Hace tiempo que perdió la gracia cebarse con un disco de Muse. Con esa habitual desmesura sinfónica, los falsetes que rozan la ópera de todo a cien, la mitología alienígena reciclada entrega tras entrega. Bellamy y su Némesis intergaláctica, el bombardeo orquestal, la banda que confunde la epifanía con el crescendo… qué les vamos a contar que no sepan.
El caso es que diez discos después de su debut, regresan a los terrenos que mejor conocen: el espacio exterior como metáfora del naufragio del amor. Una narrativa sobre el contacto extraterrestre, recurso que en manos de la banda de Teignmouth nunca ha sido meramente decorativo, sino la excusa perfecta para hablar de soledad, fe y la necesidad de creer que hay algo más ahí fuera. El resultado es un álbum que suena más despojado de artificio conceptual que sus antecesores inmediatos, aunque no por ello menos grandilocuente.
Musicalmente, The Wow! Signal opera como un catálogo de todas las versiones que Muse ha sido a lo largo de su carrera, sin llegar a comprometerse del todo con ninguna. «Cryogen» recupera el riff nervioso y eléctrico de los primeros discos, casi como un guiño a quienes añoran Origin of Symmetry; «Nightshift Superstar» se apoya en un bajo funk que empuja el tema hacia terrenos más bailables, como pudo ser esa «Supermassive Black Hole» y «Hexagons» construye una tensión progresiva, aunque a ratos parezca estirada más de la cuenta. Por su parte, la colaboración con Ellie Goulding en «Hush» funciona como respiro melódico, pero también evidencia hasta qué punto Bellamy necesita un contrapunto vocal para moderar sus excesos.
El cierre con «Space Debris», ejemplifica ambas lecturas. Cómo una balada acústica termina transformándose en epopeya orquestal que si bien podría ser hermosa en su intención, se convierte previsible en su ejecución. Como si el grupo no confiara en transmitir emoción sin apoyarse en una sección de cuerdas y acabara rendido ante su habitual incapacidad de dejar una idea sin sobrecargar.
Con todo, el disco consigue sonar personal sin renunciar al exceso de siempre. No es un ejercicio de reinvención pero sí de reencuentro con una vena menos calculada, que había quedado sepultada en sus últimos trabajos.



















