El estado de Depeche Mode es inmejorable desde hace años. Buenos discos, pabellones a reventar y una dinámica nueva con la mayor participación de Dave Gahan en la composición otrora capitalizada por Martin Gore. Pero lo de Depeche Mode es curioso porque, siendo francos, desde que alcanzaran un punto de cocción razonable con Some great reward (1984), nunca han editado un mal disco. Los hay mejores y peores, por supuesto, pero nunca han bajado de un estandarte de calidad alto. No obstante, eso no impide crear debate un interesante debate en torno a ellos y a los puntos fuertes y flojos de de sus discos.
Tras un trabajo difícil como Ultra (1997), poco a poco fueron afianzándose de nuevo como trío, conociendo las nuevas dinámicas de unos Gahan y Gore alejados de los excesos. En sucesivos años el productor Ben Hillier estuvo a su lado dando forma a un puñado de muy buenos álbumes hasta poner fin a la colaboración con el soberbio Delta machine (2013). Su puesto ha sido recientemente ocupado por James Ford para la producción de Spirit (2017), el disco que nos ocupa. Su experiencia con Simian Mobile Disco, Artic Monkeys y The Last Shadow Puppets hizo pensar nuevos aires, que, efectivamente han llegado.
El primer single, “Where’s the revolution”, resultó seguir la línea expuesta en Delta machine, con el regreso del góspel y el soul como fuente de inspiración. Se podía entender que Depeche Mode aún desearan seguir avanzando en esa dirección y lo cierto es que la excelente factura de la canción les daba la razón. Además suponía una reactualización del dolor blues, el del hombre oprimido por circunstancias concretas. Poco importa que quienes lo canten sean estrellas, las circunstancias de cada uno son las circunstancias de cada uno y en el engranaje político todos somos tuercas y tornillos.
Y es que Spirit es un disco en parte politizado, en parte hedonista, un disco sexy y cabrón al mismo tiempo, incluso arisco en según qué momentos. El animal de compañía ideal para los tiempos que corren. No es nada nuevo para ellos, no hace falta repasar la letra de “Everything counts”, una crítica brutal al sistema capitalista disfrazada de pop inofensivo hace ya treinta y pico años. “Going backwards” entra arrastrándose como una maldición blues de alta tecnología, entre murmullos y construcciones industriales, la robótica “Scum” es el prólogo del final de los tiempos, reiterativa, agobiante, y la vintage “Poorman” no puede ser más descriptiva, con el góspel apócrifo a modo de introducción.
Hay espacio para la temática emocional, pero la que más se hunde entre las sienes es la política, incluso a veces es difícil discernir dónde empieza una y termina otra. Para Spirit, James Ford ha aportado un sonido más rugoso y un poco más caliente que el de los últimos discos. Menos refinado, si se quiere. Un poco más sucio. Sienta bien, especialmente a la hora de empastar esas temáticas que se devoran entre sí. “The worst crime” se sostiene prácticamente en la voz de Gahan, funcionando muy bien con arreglos mínimos, igual que “Cover me”, con una relajación que sólo rompen los temas más tensos, como la siniestra “You move” o el nuevo blues electrónico “Poison heart”, muy tirante.
Depeche Mode siguen avanzando hacia un terreno en el que las canciones mandan por encima de las masas que siguen llenando sus conciertos, construyen obras que se desperezan poco a poco hasta ponerse en pie y demostrar su altura de gigantes. Hace tiempo que no hay que esperar la canción, sino el disco.

















