The Cure - Royal Albert Hall (Londres)

Me cuesta empezar a escribir sobre el concierto del pasado martes de The Cure en la Royal Albert Hall, y me cuesta porque sé que va a ser difícil expresar lo que allí se vivió, difícil de contar como a lo largo de tres horas, el inigualable entorno que creó la Reina Victoria se convirtió en una máquina del tiempo para trasladarnos a los más de 8.000 asistentes a diferentes lugares espacio temporales donde siempre el protagonista era The Cure, pero en cada momento con formas distintas.

Empezó el primer viaje a eso de las ocho de la tarde, con todo el mundo expectante y jaleando la salida de Smith, Gallup y Cooper. Todo se apagó, la sala se quedó en silencio, los tímidos acordes de “10.15 Saturday Night” empezaron a sonar como viniendo de la nada y para cuando Robert empezó a cantar, ya estábamos en 1979, en una pequeña y oscura sala de conciertos a las afueras de Londres donde el post punk empezaba a hacer su aparición. Sonidos directos, sencillos, incontestables. Un bajo imparable, una batería atronadora,  las distorsiones de una guitarra y exactamente la misma voz, pero 32 años después. No soy un fanático de los Cure, posiblemente  porque cuando salió este disco a mí aún me faltaban cinco años para nacer, pero he de decir que se me encogió el corazón al verme envuelto por tal sonido, por el entorno, por lo que supone ver a The Cure tocando Three Imaginary Boys al completo, y tal como sonaba cuando lo sacaron al mercado. La media hora que dura el álbum voló, no hubo tiempo para descansos, ni para comentarios, sólo para vivir los orígenes del post punk en mis propias carnes, y disfrutar hasta casi emocionarme con “Accuracy” o con el descaro de “Grinding Halt”, para terminar enloqueciendo con un “Fire in Cairo” que será posible olvidar y como no, retumbando el teatro hasta casi destrozarlo con “Three Imaginary Boys” y su rigurosa Coda “The weddy burton” que supuso la voz de aviso para la siguiente parada, 1980: Seventeen Seconds.

En sólo diez minutos, toda la evolución en el sonido que supuso el paso del primer al segundo álbum de los de Crawley quedó plasmada sobre el escenario. Con la incorporación de Roger O´Donnell a los teclados, la banda empezó a regalar muestras de ese característico sonido oscuro, cargado de incertidumbre y tinieblas, y ayudado por una fantástica puesta en escena en la que el cuarteto tocaba prácticamente en todo momento entre humo blanco y flashes caóticos. El sonido no paraba de crecer, la lúgubres guitarra y bajo, incluso se veían superadas por los teclados, y fue sin duda la unión de “Three” con “The final sound” el mejor ejemplo de ello, para hacer de antesala de otro de los momentos para le recuerdo de la noche: “A forest”. La gente simplemente no sabía como reaccionar, si disfrutar en silencio, si levantarse de sus asientos y contonearse, o si gritar hasta desfallecer… Yo, simplemente disfrutaba de un sonido irrepetible, de cómo las ondas atravesaban mi mente sin dejarme pensar en nada más que en el sonido que llenaba el teatro. Pero ni mucho menos estaba todo dicho, “A forest” simplemente fue el pistoletazo de salida para una recta final en la que cada canción no hacía más que superar a la anterior, pues al no parar, el ambiente y el misticismo no dejaba de crecer y crecer, alcanzando con “M” y “At night”, experiencias nunca vividas anteriormente para mí.

Última estación: Faith, 1981. Nuevo lavado de cara, y nuevo e imprescindible componente en la banda: Lol Tolhurst. Con dos teclados, dos percusiones, y la omnipresente perfección de Smith y Gallup, los 37 minutos del tercer álbum de The Cure no estuvieron divididos en ocho cortes, si no que fue un único e irrepetible sueño. Y es que no había tiempo ni fuerzas para distinguir cuando un tema empezaba y otro acababa, y era imposible no quedarse embobado mirando y escuchando como los sonidos se sucedían siendo cada vez más redondos, cada vez mas interiores, cada vez dando más y más vueltas alrededor de un teatro abrumado por los chillidos, los ecos, y los sonidos lejanos de temas como “Other voices” o “All cats are grey”. Un mundo onírico inigualable, un viaje al interior de la oscuridad de los años ochenta, a una banda épica, en una sala épica, y con un sonido inmejorable. Faith fue sin duda el momento cumbre y mágico de la noche en sí mismo, como un todo imposible de separar o de desatacar, el mejor reflejo, la mejor interpretación de lo que el propio disco supuso para la historia de la banda y de la música.

Con el final de lo prometido, llegaba el momento de los bises, el momento de tachar aciertos en las quinielas que cada uno de los asistente llevábamos en el bolsillo cargadas de grandes éxitos, rarezas, o simplemente de nuestras canciones favoritas, aunque bien supiésemos que posiblemente no tendrían hueco en este formato. Pero lo que no podía imaginar es que Smith y los suyos se fuesen a marcar casi otra hora y media de concierto perfectamente dividida en otras tres partes, para de nuevo pasar del post punk y las caras B tocadas en formato trío de “World war”, “I´m cold” o el esperadísimo single “Boy´s dont cry”, a una segunda parte de nuevo oscura con canciones como “Descent” o “Charlotte Sometimes” y acabar saliendo por última vez para tocar tres joyas de su sonido más electrónico y pop como son “Let´s go to bed”, “The walk” y “The Lovecats”.

No hubo tiempo para “Firday I´m in love”, “Lullaby” o “Inbetween days”, pero qué más da si así ya fue perfecto, si fue inolvidable.

Uno de esos conciertos que quedarán para la historia, la única cita europea en la que los Cure tocaron sus tres primeros álbumes seguidos y en un entorno como el de la Royal Albert Hall. No puedo acabar sino como he empezado, disculpándome porque creo que no existen palabras para expresar la cantidad, calidad, y expresividad de los sonidos que nos invadieron a lo largo de tres horas, porque sólo habiéndolo sentido, habiendo estado allí,  se puede entender lo que sucedió en la noche en la que un teatro de Londres se convirtió en una máquina del tiempo, y nos transportó a los más de 8.000 asistentes a los mejores momentos en los que una banda llamaba de Cure nacía, maduraba y se instauraba sin duda como uno de los mejores grupos de la historia de la música contemporánea.

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