De nuevo, de vuelta al blues. Y es que es algo que siempre les sienta fenomenal a este par de (ahora) bien avenidos hermanos llamados Patrick Carney y Dan Auerbach, AKA The Black Keys, que desde que regresaron al ruedo tras superar los estragos que en su relación causó el éxito masivo del disco El Camino (2011), no han parado de grabar y girar de un modo casi frenético. Con desigual fortuna, eso sí.
A intentos de emular a sus “padrinos”, los ZZ Top más comerciales, con discos como Let’s Rock (2019) o Dropout Boogie (2022), así como coqueteos con el soul como el magnífico Ohio Players (2024), la variedad estilística ha sido una constante en los movimientos del dúo. Y si hay algo que une a Pat y a Dan es el blues y el rhythm and blues. De hecho, ya rindieron homenaje al género con el pureta Delta Kream (2021), pero este nuevo Peaches! surge de manera más espontánea, impulsado por esas fiestas Record Hang que los Keys organizan para sus amigos y en las que pinchan sus extensas colecciones de viejos vinilos.
Todo esto, además, coincidió con una etapa especialmente dura para Auerbach. Tenía que cuidar de su padre enfermo (falleció en marzo) y el proceso de grabación fue algo liberador y terapéutico. Como Dan y él hace tiempo que decidieron tratar a la banda como un ente sin más restricciones comerciales que las estrictamente necesarias y él, además, es dueño de su estudio de grabación, Easy Eye Sound, su método de trabajo está siempre guiado por la sinergia y el oxígeno que les proporciona su pasión por lo tradicional y lo orgánico.
Se nota que han disfrutado: como buenos melómanos no han acudido precisamente a un repertorio manido y han excavado bien a fondo en sus estanterías para encontrar el material más estimulante. Eso sí, se han reservado un pequeño clásico, toda una sorpresa, para añadirle al asunto algo de sal: nada menos que “She does it right”, el pistoletazo de salida del pub rock que propinaron los padres de ese invento, Dr. Feelgood, en su primer álbum. Un trallazo en manos de los de Canvey Island al que estos yankees inyectan nueva vida a costa de manejar un groove diferente, pero igualmente excitante.
Ellos le quitan el nervio pre-punk y le meten un muro de sonido detrás que tiene mucho que ver con el soul, la psicodelia y el blues. Lo llevan totalmente a su terreno sin dejar de mostrar respeto y sobre todo, sin que la composición pierda su esencia. Este mismo efecto lo notamos desde el inicio del álbum, con un “Where there ‘s smoke, there’ s fire” igualmente trotón. Un original de Willie Griffin, oscuro músico tejano que, como la práctica totalidad de homenajeados aquí, no conocerás a no ser que estés muy puesto en cuestiones de rhythm and blues.
Pero eso, realmente, da igual. Lo que importa es el buen hacer de una banda que posee ya un dominio en esto de darle bien fuerte a la música de raíz afroamericana a prueba de bombas. Cuando ellos componen lo hacen bien, sí, aunque discos como su anterior No Rain, No Flowers (2025) puedan olvidarse segundos después de dejar de sonar, pero es cuando se meten de lleno en la música que llevan en las venas, la que han bebido desde su juventud, cuando la cosa realmente funciona.
El sonido de Peaches se beneficia de todo lo aprendido por el camino: Auerbach es ya un productor consumado que sabe darle a cada tema lo que necesita, pero lo realmente importante es que se nota que aquí las sesiones han sido espontáneas, con todo el mundo tocando en la misma habitación, algo que comienza a ser cada vez más habitual en productos discográficos del ramo y que es muy de agradecer, la frialdad nunca ha sido amiga del blues.
El blues hay que sudarlo y esto de aquí suena a puro Juke Joint. Urgente y gritón, como en ese “Who’s been fooling you” de Arthur Crudup; pendenciero, como en el “You got to lose” del malvado Ike Turner; o, definitivamente, sexy como el infierno, a la luz de akelarres tan certeros como el “Fireman ring the bell” de R. L. Burnside o “Tomorrow night” de todo un Junior Kimbrough al que este dúo le debe algo más que unas gracias.
A base de todo eso dan forma a un auténtico tratado de blues rock de esos que no solían escucharse desde los tiempos dorados de Canned Heat, la Paul Butterfield Blues Band o los Bluesbreakers. Es decir, que con él, The Black Keys demuestran que ya han alcanzado ese estatus de maestros al que sólo los más grandes pueden llegar. No se engañen: no es un simple disco de versiones, este. Aquí hay tela.


















