Es inevitable, volvemos a hacernos la misma pregunta: ¿Esto era necesario? Sí, porque esa misma pregunta nos la hacíamos hace poquísimo en relación con el recién publicado disco de otro ilustrísimo octogenario, todo un Paul McCartney que con su The Boys Of Dungeon Lane está convenciendo a casi todo el mundo, hasta el punto de que se postula para coronar más de una lista de lo mejor del año. Quien lo iba a decir.
El caso de The Rolling Stones es parecido y no solo eso: lleno de casualidades. Por si fuera poco que comparten productor (Macca recomendó a Ronnie Wood a Andy Watt para que diera un empujoncito a sus viejos colegas) el de Liverpool toca el bajo en “Covered in you”, una de las canciones de Foreign Tongues, el segundo álbum de los Rolling Stones tras su resurrección discográfica hace tres años con un Hackney Diamonds que oiga, pues no estaba mal.
Y es que la palabra “incombustible” es ya un topicazo de dimensiones catedralicias cuando uno se refiere a esta gente, pero resulta inevitable usarla dadas las circunstancias. Después de más de sesenta (¡sesenta!) años de carrera, de haberlo sido absolutamente todo en este arte y este negocio, aún necesitan entrar en un estudio a averiguar de lo que son capaces. Lo de las giras, por lo visto, ya no entra dentro de la agenda, así que queda esto.
Así que ellos dale que dale. A entrar en lujosos estudios con toda su maquinaria: sus productores, roadies, técnicos, asistentes, arreglistas y con todo el tiempo del mundo para seguir creando y añadiendo material a un legado que, ojo, podría resentirse por tanta sobreexposición, pero ellos como si nada. La pregunta que deberían hacerse -aunque seguramente se la trae al pairo- es si realmente esto aporta algo relevante a su obra. Si el público, en general (más allá de fans acérrimos, obvio), recibirá esto como algo más que flor de un día y lo añadirá a su colección de vinilos de -tirando de tópico de nuevo- sus satánicas majestades.
Claro, habrá quien diga: déjalos en paz, son los putos Stones y hacen lo que les da la puta gana. Sí, por supuesto. A privilegios no les va a ganar nadie. Pero bueno, nosotros somos los que tenemos que escuchar el resultado y justo es que, sacudiendo un poco del hombro la caspa de fan, analicemos el asunto con algo de criterio, que al fin y al cabo este era el juego. Y ellos han venido a jugar. Por tanto debemos decir que, igual que pasaba en Hackney Diamonds, hay luces y sombras, pero algunas más luces. Sobre todo, en este Foreign Tongues, que dice Keith Richards que prácticamente tenían listo cuando sacaron el anterior, pero en lugar de hacer un doble, pues decidieron dividir y esperar.
Y francamente, parece que aquello fuera el ensayo de esto. La banda suena más segura, más poderosa y las canciones, en general, forman un conjunto más sólido. Es decir, con algo de relleno, pero menos disperso que Hackney Diamonds. Y eso que este tiene más temas. Pasando por alto una portada feísta que a muchas personas les ha causado el deseo de arrancarse los ojos, aunque a otros nos hace cierta gracia (me recuerda a aquellas marionetas de Spitting Image, no sé por qué) el disco número 25 de la banda más famosa del universo junto con los Beatles es un digno testigo de la capacidad del trío Jagger-Richards-Wood para reivindicarse sin caer demasiado en la auto parodia.
El comienzo a ritmo de boogie woogie de la ya conocida “Rough and twisted” pronto se abre hacia un estribillo acarameladamente melódico que resulta algo pegote, pero va y funciona. Resulta una apertura contundente y aunque se nota todo algo sobre producido, la banda suena a banda: mordiente, electrizante y capaz aún de hacer hervir la sangre a sus fans. Además, rematan faena con un trallazo aún mejor: “In the stars” cuenta con un riff marca de la casa, unos coros magníficos y es un gran single (con ese vídeo que les mostraba mozuelos IA mediante). No a la altura de sus clásicos, como en general todo el disco, pero un gran sencillo.
Y como los Stones siempre fueron una banda ecléctica, vamos con algo de soul. En “Jealous lover” Mick luce un falsete espectacular, de hecho, increíble para un señor tan mayor, e imaginamos que tratado en estudio (esperemos que no con IA), pero su interpretación, al fin y al cabo, es fantástica y levanta una canción que podría haber sido más anodina, pero gracias a él mejora exponencialmente hasta no desentonar tras los dos anteriores pildorazos. Pero no se puede tener todo: “Mr. Charm”, aunque correcta, ni siquiera por el brío con que la afrontan deja de resultar algo ramplona e innecesaria; aunque recuperan el pulso con “Divine intervention”, un rock and roll heredero de viejos clásicos como “Shattered” o “Neighbours” que sí que mantiene más el nivel inicial, con intervenciones ilustres, además: ahí están el viejo camarada Steve Winwood y la sorprendente aparición de Robert Smith, que pasó un día a tomar unas birras por el estudio y acabó tocando la guitarra con los Stones.
Otra de las piezas relevantes es una pequeña carta de amor/crítica a EEUU en forma de country and western que es pura esencia de la banda, igual que otra de las piezas más rockeras: “Never wanna loose you” es otro de esos trallazos que en otra época podría haber sonado hasta la saciedad en la radio y que con la que sigue, la más dura todavía “Hit me in the head” forma el núcleo inverosímilmente salvaje de este disco hecho por indomables octogenarios.
Pero de nuevo bajamos listón. Y lo hacemos en forma de un innecesario tributo-karaoke a mayor gloria de Amy Winehouse que, la verdad, aunque esta versión de su “You know I’m no good” está bien hecha y desde el respeto, nadie hubiera notado su ausencia. Menos mal que ahí está Kiz, como siempre, con su balada lacrimógena de turno (“Some of us”) para recolocar la situación. Es difícil no amarle y aquí suena más adorable que nunca. Pura emoción que se ve algo reducida por la presencia de “Covered in you”, tema que, aunque cuenta con un pasote de bajo de McCartney y está bien resuelto, no deja de usar más de la cuenta la demagogia y, de nuevo, resultar algo innecesario en un conjunto que sin duda se habría beneficiado del menos es más. Lo demuestra otro relleno de colchón titulado “Side effects”, pero “Back in your life”, otro baladón esta vez cantado por Jagger, sí mantiene el tipo y sirve de antesala al desenlace, que llega en la forma -igual que sucedió en Hackney Diamonds con el “Rolling Stone blues” que lo cerraba- de un viejo clásico de Chuck Berry, una de las influencias primordiales de la banda, titulado “Beautiful Delilah” y que les muestra tan crudos como si estuvieran tocando en un juke joint de Mississippi en los años cuarenta del siglo pasado.
Y es que, al final, la respuesta a la pregunta que formulábamos al principio de estas líneas es muy difícil de contestar. ¿Era necesario esto? Pues a ver, teniendo cuenta que Foreign Tongues puede quedar como el testamento discográfico de una banda tan sumamente grande, no da demasiado la talla, igual que no lo hacía el disco anterior (ese papel lo hubiera jugado bien aquel decente disco de blues que hicieron hace unos años), pero al César lo que es del César: si a este trabajo le quitamos tres canciones tenemos un digno reflejo de lo que los Stones llegaron a ser y, ante todo, un buen disco de unos octogenarios empecinados en no desvanecerse. Supongo que si el tiempo se te escapa como arena de las manos habiendo estado sentado en la cima del mundo eso es algo muy difícil de gestionar. Pues ellos lo gestionan así y punto. Son los Stones. Y tú, piltrafilla, no ¿Su último disco? Veremos…



















