Morrissey volvió a Madrid 12 años después de su última visita y lo que debería haber sido una cita triunfal, se tornó agridulce. Pocas figuras del pop mantienen una relación tan compleja con sus seguidores como el artista de Manchester, que en vista de su historial de cancelaciones, parece haber terminado por erosionar un vínculo que durante décadas parecía inquebrantable.
El concierto de Madrid evidenció hasta qué punto esa desconfianza empieza a tener consecuencias tangibles. La respuesta del público quedó por debajo de lo que cabría esperar para una figura de su dimensión dado el FOMO que hoy en día todo lo invade. Aún resuenan frescos sus plantones más recientes.

Venía de realizar un gran concierto en Barcelona, pero en Madrid costó entrar; primero por lo deslucido de una pista con poco más de media entrada y segundo, por un deficiente sonido que lastró la primera parte del show. Un show a cuyo setlist pocas pegas se le pueden poner; fueron veintiuna canciones de todas sus etapas, sin olvidar a esos The Smiths cuyas portadas de discos se replicaban en algunas camisetas de los puestos de merchan cambiando el nombre de la banda por el del propio Morrissey.
Tocaba presentar el irregular Make-Up Is a Lie, pero «Kerching Kerching», primera del lote, tardó en sonar. Antes había destapado el jarro de ese pop de guitarras poderosas que resuena en «Billy Budd», «I Just Want to See the Boy Happy» y «The Youngest Was the Most Loved»; visitado a su primera banda con dos joyas de su última etapa: «Shoplifters of the World Unite» y «A Rush and a Push and the Land Is Ours» y gastado un cartucho infalible como «First of the Gang to Die».

Como digo, la sucesión de canciones fue imbatible, alternada con los habituales comentarios socarrones del cantante que presentaba «Zoom Zoom the Little Boy» como una de las canciones que más van a sonar en las emisoras de radio españolas, incluso cuando estén cerradas, o que anticipó que «The Bullfighter Dies» sería el tema que representaría a España en el próximo certamen de Eurovisión.
Con el sonido ya plenamente asentado, llegaron los mejores momentos de la noche: la incontestable «How Soon Is Now?», con Bruce Lee de fondo y su musculoso desenlace; la emocionante «Now My Heart Is Full» y, por encima de todo, las sentidas y abrasivas interpretaciones de «Life Is a Pigsty» y «I Know It’s Over». También resultó sorprendente la inclusión de la ramoniana «Sure Enough, the Telephone Rings», en principio destinada a ese Bonfire of Teenagers del que aún se desconoce si algún día llegará a publicarse.

Un interludio al piano a cargo de Camila Grey anticipó un tramo final realmente brillante, enlazando «Everyday Is Like Sunday» con «The Monsters of Pig Alley», probablemente su mejor composición en décadas; después sonó «Suedehead», la canción con la que empezó todo, antes de cerrar con la contundencia de «Irish Blood, English Heart» y «Jack the Ripper». La esperada «There Is a Light That Never Goes Out» puso fin a un buen concierto que nos hubiera encantado poder haber disfrutado en su plenitud. Pero no pudo ser.
Fotos Morrissey: Fernando del Rio




















