Morrissey no es que sea precisamente un artista complaciente, a sus 67 años continúa siendo capaz de irritar, emocionar, provocar, enternecer, pasarse un buen rato firmando discos a los fans antes de entrar por la puerta trasera del recinto, pero también desconcertar al público por momentos y todo ello en el transcurso de una jornada.
La misma con la que puso punto final a su gira europea en el Super Bock Arena de Oporto con cientos de mozzers abarrotando los aledaños del recinto desde horas antes y un ambiente de creciente impaciencia acompañaban la única parada portuguesa de la gira, organizada por Last Tour Portugal.

Con algunos minutos de retraso, suficientes para que entre parte del público comenzaran a cundir algunos comentarios jocosos ante una nueva espantada, y tras los ya habituales vídeos que alimentan el imaginario de Morrissey, el mancuniano apareció finalmente en escena flanqueado por su banda. No necesitó más presentación que un atropellado «Andiamo, andiamo, andiamo», un saludo en italiano que provocó sonrisas entre un público portugués consciente de que Morrissey siempre ha habitado una geografía propia. Acto seguido, él y una banda en constante estado de gracia fueron directamente a la mandíbula. “Billy Budd”, “The Youngest Was the Most Loved”, “First of the Gang to Die”, “Shoplifters of the World Unite” y una monumental “How Soon Is Now?” dejaron claro no iba a ser un set en el que se administraran las fuerzas.
Los dos clásicos de The Smiths (no serían los únicos de la noche) volvieron a crecer bajo la imagen de Bruce Lee, vigilante y atento desde la pantalla, mientras Matt Walker remataba esta primera parte con un demoledor trabajo de bombos y toms gigantes, convirtiendo las canciones en algo mucho más vivo que la simple nostalgia. La banda, sencillamente, estaba sonando gigantesca y eso que al comienzo del concierto a los técnicos se les olvidó dar salida a las PAs y sonaba solo la música de escenario, provocando miradas de preocupación entre los fans más atentos.

Tampoco tardó en aparecer el Morrissey más irónico. En la primera parada de la noche alguien desde el graderío, mencionaba a Marr y Moz lo zanjó respondiendo con la teatralidad que le caracteriza: «¿Has tomado hoy tu ración de veneno? Yo te la doy. Estás muerto. Problema resuelto». Moz siendo Moz. Hasta los fantasmas puede aparecer para desaparecer entre carcajadas.
Pero también mostró una versión mucho más relajada de sí mismo. Con la camisa completamente empapada de sudor, bromeó diciendo que aquella noche iba a morir sobre el escenario, aunque restó importancia al asunto con un lacónico «no importa, vais a escuchar buena música«.

Instantes antes, el mismo que escribió “Panic” en la que inmortalizó el estribillo “Hang The DJ”, había lamentado la falta de personalidad de gran parte de la música actual, reivindicando implícitamente una trayectoria construida siempre al margen de las modas. La ironía continuó cuando preguntó al público qué edad creían que tenía. Tras escuchar un «67» desde las primeras filas, respondió sonriendo: «No. Tengo 41… aunque esta noche me siento de 42». El Super Bock Arena estalló en carcajadas, estábamos ante un Morrissey notablemente a gusto sobre las tablas del recinto luso.
El repertorio volvió a demostrar el equilibrio que ha alcanzado esta gira. “Now My Heart Is Full”, “Kerching Kerching”, “A Rush and a Push and the Land Is Ours” y “Make-Up Is a Lie” alternaron canciones recientes y clásicos sin perder la coherencia. Confieso que “Kerching Kerching” me parece un intento demasiado evidente de escribir un single hit inmediato. Paradójicamente, es una de las pocas cosas que Morrissey ya no necesita demostrar.

Uno de los momentos más inesperados llegó con la genial y psicodélica “Zoom Zoom Little Boy”. Antes de interpretarla recordó a Fernando Pessoa y no sonó a un guiño fácil para con el público local. El autor del Libro del desasosiego y Morrissey comparten muchos lugares comunes como para pensar en una simple cortesía: el cansancio frente al mundo, la melancolía como salvavidas para flotar en la realidad, o la sensación de sentirse siempre un extraño.
Precisamente por eso resultó curioso que, apenas unos minutos después, “The Bullfighter Dies” y sus reivindicaciones provocaran cierta incomodidad entre parte del público. Las habituales imágenes antitaurinas y sus reivindicaciones acompañaron la canción, aunque esta vez el mensaje parecía perder parte de su destinatario. Hace ya varios años que en el norte de Portugal dejaron de celebrarse corridas de toros. Morrissey, que no estabas en España, hombre.
Pero conoce demasiado bien su oficio y bastó con que sonaran los primeros acordes de “I Know It’s Over” para que cualquier discusión quedara suspendida. Como ese colega metepatas que todos tenemos y al que se le acaban disculpando demasiadas cosas porque es brillante.

Musicalmente, el concierto alcanzó un nivel muy superior al de la reciente actuación madrileña y es que merece la pena hablar una vez más de la formación con la que Morrissey está ofreciendo algunos de sus mejores conciertos de su historia reciente. Matt Walker volvió a demostrar por qué es uno de los mejores baterías que ha acompañado a Morrissey en años, Carmen Vandenberg encontró en “Life Is a Pigsty” uno de los momentos más inspirados de la noche, mientras Jessy Tobias terminó apropiándose de “Jack the Ripper”, transformándola en un inmenso muro de distorsión, mientras el escenario se tornaba a rojo total con humo por todas partes. Durante varios minutos, el Super Bock Arena dejó de parecer un concierto de Morrissey para acercarse más a la arquitectura ruidista unos My Bloody Valentine. Entre ambos, el colombiano Juan Galeano ejerció de ancla, sosteniendo cada cambio de intensidad con un bajo elegante y siempre preciso. También ayudó un recinto magnífico y notablemente más amable que otros. La arquitectura circular del Super Bock Arena ofreció un sonido muy por encima del escuchado días antes en Madrid.
La recta final fue un ejercicio de comunión absoluta, con público y banda. Aquí Camila Grey, la teclista texana y en buena parte culpable de muchas de las atmosferas de algunos temas en directo, cobró todo el protagonismo con su solo de piano de una de las partes de Suite bergamasque, del compositor francésClaude Debussy. “Everyday Is Like Sunday”, como no podía ser de otra manera, convirtió el pabellón en un karaoke/coro colectivo. “The Monsters of Pig Alley”, probablemente de las mejores canciones de Make-Up Is a Lie, confirmó que Morrissey todavía es capaz de escribir composiciones destinadas a convertirse en clásicos.

La inevitable y necesaria “Suedehead” llegó precedida por otra broma sobre la edad del público, parece que Morrissey no sabe (o no quiere saber) que el grueso de sus admiradores ya había nacido sobradamente cuando compuso esa canción, antes de desembocar en una vibrante “Irish Blood, English Heart”, todavía hoy uno de los mejores manifiestos de toda su carrera en solitario. Quedaba, si no el mejor momento de la noche, sí el que dejará en el imaginario colectivo las imágenes que mejor resumirán todo lo vivido hasta entonces.
Como viene siendo habitual en esta gira, Morrissey dio paso uno por uno a todos los integrantes de la banda, cediéndoles el protagonismo y permitiendo que cada uno se dirigiera al público. Un detalle aparentemente nimio, pero revelador del respeto que siente por unos músicos con los que atraviesa un momento de enorme compenetración.
Y entonces, como en toda esta gira, comenzó “There Is a Light That Never Goes Out”. Varios seguidores consiguieron subir al escenario. Morrissey lanzaba el brazo a uno de ellos mientras varios miembros de seguridad trataban de separarlos. La escena tenía algo de Romeo y Julieta: un cantante empeñado en prolongar durante unos segundos un abrazo que el protocolo consideraba imposible.

Abandonó el escenario sin camiseta, fiel a otro de los rituales que lo acompañan desde The Smiths. Un último seguidor echó a correr tras él y fue interceptado por la seguridad. El cantante se volvió un instante, vio la escena y reaccionó con una rapidez sorprendente: la camiseta que, como manda la tradición morrisseyana, suele acabar volando hacia el público, cambió esta vez de destinatario para terminar en las manos de ese fan que acababa de ser placado. Un gesto espontaneo e instintivo que dice mucho más del cantante que cualquier discurso de despedida al uso.
Hubo algo de reparación histórica en todo eso ya que, doce años después de su discutida actuación en Lisboa y dos décadas después del accidentado concierto del Paredes de Coura, interrumpido antes de tiempo, Morrisey abandonaba Portugal dejando la sensación de haber firmado (por fin) la actuación que nuestros amigos portugueses llevaban demasiado tiempo esperando. El último recuerdo no será una canción, ni una provocación, ni una respuesta ingeniosa, será esa camiseta volando por el aire mientras el cantante desaparecía entre bastidores. Porque Morrissey nunca ha querido ser un artista dócil. Entre sus cualidades, una es que sigue siendo imposible de domesticar y, precisamente por eso, sus seguidores siguen encontrando en él a un artista imposible de olvidar.
Fotos Morrissey: Fernando del Río




















