Libro: Loquillo, de Felipe Cabrerizo (MAXI)

Antes que nada, una -necesaria- confesión: a horas de abrir estas páginas yo era mucho, pero mucho más fan de su autor que de la persona a quien están dedicadas. Eso es así, y tengo que decirlo, porque mi motivación al abrirlas es diferente de la del fan que espera leer la vida, obra y milagros de su ídolo. Yo quería leer un buen libro de un autor que me gusta mucho. Y así ha sido, en gran medida.

Al fin y al cabo, Felipe Cabrerizo no sólo es autor de un libro que me parece de referencia absoluta en esto de la “literatura musical” (en caso de que eso exista), como es su anfetamínica biografía de Johnny Hallyday (A Toda Tralla, Expediciones Polares, 2018), sino que también es responsable de una de las cosas que más feliz hacen a este ser humano que les habla en el mundo: el podcast Psycho-Beat, con el que ya lleva más de una década amenizando oídos exigentes a base de platos gourmet en formato canción y todo ello, agárrense bien fuerte, sin acudir a una sola gota de pop o rock anglosajón, ¡chúpate esa!

Sin embargo, mi relación con el Loco era, en el momento de empezar a leer, prácticamente inexistente. Sí, en su día, igual que cualquier adolescente de mi época, escuché varios de sus discos y hasta quemé la cinta TDK de noventa en la que tenía grabado el archiconocido disco en directo con el que él y su banda alcanzaron el definitivo éxito masivo, pero ahí quedó la cosa. Tras ello, sencillamente, lo que tenía que decir este señor de maneras rocanroleramente arrogantes, que no componía ni una sola canción y que de vez en cuando vertía opiniones a mi parecer más que cuestionables en los medios, no me interesaba un colín.

Y por eso al abrir la primera página de una biografía sobre Loquillo no pude evitar sentirme raro, muy raro.

No obstante, confié en lo que me guió hasta ese libro. El anfetamínico estilo de un entusiasta como Cabrerizo, que a lo largo de las páginas tanto de la mencionada bio del hijo de Odín (Hallyday), como de la que también dedicó a Serge Gainsbourg (Elefantes Rosas, Expediciones Polares, 2015), sencillamente me llena de gozo. Hasta el punto de que cualquier cosa que me quiera contar me interesa. Hasta la vida de Loquillo, ya puestos.

Dicho esto, unas puntualizaciones: la primera es que, obviamente, aquí, a diferencia de en los libros que escribió como rendido fan, Felipe se maneja de otra forma. Es más un biógrafo profesional que trabaja por encargo. Fue el Loco, fan, al igual que yo, de sus escritos, quien le contactó para que escribiera el que, conforme uno lo va leyendo, se antoja como un libro “a mayor gloria de…” y no como una narración cuyo autor haya tenido total libertad para escribir.

La segunda –como contraprestación- es que, pese a ello, reconozco que debemos a José María Sanz Beltrán máximo respeto. Nunca lo tuvo fácil: charnego e hijo de un represaliado anarquista que se desloma trabajando como estibador en el puerto. El barrio del Clot de Barcelona le ve crecer como un chaval inquieto, deportista, pero enamorado del rock y las sensaciones fuertes. Pandillas, peleas, anfetaminas, Gene Vincent y mucho, mucho morro. Eso es lo que -en compañía, claro, de los compinches adecuados- le sitúa primero en la cima del mundo rocker y después del de la modernidad recién estrenada de la democracia española. El ascenso al estrellato es tan meteórico como el descenso a los infiernos. Por eso la historia, a ratos hasta novelesca, de cómo remonta el vuelo hasta alcanzar el definitivo e inamobible estatus de rock and roll star que ahora ostenta, se me antoja mucho más que digna de conocerse.

Por eso, pese al inevitable tufillo que este texto tiene a veces a justificación de muchas cosas (sus desconcertantes idas y venidas políticas, algunas maniobras pretenciosas derivadas en tropezones artísticos y económicos, su conocido carácter jactancioso y beligerante…), el brillante estilo con que está escrito nos sumerge en la ágil y apasionante narración de cómo alguien que no sabe tocar ni un sólo instrumento ni componer una sola nota musical, ha logrado mantener, por encima de muchos otros grandes popes del invento que sí contaban con esas habilidades, su estatus de gran figura del rock and roll cantado en castellano a lo largo de nada menos que cuatro décadas.

En ese sentido, este libro es la historia de una huida. Una huida siempre hacia delante. Y es que si de algo no se puede acusar a este personaje es de acomodaticio. Se habrá equivocado las veces que haya hecho falta, pero lejos de haberse mantenido como producto nostálgico al frente de una banda con la que ni de lejos se sentía ya identificado, supo tomar el timón de una carrera cuyo último tramo, precisamente aquél en que él tuvo capacidad total de decisión, ya supera en aciertos a sus años de más gloria, a los que ya ni siquiera necesita acudir para reivindicarse.

Ha construido una marca, una empresa. Y la maneja con mano férrea, caiga quien caiga. Todo eso el autor ha sabido plasmarlo a la perfección, en un relato que transmite emoción y no sólo se deshace en elogios, también aporta muchos hechos contrastados y ha contado con testimonios de personas tanto afines como antagónicas al Loco. No todo va a ser brilli-brilli. También lo negativo queda plasmado aunque, claro, no tanto, seguramente, como lo habría estado de no andar el ojo atento de su protagonista clavado en el proceso.

Por ello, haciendo balance, lo que realmente importa, que es conocer una de las trayectorias más meteóricas de la historia del rock español y las raíces, formación, ascenso, declive y espectacular remontada de un personaje completamente simpar (que eso no se lo quita nadie), este volumen lo cumple a la perfección. Encima, como no podía ser de otro modo, está escrito de una manera exquisita, con los justos ingredientes para que uno no se separe de su lectura ni un segundo y lamente, con sinceridad, terminar su último párrafo. Y por si fuera poco, en mi caso, ha conseguido lo indecible: que me ponga a escuchar la discografía completa de un músico al que tenía completa y conscientemente ignorado. Y ¡oiga! la verdad es que tiene sus cositas.

Lo dicho, un respeto al Loco. Y mis felicitaciones al autor de uno de los libros musicales más importantes de la temporada.

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