Frozen Charlotte, séptimo álbum en solitario de Jack White, llega como secuela de NO NAME (2024), el disco sin título que fue entregado como regalo a los seguidores que pasaron por las tiendas de su propio sello Third Man Records en Nashville, Detroit y Londres.
Aquí encontrarán las mismas guitarras cortantes, misma épica garagera, aunque con un importante cambio de temperatura. Si aquél a euforia recuperada, aquí lo que se respira es mala hostia, un cabreo sordo que atraviesa cada riff, un impulso de rabia que algunos ven como consecuencia de su divorcio, pero que lleva tiempo cociéndose en un mundo en llamas y un EEUU asolado por las políticas ultracapitalistas, aventuras bélicas y las continuas ocurrencias de un Trump con el que el músico de Detroit no ha dejado de confrontar.
Frozen Charlotte no reinventa nada y vuelve a dar más de lo mismo. Ya saben: ese blues eléctrico embarrado, la misma teatralidad de predicador de feria que asomó en sus dos primeros adelantos «G.O.D. and the Broken Ribs» y «Derecho Demónico». White sigue en sus trece de convertir cada estribillo en un mantra que se repite hasta la extenuación casi hipnótica. Ahí está también su principal debilidad, una vez pasada la mitad del disco, la cosa empieza a repetirse.
A pesar de ello, tiene buenas noticias como el rollo glam bluesero en el que se envuelve «She’s in a Frenzy», la poderosa «Nobody Knows», la desafiante «You’ll Never Fix Me», una «I Can’t Believe What I’m Hearing» de lo más enérgica, la ledzeppeliana «All Alone Again» o la pantanosa «Dollar Bill». Al final, Frozen Charlotte llega como una entrega modesta en apariencia que sigue funcionando por pura convicción artesanal. No será el álbum que redefina a Jack White, pero tampoco pretende serlo. Es la nueva entrega de un artista que, furioso o no, sigue sabiendo construir un mundo entero con cuatro cuerdas y mucha actitud. Y eso en días de scroll y postureo, ya es mucho.



















