género, directamente, y cuya dignísima forma actual hay que valorar y reivindicar.
Jason Isbell, a continuación, dio una lección catedralicia de rock americano, con su preciosa voz en plena forma, y con un sonido inmaculado, celestial, y pleno de elegancia. Conviene añadir también que el nivel medio de sus primeras canciones en Drive-By Truckers sólo lo ha alcanzado a cuentagotas en su carrera posterior, y que quizá se eche en falta esa crudeza y densidad dramática que lucían las canciones junto a la banda que le dio a conocer, pero su estilo más aseado y académico luce mucho en directo, como se pudo comprobar. “Decoration Day” quizá no tanto, pero “Danko/Manuel” fue muy destacable y, de sus temas en solitario, “King Of Oklahoma” sobresalió por encima de todas, imperial, uno de los cénits del festival.

De clímax a clímax. Carpenter Brut demostraron, estos sí, cómo esquivar controversias y justificar el riesgo de apuestas así con una actuación que quizá no fuera el paradigma de concierto emblemático para los parámetros de un Azkena Rock, pero que, para que todo aquel que quisiera entrar en su particular juego, fue una completa e indiscutible gozadera. Su música darksynth tiene un alto grado de cuota programada y electrónica, con su baluarte Franck Hueso dirigiendo las operaciones, pero con un vuelo orgánico a cargo de dos instrumentistas, guitarra y batería, que aportó y se agradeció mucho. Apartados ya de aquellas proyecciones con referentes del terror 80’s que distinguieron sus recitales de hace unos años, en esta ocasión las imágenes tenían un aire más distópico y siniestro, con guiños al manga japonés, que sirvieron de perfecto telón de fondo para la algarabía de los no demasiados asistentes que poblaron las primeras filas, creando una fugaz comunidad tribal al servicio de una suerte de rave retrofuturista, y que derivó en un pogo particularmente virulento con “Turbo Killer”, que fue uno de los lances cumbre junto a “Disco Zombie Italia” o una obsesiva y arrolladora “Day Stalker”.

Este proyecto francés, en fin, salió reforzadísimo de la cita, y hubiera encajado que fuera el perfecto cierre de una espléndida edición, pero no, nada más y nada menos que Alcalá Norte y Therapy?, y ya más que excedida la medianoche, aguardaban con su munición para elevar, si es que fuera posible aún, más la temperatura. Incómoda elección también, pero pese a que los madrileños son una de las bandas nacionales del momento con más chispa y talento, parecía difícil desperdiciar la ocasión de ver en acción al combo norirlandés homenajeando su atinadísimo Troublegum (94). Y el concierto fue la enésima demostración en este festival de que, aunque a veces no lo parece si apuntamos a los nombres más referenciales de aquellos años, porque muchos ya ni están y a otros no se les espera, existen aún bandas de los 90’s en plena forma. Andy Cairns descerrajó los pildorazos de ese legendario disco con una energía encomiables, y fue un placer vibrar con temas tan infalibles como “Trigger Inside”, “Die Laughing”, “Unrequited” o la muy vitoreada “Screamager”. La versión de “Diane”, de Hüsker Dü, fue otro bonito ejemplo de versión certera y simbólica y el concierto, en conjunto, un sensacional colofón a la que es firme candidata a edición del Azkena más explosiva y rica en conciertos diferenciales de lo que llevamos de década. Es una suerte contar con un festival así. Es un privilegio sentirse, año tras año, un azkenito.
Carpas Trashville (Fernando Del Río):
La propuesta del madrileño Capitán Entresijos se presentaba en el escenario Trashville bajo el nombre de: Capitán Entresijos feat: Garganta profunda. Esta vez el bajo y la batería tenían de acompañante al performer Garganta, moviéndose por el escenario, cortito de ropa y sobrado de desvergüenza más otro integrante manejando luces sobre una pantalla en uno de los lados del escenario. Puro art punk rock. Una actuación totalmente performativa para acompañar el punk rabioso del “Capi”, con su fórmula de siempre: velocidad, crudeza y sentido del humor por todos sus poros.

Canciones como: “Perseguida hasta el catre”, o “Trabajando por España” provocaron pogos y empujones en el espacio Trashville, el lugar adecuado para el Capitán y los suyos.
Fotos Azkena Rock Festival: Fernando del Río




















