Lana Del Rey

Lana Del Rey - Norman Fucking Rockwell (Universal)

Lana Del Rey, quizás sin proponérselo, está tensionando esa dialéctica que emerge entre el espectador/oyente, y su aura espectral que habita en todo lo que la rodea apelando a su sensibilidad. Estamos en unos tiempos en los que la masificación de la información no tiene filtros potentes, y esto permite que cada uno de nosotros tengamos a nuestra disposición millones de estímulos en forma de imágenes y sonidos. Como dice Simon Reynolds en su libro Retromania. La Adicción Del Pop A Su Propio Pasado, Youtube (incluiríamos Instagram) es un gigante generador de nostalgia, ya que tenemos disponible mucho mas “espacio” para almacenar nuestra propia historia individual y colectiva. Esta forma de archivística memorística incurre en un aspecto que, desde hace tiempo, está cercenando el significado de lo que debería ser el pop. El pop es vivir el momento, dejar huella indeleble en el presente más inmediato porque este género pertenece a la gente joven, y cuando eres joven no hay tiempo que perder.

El fenómeno Lana Del Rey apuntala esta tendencia a la exaltación de lo retro, de la nostalgia vivida en alcobas solitarias, en donde jóvenes músicos coleccionan mp3’s y se recrean en batallas perdidas (precariedad del mercado laboral, violencia de género, miedos que asaltan al llegar a la edad adulta, etc.), mientras yacen sus cuerpos –abatidos, pero también dispuestos a la sobreexposición- en una inercia de inmovilismo auspiciado por el mismo aparato estatal. La única manera de liberarse del yugo de las dinámicas dictadas por el racionalismo tecnológico es soñar. Tomar las riendas de tu tiempo nos faculta a experimentar nuestra vida de forma diferente.

Elizabeth Woolridge Grant es una artista que a lo largo de casi una década ha acabado dominando un lenguaje que invita al revisionismo chic, o si quieren, hipster, y lo efectúa, sobretodo, rindiendo homenajes a iconos de la cultura norteamericana (la portada de Lust For Life aparece sonriente, en un espacio físico ensoñador, y me recuerda a una dulce hueste de la familia Manson), desplegando un arsenal de signos amplificados en las redes sociales, algo que me hace pensar en los “rituales de transparencia” de Jean Braudillard, esa teoría del filosofo francés en que los actos rituales del pasado que se tendían a ocultar, pasan ahora a ser totalmente transparentes y radicalmente visibles (esmerados posados artísticos con esa indolencia de Lolita espectral y de “alta cultura”, fotos de su día a día con sus fans, polaroids veladas por el sol del sueño californiano…). Lana permite crearnos unos marcos imaginarios que demandan la interacción, porque si ésta no surge se queda en un mero castillo de naipes que de un soplido salta por los aires. Nuestra musa sería la viva imagen del icono postindustrial que hacía referencia Fredic Jameson: un viraje hacia la hibridación, la mezcla, y el pastiche de referentes.

Estos días he visto la gran epopeya romántica de Tarantino One Upon A Time In Hollywood y me pareció preciosa la escena en la que Sharon Tate (interpretada por Margot Robbie) entra en una librería a comprar un ejemplar de Tess d’Urbeville para regalárselo a su marido Roman Polanski, que años después haría una traslación a la pantalla de esta obra de Thomas Hardy. Es un gesto poético de una belleza excepcional. Me imagino a Lana Del Rey en el papel de Sharon. La visualizo pidiendo entrar gratis a ver la película que ella misma ha protagonizado; la veo rindiendo homenaje a Tippi Hedren en la portada de este nuevo disco implorando que te subas a su velero mientras se agarra al nieto de Jack Nicholson. En una sobreexposición de imágenes, de estímulos que oprimen la psique, y que la gobierna, promovida por la sociedad capitalista, podríamos decir que el arte también podría ser liberador, que fuera capaz de construir una razón teológica cuyo fin último sea la felicidad, la paz interior, y la dimensión estética del ser se conciba como algo inalienable, como decía Marcuse, en tanto libertad de representar lo todavía no existente. Una orografía del fin del sueño americano.

La neoyorkina vuelve con un disco estremecedor. Norman Fucking Rockwell (Universal, 2019), coescrito y producido por Jack Antonoff, del cual ya fuimos teniendo noticias a través de sus redes sociales en una suerte de cuaderno de bitácora (nunca mejor dicho). Aquí encontramos gemas ya clásicas en su repertorio como “Venice Bitch”, una serpenteante melodía que se bifurca por meandros de psicodelia, arreglos de cuerda exuberantes, y sintetizadores funk on acid. Otro anticipo fue “Mariners Apartment Complex”, una balada rompecorazones en la que Lana se pregunta: “Jesus, can’t a girl just do the best she can?”.

Un trabajo extenso (más de setenta minutos) que reafirma un sonido que será recordado por el sinuoso latido de sus armonías, y una voz que ha madurado sus registros, y de qué manera, con el paso del tiempo. Una Lana que revive el soft pop de los 70 con guiños a Neil Young (“Cinnamon Girl”), y a Joni Mitchell (“California”). En una de las más bellas tonadas del disco, “The Next Best American Record”, su voz se desliza proyectando su filias que van de Led Zeppelin (“My baby used to dance underneath my architecture/ To the Houses of the Holy, smokin’ on them cigarettes”) a los Eagles (“There’s something that I never knew/ I wanted We play the Eagles down in Malibu and I want it”).

A ritmo de lovers rock se desarrolla “Doin’ Time”, una versión de Sublime, que podría ser la banda sonora a una softporn en VHS. Acaba este brillante simulacro del sueño americano con la balada casi susurrada “Hope Is A Dangerous Thing For a Woman Like Me To Have…But I Have It,” y unos versos que anegan todo en desolación “Hope is a dangerous thing for a woman like me to have/ But I have it”. El epitafio perfecto en donde yacerá la última romántica.

Escucha Lana Del Rey – Norman Fucking Rockwell

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