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Las mujeres del In-Edit

Finiquitada ya la edición número quince del festival de cine documental musical In-Edit, el balance es positivo. El festival ha introducido varias secciones nuevas y ha apostado fuerte por los documentales nacionales y por primar, en palabras del propio festival, «el contenido por encima de los nombres». En general ha habido muy buen nivel: excelentes American Valhalla, Cassette: A Documentary Mixtape e Eagles of Death Metal: Nos Amis (¡qué mal cuerpo!); sorprendentes Liberation Day y Ciudadano Fernando Gallego: Baila o Muere (ganadora del premio al mejor documental nacional); y grande Where You’re Meant To Be (ganadora del premio al mejor documental internacional).

Pero igual que aquellos míticos libros infantiles de Elige tu propia aventura, la parrilla del festival In-Edit te permite realizar tu propio trayecto temático a la carta. Puedes hacerte una ruta por los nombres que han marcado la historia de la música. O puedes recorrer la escena electrónica más underground desde el mismo interior. Puedes irte a un viaje antropológico–musical por la geografía del mundo. O, como en nuestro caso, puedes crear una ruta siguiendo las figuras musicales femeninas, escasas en esta edición, todo hay que decirlo. Ese espectro permite explorar de forma más o menos superficial, el papel de la mujer en la escena musical y comprende a niñas prodigio, pioneras incomprendidas, musas y sexo. Todo mezclado, pero no agitado.

Dos formas de entender la sexualidad

Aunque a primera vista pudiera no parecerlo, existe un paralelismo muy obvio entre el documental Tokyo Idols de Kyoko Miyake y Bruk Out! A Dancehall Queen Documentary de Cori McKenna. Partiendo de dos realidades completamente opuestas, ambas películas abordan el uso de la sexualidad como reclamo para la experiencia musical. Aunque de formas muy diferentes. Mientras que las reinas del dancehall de Bruk Out! utilizan el baile como un exorcismo para expulsar la mierda que hay en sus vidas, concediéndoles poder y convirtiéndolas en las protagonistas absolutas por decisión propia, las niñas de Tokio Idols son convencidas por el sistema para convertirse en la nueva versión de las geishas, objetos de deseo para hombres cuarentones que proyectan su amor platónico en crías de hasta 10 años.

El tratamiento de la película en ambos casos también es diferente, como no podría ser de otra forma: la película de Cori McKenna es una celebración de la liberación a través del baile. Está contado a través de las historias personales de las participantes en la International Dancehall Queen Competition, y es un himno al empoderamiento femenino a través de un baile altamente sexual. Una película divertida y excesiva, como el propio baile, aunque con momentos muy duros.

Mientras, Kyoko Miyake dibuja una imagen completamente inquietante sobre las niñas que sueñan con convertirse en idols, incluso abandonando la escuela, para ser adoradas por miles de hombres que ven en ellas una proyección de la imagen idílica de pureza femenina. Tokyo Idols tiene una parte más descriptiva, en la que la directora simplemente hace una exposición de un fenómeno difícilmente comprensible lejos de la cultura japonesa; y otra parte más crítica con el aprovechamiento de la incipiente sexualidad pre-púber para mantener una industria que mueve millones en Japón. Aunque como crítica es un poco tibia, es innegable el poder perturbador de la historia.

Los nombres propios

Tres nombres propios de mujer han protagonizado películas en la edición 2017 del In-Edit. Tres mujeres, tres formas de ver la vida y tres formas de plasmarlo en la pantalla. La pionera electrónica Suzanne Ciani, la virtuosa pianista Alicia de Larrocha y la artista Marianne Faithfull. Dos mujeres semidesconocidas para el gran público y una tercera que vivió a la sombra de sus romances y su agitada vida personal, pasando a ser recordada como musa más que como artista.

Suzanne Ciani, precursora poco reivindicada de la música electrónica, y Alicia de Larrocha, virtuosa del piano e intérprete excepcional, decidieron dedicar sus vidas fuera del camino que se les tenía marcado de antemano. En los años 70, ser mujer e ingeniero de sonido era una tarea imposible, así que Suzanne Ciani decidió confiar en ella misma para conseguirlo. Alicia de Larrocha creció dedicada de forma obsesiva a la práctica del piano, desde muy joven. Ambas consiguieron convertirse en pilares de su propio campo y las respectivas películas reivindican sus importantísimas figuras.

En Les mans d’Alicia de Verònica Font y Yolanda Olmos, se repasa la vida de de Larrocha mostrando una figura alejada del egocentrismo propio del virtuosismo, contraponiendo su humildad a los elogios superlativos de compañeros de profesión. A Life in Waves, de Brett Whitcomb, es una reivindicación pura y dura de esta pionera olvidada de la música de sintetizadores. Un documental biográfico con una estructura bastante clásica de una figura poco mediática que luchó contra estereotipos siempre desde el optimismo y la alegría.

Caso aparte es el documental Faithful en el que Sandrine Bonnaire se sienta con Marianne Faithfull para hacer un repaso amplio y profundo de su pasado. Tan profundo, que en algunos momentos incluso resulta doloroso para la misma artista. Lo que diferencia esta película del resto de biografías que se han realizado sobre ella, es el tono tan íntimo y cercano que consigue, en el que Marianne Faithfull se abre completamente a cualquier evento de su turbulento pasado: desde el abandono de toda su carrera en favor de su relación con Mick Jagger hasta su adicción a las drogas y el impacto en su familia. Y llegando a la actual sensación de haber hecho las paces con la vida o su influencia sobre otros artistas.

Faithful consigue que empaticemos con la artista incluso a pesar de algunas de las decisiones que tomó en el pasado. Consigue sentarnos junto a ella en la entrevista con Bonnaire y notar su angustia en algunos momento, y su serenidad en otros. Y, salpicando la entrevista con apariciones de Nick Cave o Damon Albarn, la película fluye ágil y consigue acercarnos a la persona tras la figura de Faithful y reconocer aún más su valor como artista y no como musa, una etiqueta que parece menospreciar su contribución a la música y que la película de Sandrine Bonnaire pretende, deliberadamente, dejar de lado.

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