Antes de enfrentarme a un concierto de Depeche Mode a quienes he visto prácticamente en todas sus giras desde la de Violator (1990), viene a mi mente una imagen recurrente y conozco lo que voy a encontrarme las dos próximas horas. Da igual que intente alejarme de los setlist que vienen realizando desde el comienzo del tour, que juegue a imaginar qué canciones me gustaría escuchar esta noche, todo vuelve a epatarme y cautivarme como la primera vez que los vi. Es como si cada vez que se apagan las luces y arranca la primera canción, hubiéramos sido besados por el Superman que besó a Lois Lane en la segunda entrega (la de 1980) y volviésemos a mantenernos vírgenes ante su influjo.
Depeche Mode en directo son como las películas de Woody Allen, los discos de Ramones o el cocido de tu madre; siempre son similares, vuelves a esos lugares comunes, te reencuentras con sensaciones familiares y aún así, repites encantado una y otra vez. Da igual que lleven casi cuatro décadas en activo o superen con creces la cincuentena; aún mantienen ese halo de vigencia y solemnidad que les ha hecho únicos. Esa es la razón por la que sus giras siguen sin dar muestras de estancamiento y el por qué volvimos a gozar con un concierto en el que de nuevo todo volvió a ser igual, pero a la vez, lo hicieron diferente.

Venían a presentar Spirit, del que solo interpretaron sus tres singles y en su lugar, dieron protagonismo al oscuro Ultra (1997), del que sonaron a las primeras de cambio “It’s Not good”, “Barrel Of A Gun” y una “Useless” con guitarra y bajo, que se convirtió en la primera sorpresa de la noche. A mitad del concierto, en el habitual momento de lucimiento del siempre brillante Martin L. Gore, llegaban la frágil “Insight” y la melódica “Home”.
El resto de la noche tuvo más luces que sombras, quizá el sonido no fue el mejor que recordamos en el Palacio de las Deportes (ahora WiZink Center) o faltó conexión en algunos momentos, pero bastaron tres meneos de cadera y tirar de un infalible catálogo, para volver a brillar como de costumbre. Y es que siempre es un gusto regresar a “World In My Eyes”, “Stripped” o a la coreada “Stranglelove” –de nuevo en la voz de Gore–. Sentaron muy bien las variaciones en “Everything Counts” y “Walking In My Shoes” (su Random Carpet mix en la intro) o la intensidad electrónica que introdujeron en “Enjoy The Silence” y “Never Let Me Down”, o rockera, en “A Question Of Time” y “Personal Jesus”. Dave Gahan volvió a reivindicarse una vez más como eterna rockstar al frente de una banda de tecnopop que ya trasciende a su propio nombre y que de nuevo, nos hizo vibrar como en las mejores ocasiones.

















