Decíamos al desgranar LUX (2025), que tendrá que pasar un tiempo razonable para poder valorar ya no solo lo que supone este disco, sino una progresión tan peculiar como la de Rosalía. Desde un debut en el flamenco más academicista con Los Ángeles (2017), pasando por la ruptura conceptual de El Mal Querer (2018), hasta la audacia fragmentaria de MOTOMAMI (2022), cada entrega había supuesto no una evolución natural, sino una reinvención radical; no una concesión a la comercialidad, sino algo que emergía a cada paso y marcaba el rumbo de la escena internacional. En LUX ha vuelto a doblarse sobre sí misma para emerger transformada, esta vez con la Orquesta Sinfónica de Londres como instrumento, la mística femenina como brújula espiritual y catorce idiomas como materia prima para conformar un disco maximalista.
Más allá de los muchos récords y reconocimientos que han venido y vendrán, el álbum viene sustentado en un directo a la altura que no deja indiferente. Un espectáculo en cinco actos que combina una teatralidad y dramaturgia apabullantes. “Hace unos años canté en Casa Patas y sentí su duende y una beca después, estoy aquí” decía una siempre cercana y humilde Rosalía en uno de los momentos del que ha sido su primer concierto de los ocho que ofrecerá entre Madrid y Barcelona. Un recorrido casi completo por esta nueva entrega, con paradas en MOTOMAMI, Los Ángeles y alguno de sus singles, y la incomprensible omisión de El Mal Querer, del que no sonó ninguna canción.
Rosalía en cinco actos
Fueron cinco actos, con sus interludios, que arrancaron con «Angel» de Jimi Hendrix, mientras la orquesta sinfónica se situaba en mitad de la pista para interpretar una obertura que abría el telón de un escenario por montar, lleno de cajas que contenían obras de arte tapadas con telas que iban retirándose. De la principal emergía Rosalía vestida de bailarina, inaugurando un primer set blanco prístino que seguía el mismo orden de LUX: «Sexo, violencia y llantas», «Reliquia», «Porcelana», «Divinize» y una escalofriante «Mio Cristo piange diamanti», con un saludo previo y un necesario enjuague de lágrimas.

Cerca de dos horas sobre un escenario austero pero en constante transformación, donde cada gesto, cada pose y cada coreografía adquieren un peso simbólico: lo mismo remiten a imaginarios pictóricos cercanos a Goya o Leonardo da Vinci que evocan espacios de marcada carga religiosa. El blanco inicial del vestuario se oscurece hasta el negro para dar paso a una imponente «Berghain», cuyo desenlace de pura rave, empuja el espectáculo hacia un descenso casi infernal. Ahí se quiebra la liturgia y da paso a la deconstrucción de «SAOKO», la sensualidad contenida de «LA FAMA» en clave bachata y el pulso urbano de «LA COMBI VERSACE». Tras el desvío, el relato recupera su hilo con «De madrugá».
El tercero de los actos fue el más variado e informal. Se abrió con el flamenco de “El redentor” y, poco después, la artista apareció enmarcada en un cuadro, invitando a varios fans a subir al escenario para retratarla y admirarla mientras versionaba el clásico “Can’t Take My Eyes Off You” en un irónico sketch sobre la fama. La ironía no cesó y, simulando un confesionario, la siempre mordaz Soy una pringada relató, con su estilo inconfundible, su última relación fallida, que desembocó en “La perla”, acompañada de una coreografía apabullante que remitía al teatro de sombras. La delicada “Sauvignon blanc” y una emocionante “La yugular”, cuya parte final fue interpretada sobre un cristal, prolongaron el embrujo.

Bajó al público y avanzó por un pasillo interpretando «Dios es un stalker» hasta alcanzar a su orquesta. Allí se entregó a «La rumba del perdón» y fue presentando a los músicos. El foso se iluminó como una cruz al iluminarse desde lo alto, transformando la pista en una suerte de iglesia escénica, con un botafumeiro despidiendo humo y luces de discoteca mientras sonaba «CUUUUuuuuuute». Todo quedó listo para la festiva traca final con «BIZCOCHITO», «DESPECHÁ», «Novia robot» y una «Focu ’ranni» liberadora, con carreras por el escenario entre plumas y alas, que desembocó en una «Magnolias» final que enmudeció al público.
Un concierto extraordinario.
Fotos Rosalía: Sharon López (Live Nation)



















